Avalada por su
inclusión en la lista Granta 2013 de los veinte mejores escritores jóvenes del
panorama literario británico, Joanna Kavenna (1974) presenta en su tercera
novela una historia de contrastes encuadrable en la variante más sugestiva de
la literatura política. Si es cierto que, como tantas veces se ha dicho, toda
producción literaria es política en algún sentido, también lo es que la lectura
de una novela con marbete social se hace tanto más atractiva cuanto más se
aleja el texto de la homilía edificante, la denuncia panfletaria y la plática
misionera o, dicho en otros términos, y en aparente paradoja, cuanto más literario es. Y si, como es el caso, la
afinación en la prosa va acompañada del sentido humor –un humor inequívocamente británico,
sí, pero muy personal– y de la deliberada caricaturización de los principios
antagónicos a la ideología que ha generado el crudo statu quo que Kavenna muestra, el lector accede entonces a algo más
que a un agradable pasatiempo.
Kavenna prescinde
de complicaciones estructurales y relata en breves capítulos la peripecia de
una joven profesional londinense –narradora en primera persona de la novela– que,
abandonada por su marido debido a los problemas de fertilidad de la pareja,
decide dejarlo todo y responder a un anuncio de la «Granja White», ubicada en
el gélido Valle de Duddon (Condado de Cumbria), en el extremo noroeste de
Inglaterra. Su titular, Cassandra White, de la que la narradora será
«asistente», es una viuda de carácter endiablado y pelo rojo, intimidatoriamente
alta, adepta a la frugalidad autogestionaria y mal avenida con la legislación
reguladora de la propiedad inmobiliaria que urde un «plan de realojo» de los
habitantes del valle con vivienda precaria o sin vivienda en las mansiones
desocupadas de «las fuerzas de la depravación y de la destrucción» (p. 242), es
decir, en las segundas (o terceras) residencias de los banqueros y los
potentados del sur –conviene aquí recordar que la brecha territorial norte/sur
es, en Inglaterra, inversa a la de nuestro país–, proyecto cuya materialización
adquiere tintes apocalípticos.
El m érito de la autora no
radica solo en la construcción del personaje de Cassandra White, una suerte de
híbrido de Kropotkin y Mr. Natural –el célebre eremita que tenía todas las respuestas creado por Robert Crumb–. Lo que hace verdaderamente interesante la lectura
de Venid hasta el borde… es la
habilidad, la aparente ligereza y el humor con los que Kavenna expone por boca
de su narradora dos marcados contrastes. En primero es la «brecha física y,
sin duda, psicológica» (p. 40) abierta entre la bregada granjera
anarco-comunista –en cuyo ideario se advierten inercias maoístas («Estoy
salvando sus almas hediondas» [las de los millonarios, se entiende], p. 108) y
algún que otro ramalazo postestructuralista («Puede que no exista eso que
llamamos el yo. Y punto», p. 69)– y la joven urbanita sensata y civilizada que
ha de pechar con la total ausencia de melindres higiénicos de Cassandra,
atemperar como puede el impulso justiciero y la firme determinación de la
granjera y soportar la dureza de la vida en el agro, apenas endulzada por un
romance no demasiado bucólico con un atractivo mocetón del valle que está
involucrado en el plan de Cassandra. El segundo es el clivaje entre la
escandalosa opulencia de los ricos muy ricos –Kavenna es sumamente ducha en la
descripción de los interiores de las mansiones del valle– y la falsa ilusión de
estar a un paso de ingresar en la gentry de
los profesionales urbanos que colman sus aspiraciones de petit bourgeois con el último iPhone y el dormitorio japonés de
Ikea. Una novela ágil, amena, divertida y, en cierto modo, trágica, recomendable
tanto para quienes todavía no han comprendido que hay una estrecha relación entre
la riqueza de los ricos y la pobreza de los pobres como para esas bellas almas
que no han pisado jamás el campo pero que se empeñan en que la aplicación de la
máxima formal de la ética kantiana sobre los instrumentos y los fines en sí a
todo bicho viviente –o, como se dice ahora, una vez desempolvada nada menos que
la terminología de Zubiri, «sintiente»– es fácilmente hacedera. ¿He escrito al
principio «caricaturización»? Bien, lean hasta el final.
Joanna
Kavenna, Venid hasta el borde, les dijo,
traducción
de Pilar Vázquez, Barcelona, Alba,
2014, 246 p.
[p. m., La bolsa de pipas. Revista literaria trimestral, nº 95, otoño de 2014]
Qué a tiempo la reseña! No sé dónde apunté los datos cuando me lo recomendaste y me volví loca probando mil nombres y títulos sin éxito.
ResponderEliminarPor cierto, te escribo desde el pueblo y lo cierto es que el entorno rural da para mucho...de momento no he profundizado en el tema económico, pero el dicho de: Pueblo pequeño, infierno grande cada vez va tomando más sentido conforme se van destapando las truculentas relaciones de sus habitantes. Espero saber mantenerme al margen ;)
Un abrazo
Bueno, el agro puede ser mucho más claustrofóbico que la ciudad, Regi: no hay allí ese gran hallazgo maravillosamente interpretado por Simmel a inicios del siglo XX: el anonimato –arma de doble filo, por otra parte–. Imagina que estás en una película de los hermanos Cohen y sé precavida.
ResponderEliminarabrazo.
Hostia, es verdad lo que dices de de Zubiri. Alucinante lo de los animalistas. Han abierto el sarcófago otra vez y nada cambia, nada cambia. ¿tan buena es esta novela? mmm... creo que creo que creo que creo que creo....
ResponderEliminarnada, unas birras de más
Un abrazo
Un dechado de claridad expositiva, S. Bueno, no es una obra maestra, pero es buena, original. ¿No has pensado en hacer deporte?
ResponderEliminarabrazo