Jesús García Cívico, Una casa holandesa. (ego) aforismos en Word, poemas
con auto-reverse, Valencia, ediciones canibaal, 2014.
*
«Partir la niebla con un hacha (a la manera de prólogo)»
En un pasaje de las Confesiones de Jean-Jacques Rousseau
–libro definido por su autor como una empresa sin parangón destinada a mostrar
a un hombre en su «entera verdad» y a desnudar ante Dios su interior y su
corazón «transparente como el cristal»–, el filósofo ginebrino enaltece en estos
términos lo que podría denominarse la
casa transparente: «Un único mandato
de la moral puede suplantar a todos los demás, a saber, este: nunca hagas ni
digas algo que no pueda ver y oír el mundo entero. Yo, por mi parte, siempre he
considerado como el hombre más digno de aprecio a aquel romano cuyo deseo se
cifraba en que su casa fuera construida en forma tal que pudiera verse cuanto
sucedía en ella». Dejando a un lado que, a diferencia de Rousseau, Jesús García
Cívico (en adelante, Cívico), autor de este volumen inclasificable con marchamo
de objet d’art, no tiene como
interlocutor precisamente a Dios –él mismo anota en un pasaje que hace tiempo
que dejó de ser cristiano para ingresar en la imaginaria congregación de los
kafkianos–, y obviando igualmente que, en contraste con el arrobo con el que el
incorregible optimista antropológico Jean-Jacques contempla el desideratum de la casa transparente, la
mirada de Cívico al hogar imaginario de ese ciudadano romano se parecería
bastante, sospecho, a la que el memorable hombre del subsuelo dostoievskiano
lanzó sobre el Palacio de Cristal, ese icono de la transparencia y la promesa
de felicidad iluminista, cabe de entrada verter dos consideraciones generales
sobre el libro que te dispones a leer, observaciones referidas no tanto a su
contenido cuanto a las peculiares características de la residencia de los
(ego)aforismos en Word y los poemas
con auto-reverse, por una parte, y al
marco temático –o mejor, meta-temático– y al locus filosófico de su enunciación, por otra.
Con respecto a la primera cuestión,
quizás no sea una excentricidad traer a colación la célebre tesis 11 de Marx
sobre Feuerbach («Los filósofos no han hecho más que interpretar
de diversos modos el mundo, pero de lo que se trata es de transformarlo») para
leerla a la luz de los últimos tres versos de un poema con auto-reverse («Negocio entonces a la baja/redimido por el sueño,/la
pretensión febril de transformarme») y del siguiente fragmento de un
(ego)aforismo en Word: «Esta noche,
esta madrugada ya, solo quiero transformar el mundo. Bueno, transformar mi
mundo en realidad». A pesar de que Cívico no se desentiende del mundo exterior
–calificado con razón como «una letrina» en uno de sus aforismos– ni elude la
reflexión sobre la conveniencia de cambiar algunas cosas para que el lodazal
que nos aloja llegue a ser algún día un astro más o menos habitable, los dos
fragmentos antes transcritos suministran una pista casi concluyente sobre la
urdimbre de su filosofía y su poesía o, tal vez mejor, sobre la localización y
los atributos de la casa que las acoge. Y es que –he aquí la primera clave de
lectura de Una casa holandesa–,
atendido el emplazamiento del texto en la tradición de la literatura filosófica
del yo –tradición que se remonta a los clásicos greco-latinos, pero que, en su
formato moderno, con las Confesiones de
Agustín de Hipona como gozne, tiene sus hitos fundacionales en los Essais de Montaigne o en las propias Confesiones de Rousseau, entre otros–,
me parece que el título gentilicio que Cívico ha elegido para su libro –en el
que, él mismo lo declara abiertamente, cede a «la tentación de la exposición de
uno mismo»– no es sino una forma de nombrar su propia casa o, para decirlo
explícitamente, su mente, su yo.
Ahora bien, dado que ningún ser humano es dueño absoluto de su casa –y el autor
demuestra con creces que ha aprendido bien esta lección–, no estoy seguro de
que la quimera rousseauniana, la casa transparente, sea la referencia más
adecuada para dar cuenta de las características de la casa holandesa. A
semejanza de cualquier hogar –incluidos los de esos peligrosos necios que están
completamente seguros de quiénes son–, la casa en la que vas a entrar no es
precisamente un espacio límpido, diáfano y sólidamente asentado. Como ocurre en
todas las mentes, también en las mejores, la cimentación es movediza, de los
voladizos caen caliches –y, de cuando en cuando, baldosas y aun ladrillos–, hay
escaleras con peldaños traicioneros, falsos tabiques, jambas desajustadas, algún
que otro desnivel amenazador, miradores que dan al abismo, cristales
esmerilados que opacan lo que tras ellos se cuece, pasillos neblinosos y
recodos inexplorados. La casa holandesa no es, por otra parte, un lugar
demasiado ordenado («Al parecer está mal visto/empezar las casas por el tejado
(…)», dicen dos versos de un poema con auto-reverse);
sin embargo, es acogedora –ahí están su portentoso hilo musical, cuidadosamente
anotado al pie del inicio de cada sección, y el interesante aparato gráfico que
cuelga de sus paredes–, y hay varias razones adicionales por las que merece la
pena visitarla, e incluso quedarse a vivir una temporada. Entre ellas destacan
la brillantez y la clarividencia que se respira en la atmósfera de sus
habitaciones o, dicho en otros términos –dejemos ya a un lado las metáforas
arquitectónicas–, la agudeza y la inteligencia con las que su morador
inspecciona, sondea y rastrea la casa tomada por su yo. Cívico tiene un tema
cardinal: el yo, el ego; te compete a ti, lector, la tarea de dar sentido y
atribuir significado a los (ego)aforismos y los poemas con auto-reverse. Por mi parte, trataré de contextualizar el texto para
explicar por qué este libro puede leerse como una gran ironía socio-filosófica.
Evidentemente, se trata, también, de una interpretación, pero confío en que no
sea una demasiado desencaminada.
Una
casa holandesa es, en gran medida, una especie de
auto-etopeya, es decir, una descripción de los rasgos internos del autor, de la
persona –o, si se quiere, del personaje: todos somos, de algún modo, un
personaje de nosotros mismos–, retrato tamizado por su experiencia y por su
mirada más bien incrédula al mundo circundante. Es cierto que hay más de un
trazo de prosopografía («(…) ya que me elegiste a mí, no por mi aspecto de
indio despistado»), pero en el texto predomina claramente la autoexploración,
el autoanálisis y, aparentemente, el
narcisismo y el egotismo. He aquí un escritor que titula egotismos una de las secciones de su libro, que habla de su
«escribirse egotista en Word», que
afirma, entre otras cosas: «Me alimento de mí mismo», «Escribo para leerme,
para releerme» o «No puedo soportar que no me llame nadie», y que, en fin,
admite sufrir raptos de solipsismo y «episodios de ego desmedido». Me importa
subrayar que, leído en conjunto, el libro que vas a leer no es en modo alguno
la obra de un sujeto encantado de haberse conocido y obsesionado con su yo
–cosa distinta es la extraña y casi obsesiva relación que mantiene Cívico con
su procesador de textos–; más bien al contrario: aquellas proclamaciones son,
digamos, señuelos dejados en el camino que, como verás, apenas encubren una
continuada –y francamente divertida– tarea de self-deprecation o de auto-demolición. Y –ahí va la interpretación–
me parece que, recusándose e ironizando sobre sí, el autor recusa al mismo
tiempo el narcisismo epocal que nos ha tocado vivir. Podría entonces decirse
que el egotismo de Cívico es un «egotismo negativo», y que su trabajo literario
de auto-observación sarcástica y zaheridora se inscribe, filosóficamente
hablando, en lo que de modo tentativo cabría llamar la «herida narcisista».
Intentemos explicarlo: en la Introducción
al psicoanálisis, Freud mencionó las tres mortificaciones –las heridas, las
ofensas– que la astronomía, la biología y el propio psicoanálisis han infligido
en el transcurso de los siglos a la ingenua egolatría –el egotismo, podría
decirse– de la humanidad. La
astronomía, al mostrar por mediación de Copérnico que la tierra no es el centro
del universo, desplazó al hombre a un lugar secundario en el cosmos. La
biología, al mostrar por mediación de Darwin que el hombre desciende del mono,
lo humilló en su pretensión de ocupar un puesto privilegiado en la creación. El
psicoanálisis, en fin, al mostrar por mediación de Freud ese «resto» existente
entre la psique y la conciencia, privó al yo de la propiedad –el pleno dominio–
de su casa. Añadamos, a fin de delimitar con mayor
precisión el lugar filosófico de Una casa holandesa, que a las
mortificaciones astronómica, biológica y psicoanalítica podrían agregarse otras tres heridas infligidas al sujeto (con mayúscula) de la modernidad
filosófica, el sujeto fundante, constituyente y auto-transparente que halló su
expresión más acabada en la denominada «metafísica de la subjetividad», es
decir, en la
tradición de la «filosofía de la conciencia» inaugurada por el cogito cartesiano y consolidada por el
trascendentalismo kantiano y sus secuelas. La primera sería la «herida
socio-económica», sintetizada en el bien conocido aserto que Marx y Engels
escribieron en La ideología alemana:
no es la conciencia la que determina la vida, sino la vida –empezando por la
estructura económica y el modo de producción– la que determina la conciencia.
La segunda viene conformada por un abigarrado conjunto de corrientes que
recorre el siglo XX –de la lingüística y la antropología de filiación
estructuralista y postwittgensteiniana a la teoría de sistemas, del
deconstruccionismo al psicoanálisis de estirpe lacaniana, de la genealogía del
poder a los postestructuralismos de diversa ascendencia, entre otras– y que, a
falta de mejor denominación, podría agruparse bajo una rúbrica más o menos
abarcadora –la «herida post-humanista» o directamente anti-humanista–, ofensa
en virtud de la cual no es el sujeto el que actúa o el que habla y no resulta,
por tanto, posible concebirlo en términos unitarios y monádicos: no hay centro
y no hay sujeto. La última de las tres heridas que se suman a las que tematizó
Freud es más bien regional –dicho esto en el sentido de que ha emergido en un
campo más o menos acotado: la filosofía política– y podría denominarse la
«herida identitaria» o «identitarista», ofensa resuelta en el anatema a
cualquier forma de concepción universalista del sujeto –aun la más matizada– en
nombre de la diferencia, las identidades colectivas, las pertenencias
sustentadas en hermenéuticas densas y la palabra poscolonial del subalterno,
entre otras cifras.
Es
una gran paradoja que esta tarea de demolición del sujeto y el tantas veces
reiterado anuncio del agotamiento del paradigma de la subjetividad en sentido
fuerte no haya dado paso, en las últimas décadas, a una reflexión sobre la
conveniencia de practicar algo así como la humildad antropológica –tantas
heridas deberían haber hecho mella–, sino a ese subjetivismo sin sujeto que es
el individualismo –empezando por el individualismo económico más o menos brutal
y más o menos salvaje–, así como a lo que no es sino su expresión más
superficial: el narcisismo como emblema epocal, cuyo punto de llegada –una vez
transitados el espíritu emprendedor (o mejor, la prescripción de ser
«empresario de sí mismo»), las técnicas de auto-desarrollo psi, la así llamada inteligencia emocional o el self-branding– es el exhibicionismo
degradado que propicia la revolución digital y que, poco a poco, se ha ido
convirtiendo en un prerrequisito ontológico para ser: me exhibo, luego soy visible, luego existo. La ironía filosófica y el poder corrosivo del texto de
Cívico –que no es, desde luego, un integrado, sino un apocalíptico más o menos
tibio– no radica en que el autor sea un egotista autoconsciente, sino más bien
en que, como se ha dicho arriba, recusándose mediante la auto-demolición –es
muy difícil elegir una sola cita, así que invito al lector a que vaya
descubriendo por sí mismo su anti-narcisismo–, pone al mismo tiempo en solfa al
zeitgeist narcisista o egotista que
vivimos y padecemos. No es, desde luego, ninguna casualidad que uno de los
héroes de Una casa holandesa sea
Epimeteo.
Aunque el «egotismo negativo» de Cívico
es el eje alrededor del cual giran los ego-aforismos y los poemas con auto-reverse, y a pesar de que la
«herida narcisista» permea transversalmente este autorretrato fragmentario y
anárquico –no hay en Una casa holandesa
sistemática clara ni ordenación por temas; no pasa nada: tampoco hay
organización alguna en los Pensées de
Pascal, por ejemplo–, me parece que es posible demarcar cuatro núcleos
temáticos subordinados a su motivo central, asuntos que, si bien no son, ni de
lejos, los únicos abordados, destacan por su recurrente presencia en el texto.
El primero es la infancia, comarca vital nimbada por la sorpresa de ser, la
exploración, la vulnerabilidad y el progresivo desleimiento del narcisismo
primario o edípico. Conservamos de ella apenas «una idea imprecisa», pero la
infancia marca indeleblemente nuestro itinerario –«la deriva», escribe Cívico–.
Memorabilia, anécdotas y recuerdos fugaces sirven de apoyatura al autor –que
exhibe aquí su veta más psicológica o, si se quiere, psicoanalítica– para
rubricar lascas de alto voltaje sobre la molestia de haber venido al mundo y
sobre el hecho de ser progenie de dos sujetos tan azarosos como decisivos. Es
cierto que la mayoría de los textos dedicados a la niñez visten mordacidad y
aun indulgencia («A los niños les fascina arrancarse la costra de las heridas.
Ingenuidad de que todo cicatriza») y que equidistan tanto del suspiro
derogatorio –«Perdimos al nacer lo mismo que perderemos al morir: todo», dice
Cioran– como de la ciega idealización retrospectiva –fue Novalis quien escribió
que «donde está la infancia está la edad de oro»–. Sin embargo, y acaso porque
el tiempo sutura tantas heridas, ese pasado, la niñez, ha sido, para el autor,
«(…) real: una forma
incontestablemente superior de la hermosura». El segundo cogollo temático,
estrechamente relacionado con el primero –vale la pena, a propósito de este
nexo, leer más de una vez el jocoso retrato de Heidegger en su niñez–, viene
timbrado por la cavilación sobre el tiempo y lo que no es más que su corolario:
la muerte. Subido al escenario de la dicotomía ideal-típica que
tradicionalmente ha diferenciado el círculo pagano y la flecha escatológica,
Cívico muestra su faceta más reflexiva o filosófica –pero no por eso menos
punzante– y da vueltas alrededor de la secuencia de los yoes que han habitado
un pasado tantas veces imperdonable («No me reconozco en el pasado. Nada, nada,
nada haría igual… si fuera él») y de la paradójica «irreparabilidad» del futuro
(«Hermano, es el futuro y no el pasado lo que resulta ontológicamente
irremediable»). Su percepción de la muerte es tendencialmente epicúrea –dicho
esto en el sentido de que parece adherir a las tesis sobre la muerte que
Epicuro escribió en la célebre Carta a Meneceo–; precisamente por eso, no deja
escapar la ocasión para recordarnos que todos hemos vivido ese momento en el
que «la muerte se antoja más llevadera que la vida». El tercer subtema de Una casa holandesa –el más literario, a
mi modo de ver– es el viaje, o mejor, la idea
de viaje en sus múltiples declinaciones: no solo el viaje en sí –Cívico es
un tipo muy viajado que ha ido anotando cuidadosamente reflexiones, postales,
anécdotas y viñetas en sus periplos, obligatorios o elegidos, por distintos
países y por sus ciudades (entre
otras, Berlín, Budapest, Copenhague, Praga, San Petersburgo o Florencia),
aunque él mismo avisa de que haber viajado e incluso haber viajado mucho no
impide ser un cretino (literalmente, un «gañán»)–, sino también el viaje
entendido como fuga, como evasión o, para decirlo con las palabras de Rosset,
como forma radical de «rechazo de lo real». Entre estas estrategias descuellan
la huida a través del alcohol o el narcotismo –el lector agradecerá la
transparencia y la lucidez de las meditaciones sobre esta cuestión, algunas de
las cuales reenvían, pienso, a este pasaje que Baudelaire dejó escrito en Los paraísos artificiales: «Se diría que
uno vive muchas vidas de hombre en el espacio de una hora. ¿No sois entonces
semejantes a una novela fantástica que estaría viviente en lugar de ser
escrita»– y otras tácticas menos turbulentas de escape de la realidad: así, la
religión –Cívico es un superviviente, uno más, de la educación católica, y tal
vez por ello el hocico de Dios asoma por los recovecos de su casa en más de una
ocasión («Solo hay dos alternativas: que exista Dios o que no exista. Ambas son
ridículas por entero»)–, la mitología, el amor o la propia escritura. Hay,
finalmente, un cuarto bloque donde es fácilmente reconocible la sólida
formación de Cívico como filósofo –y, sobre todo, como jurista adscrito al
lunático gremio de los teóricos y filósofos del Derecho–, balda temática de
contenido misceláneo en la que, si bien se pueden leer consideraciones de
índole general –por ejemplo, ironías sobre las tan traídas y llevadas acciones
positivas (¿por qué no los tímidos?), disparos al poder («Hay siempre una
sonrisa en el discurso del amo como forma primera, inaugural o constitutiva del
discurso») o verdades sobre la virtud («Todos son virtuosos incluso cuando les
tocaría poner en práctica su virtud. Exhiben entonces la virtud de la
imperturbabilidad y del aplazamiento»)–, prima, como no podía ser de otro modo
en un libro tan personal, la fotografía de sus tomas de postura éticas,
políticas y jurídicas. Aunque en el plano gnoseológico sus relaciones con Hume
son algo problemáticas, tiendo a pensar que Cívico es un emotivista en ética («Hasta
la fecha ningún sentimiento me ha dado razones para desconfiar de él»), y digo
inmediatamente que el hoy casi innombrable emotivismo no tiene nada que ver con
ese psico-emocionalismo ramplón que da cobertura al nuevo (no tan nuevo, pero,
en cualquier caso, siniestro) espíritu del capitalismo. «Soy individualista –en
todos los sentidos menos en el económico», escribe el autor, y deja, aquí y
allá, hermosas frases que revelan su sincero compromiso con la justicia,
compromiso fundado en una suerte de compasión laica, de philia, hacia «aquellos desesperados a quienes solo les ha sido
dado conocer el desaliento, la aflicción, el sufrimiento, la desolación, el
sacrificio y la pena», esos seres «conscientes de su desasilamiento en este
mundo». Justamente porque se define como un ser que se ha negado a pactar con
la realidad, creo que el autor podría suscribir mi modesta opinión: este
aforismo de Marivaux («En este mundo hay que ser demasiado bueno para serlo
bastante») es todo lo que necesitamos no tanto para hacer el bien cuanto para
no dañar al otro.
Corresponde a estas alturas decir algo
sobre el envoltorio formal de las esquirlas de pensamiento y los poemas que
conforman este volumen, así como sobre el estilo del autor. Con respecto a los
ego-aforismos, vale señalar, de entrada que el estatuto genérico, la definición
y la clasificación retórica del aforismo son problemas a cuya clarificación se
han entregado con fervor fútil los especialistas en la materia y sus propios
creadores –sin pretensión de exhaustividad, cabe mencionar a Roukhomovsky, Eco,
Falzon, Jolles, Helmich, Bundgaard, Battaglia, Steiner, Morson, Ruozzi,
Montandon, Gross, Berranger, Groarke y Pitigrilli, y, en nuestra lengua, a José
Ramón
González, Marco Aurelio Ángel-Lara, Cristóbal Serra, Juan Varo, Ramón Eder y
Juan Poz, entre otros muchos–. Me apresuro a aclarar que la expresión «fervor
fútil» no connota en modo alguno la inutilidad de aquella exploración
analítica, tanto más interesante cuanto más se profundiza en ella, sino más
bien la absoluta heterogeneidad de los juicios literarios, filológicos,
lingüísticos y aun lógicos y filosóficos sobre las formas breves, por no hablar
de los miles de matices con los que uno tropieza a la hora de abstraer
conclusiones más o menos objetivas en cuestiones tan escurridizas e
inatrapables como las arriba mencionadas. Agreguemos a estas dificultades la
multiplicidad y la constante ampliación de las denominaciones que ha recibido
el enunciado literario-filosófico escueto y la enorme complicación que lleva
aparejado todo intento de establecer fronteras taxonómicas en el territorio de
los géneros concisos. No seré yo el que desautorice a quien denomina aforismo a
aquello que es, en realidad, humorada, meditación, cita deformada, alarde
dialéctico, pensamiento, sofisma, adagio, apotegma, falacia intencional,
epigrama, ironía, emblema, sentencia, máxima, micro-relato, fragmento, dicho o
refrán alterado, ocurrencia, inscripción, proverbio, paradoja, recuerdo,
chiste, azar discursivo, quiasmo, nota, carnet, enigma, boutade o limerick. No me
permitiré el lujo de censurar la identificación del aforismo con los nombres
dados a sus piezas por los autores que han cultivado las formas sucintas –por
mencionar apenas a unos pocos: «greguería» (Ramón), «escolio» (Nicolás Gómez
Dávila), «pecio» (Rafael Sánchez Ferlosio), «nótula» y «efigie» (Cristóbal
Serra), «aflorismo» (Carlos Castilla del Pino) o «aerolito» (Carlos Edmundo de
Ory)–. No pretendo, en fin, entablar debate con las gentes hostiles al
aforismo, un modo de expresión milenario que, debido, tal vez, a la mutación en
los hábitos de lectura y escritura propiciada por la así llamada revolución
digital y a la consiguiente degradación de la escritura breve, tiende a ser
objeto de menosprecio o es desautorizado porque antepone el ingenio a la
inteligencia y la insinuación del hallazgo al propio hallazgo. Es esta una toma
de postura legítima y muy respetable, aunque no es ocioso recordar aquí la
observación sobre la pertinencia del aforismo y de sus figuras hermanas que
Nietzsche escribió en Humano, demasiado
humano: «Algo dicho brevemente quizás sea el fruto de algo largamente meditado;
pero el lector que es novato en este terreno, y que no ha reflexionado sobre
ello en modo alguno, ve algo embrionario en lo que se dice brevemente, y
censura la destreza del autor que se atreve a presentarle un manjar que él cree
insuficientemente cocinado».
Más allá de que uno tiene sus
preferencias –es realmente hermosa la expresión, nada científica, por cierto,
de Stanislav Jerzy Lec: «pensamientos despeinados»–, y aunque resulta ya
posible aislar un subgénero, el «metaforismo», cuyo objeto es precisamente la
definición –o mejor, la caracterización– del aforismo –pienso, por ejemplo, en
este enunciado de Joaquín Piqueras: «la verdad que da miedo, el aforismo, la
minúscula erección metafísica»–, lo cierto es que me gustaría eludir la
cargante obligación de decir qué cosa es el
aforismo, más que nada para no fatigar al mundo con un enésimo tiento de
definición. Quisiera tan solo señalar que el rótulo elegido por Cívico para el
título –«ego-aforismo»– se ajusta muy bien a la tonalidad introspectiva del
libro y, como hemos visto ya, a su climatología filosófica. El propio autor
aclara en el introito (dérives),
donde el lector topa con una designación también muy afortunada
(«bio-aforismo»), que la casa holandesa acoge escrituras híbridas, mestizas.
Así es: junto al aforismo, digamos, canónico («No terminar de encontrar una
postura cómoda entre el ovillo uterino y la rigidez post mortem»), en el texto comparecen también géneros como el de la
definición –véanse, por ejemplo, las irónicas definiciones de la tierra y de la
eutanasia–, creaciones mixtas que cabría denominar «afo-poemas» y prosas de
mayor o menor aliento en las que el autor relata episodios de su vida o se
demora en el análisis de un detalle aparentemente banal, procedimiento que
entronca con la miniatura cultivada por la crítica de la cultura de linaje
benjaminiano. Si en el plano retórico Cívico recurre con frecuencia a juegos
fónicos y a figuras como la paronomasia, la dilogía, la paradoja, el oxímoron o
el calambur, entre otras, su estilo prosístico se caracteriza por el hábil
manejo del período largo, la sintaxis compleja y la densidad hipotáctica, así
como por la prodigalidad léxica, rasgo, este último, presente no solo en los
aforismos y las prosas, sino también en los poemas con auto-reverse.
No es fácil catalogar a Cívico como
poeta, dada la gran variedad de registros que exhibe en sus composiciones. Uno
diría que en él coexisten varios autores o, en otras palabras, que el sello de
su poesía no es otro que la versatilidad. A pesar de que el peso cuantitativo
de los poemas con auto-reverse es sensiblemente menor que
el de los ego-aforismos –algunos, por cierto, de cuño claramente meta-poético
(«Portrait of the artist as a young man: es más fácil transformar por completo la
realidad que añadirle una palabra a una poesía»)–, no por ello conforman una
parte residual de este libro. Tanto los textos en los que Cívico flirtea con la
poesía conceptual y el concretismo mediante el recurso a la sobre-geminación
del significante –que adquiere en ellos un rol protagónico– como los poemas,
digamos, convencionales –la mayoría– se inscriben sin violencia en la temática
rectora de Una casa holandesa. Al
margen de ciertas constantes formales, entre las que destacan la marcada
querencia anafórica, la heterodoxa distribución versal, la ocasional
iconoclastia en la puntuación –bien calibrada para maridar ritmos y
contenidos–, el frecuente recurso al versículo, la elección del verso libre
–opción, esta última, que no implica el descuido absoluto de la métrica (véase
este recordable endecasílabo: «Escribe cada día tu epitafio»)– y la plasticidad
en el delineado de las imágenes y los
chispazos epifánicos que recorren los textos, lo cierto es que si se aíslan los
poemas azarosamente distribuidos en el libro y se leen de corrido se percibe
con mucha mayor nitidez la riqueza de matices que atesora la dicción del autor,
así como su habilidad para moverse con solvencia por territorios líricos tan
aparentemente extraños entre sí como la poética experiencial, el fulgor
irracionalista, la abstracción trascendente o el neo-simbolismo pop. Alejada
del preciosismo lánguido y de la zalema gratuita, la poes ía de Cívico tiene, además, un acusado calado narrativo y un
subtexto recurrentemente filosófico, pero hay dos notas que la dotan de un
sello personalísimo: por una parte, el sentido del humor –un umore no precisamente blanco ni inocente–
y, por otra, la nada fácil pericia con la que el autor despoja su hondura
reflexiva de solemnidades oraculares y de estilemas gesticulantes.
Diré, para terminar, que Una casa holandesa es también un
atractivo inventario provisional o, si se quiere, un sentido y, por qué no
decirlo, emocionante recuento de las contraseñas intelectuales y las
expresiones artísticas –prefiero esta locución a cualquier otra que incorpore
el sustantivo «cultura», ello no porque me identifique con el conocido aserto
de Goebbels, sino más bien porque el tiempo ha confirmado que, como escribió
Benjamin, todo acto de cultura es, de algún modo, un acto de barbarie– que han
marcado la educación sentimental y el aprendizaje existencial de Cívico,
travesía que, en el caso de los seres inteligentes –y el autor de este libro lo
es–, no puede ser otra cosa que un aprendizaje de la decepción o, tal vez
mejor, un trayecto cuya desembocadura es el desencantamiento lúcido.
Lichtenberg escribió en sus Aforismos
que «hay muchos hombres que leen solo para no pensar». Pues bien, en el caso de
Cívico es justamente al revés: quienes tenemos la fortuna de conocerlo sabemos
que es uno de esos bibliópatas recalcitrantes que sabe pensar precisamente
porque sabe leer, que no solo es capaz de interpretar con agudeza una fracción
de la realidad a partir de un texto poético, narrativo, filosófico, sociológico
o cinematográfico: tiene, además, la poco frecuente habilidad para deslumbrar y
descolocar al lector con una exégesis que tal vez ha estado siempre allí pero
que no había sido aún descubierta.
Dice Bradbury en la introducción de Farenheit
451 que «no hace falta quemar libros si el mundo empieza a llenarse de
gente que no lee, que no aprende, que no sabe». En un mundo regido por unos
encantadores plutócratas cuyo principal objetivo filantrópico es abolir la
capacidad de juicio –es decir, lo que nos constituye como animales más o menos
racionales–, en un mundo que lentamente transige con la absoluta
mercantilización de todas las esferas vitales –es esa, me temo, la inquietante
estrategia que, convenientemente ornada con el envoltorio discursivo de lo psi, resulta más eficaz para moldear
sujetos que no aprenden, que no saben, individuos que, a diferencia del autor
de este volumen, no se saben, y que,
a la manera del imbécil epocal paradigmático, solo se contemplan–, la lectura demorada de Una casa holandesa suscitará, intuyo, todo tipo de sensaciones
agradables en el receptor atento, a comenzar por la alegría, e incluso el
júbilo, un júbilo equiparable al que experimenta el náufrago condenado a muerte
cuando inopinadamente aparece una tabla salvadora en medio de la tempestad.
Valéry, Blake, Rimbaud, Baudelaire, Coleridge, Wordsworth, Machado, Cummings,
Hölderlin, Yeats, Pizarnik, Stevenson, Joseph Roth, Sendak, Kipling, Quiroga,
Conan Doyle, William H. Hodgson, Lovecraft, Poe, Pynchon, Diderot, Hrabal,
Felisberto Hernández, Dostoievski, Huxley, La Rochelle, Bowles, Banville,
Wilde, Monterroso, Hasek, Bioy, Conrad, Vila-Matas, Borges, Vizinczey, Joyce,
Kafka, Leonora Carrington, Proust, Verne, Eurípides, Carver, Hemingway, Scott Fitzgerald, Cortázar, Kundera, D. H. Lawrence, Miller, Corbiére, Le
Clezio, Faulkner, Lispector, Bernhard, Tolstoi, Cocteau, Gombrowicz, Hammet,
Agustín de Hipona, Hume, Nietzsche, Marx, Barthes, Weber, Harriet Taylor, Harry
Frankfurt, Harley, de Gouges, Zizek, Simone de Beauvoir, Lévi-Strauss, Kuhn,
Debord, Canetti, Freud, Weil, Tomás de Aquino, Sorel, Lacan, Wollstonecraft,
Simmel, Kant, Einstein, Jameson, Kierkegaard, Marshall, Hirschman, Benjamin,
Remedios Varo, Allen, Coppola, Kubrick, Rudolph, Lang, Gould, Hitchcock,
Dubuffet, Saudek o Vigeland son, entre otras, y junto a algún que otro fetiche
libidinal –Sharon Tate y Setsuko Hara, por ejemplo–, esas contraseñas
sedimentadas a lo largo de toda una vida de lecturas y de concienzudos rastreos
por el universo de las artes que Cívico maneja instrumentalmente para perfilar
su retrato, para escrutarse y escribirse. Me interesa subrayar que ni una sola
de las citas, alusiones o referencias que esmaltan los ego-aforismos en Word y los poemas con auto-reverse es gratuita o superflua:
todas son oportunas y, más importante aún, todas están plenamente justificadas.
Una casa holandesa no es, dicho en
otros términos, una burda exhibición culti-herida, un ejercicio de showing off intelectual o, peor todavía,
un desmelenado y gimnástico derrame de name-dropping.
La tortuosa y prolongada gestación de este extraño y cautivador volumen –el
formidable denuedo, los muchos años de lecturas y los desvelos epimeteicos que
Cívico le ha dedicado– lo acercan,
más bien, al dispendio, al derroche y al don, dicho esto en el sentido de que
lo que te dispones a leer es una especie de «libro potlatch» alejado de cualquier cálculo contable y de toda previsión
utilitaria, un regalo con el que el
autor devuelve con creces lo que ha recibido y lo que ha hallado en su
inacabada y tenaz pesquisa. Abre cautelosamente la puerta de esta casa
holandesa, lector, y sé lento y cuidadoso. Tropezarás con gratas
reviviscencias, sonreirás –y aun te reirás a carcajadas–, cabecearás en señal
de aprobación, arquearás las cejas y, probablemente, te reconocerás en muchos
ego-aforismos; tal vez te sea dado tomarte un respiro en una de sus
habitaciones, en un pasillo, en la buhardilla o en la terraza, pero nada
garantiza que puedas sentirte seguro.
[p. m.,
octubre de 2014]
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