jueves, 1 de enero de 2015

Zona de obras (Leila Guerriero)



No deja de ser llamativo –y, en algún sentido, encomiable– que, en un contexto caracterizado por la proclamación en tono celebratorio de la abolición de las fronteras entre los géneros, una escritora se preocupe de perfilar los contornos de uno de ellos –el periodismo literario o narrativo– y de desentrañar las claves de sus expresiones paradigmáticas –la crónica y el perfil–. Ciertamente, Leila Guerriero (Junín, Argentina, 1967), periodista autodidacta que nunca pisó una facultad de periodismo, no se ha propuesto en Zona de obras elaborar una ontología del periodismo narrativo. Por una parte, su libro no es un ensayo sesudo y sistemático, sino una compilación de piezas más o menos breves y de intervenciones y ponencias leídas en diversos foros que Guerriero ha publicado a lo largo de los últimos años, escritos que, como advierte la autora en la nota preliminar, «se canibalizan entre sí y (…) trafican materiales de uno a otro» (p. 16). Por otra parte, y más importante aún, el objeto capital de reflexión de este volumen no es solo, o no es tanto, la «naturaleza» del periodismo literario, sino los mecanismos que subyacen a la producción y la construcción del texto o, dicho más sencillamente, el oficio de escribir, cuestión que la autora sintetiza en una triple pregunta: cómo, para qué y por qué se escribe (Cfr. pp. 133-141).

Los fragmentos de las crónicas y los perfiles reproducidos en Zona de obras sobre temáticas absolutamente heterogéneas funcionan como pretextos para dar respuesta a aquella triple pregunta, para especular sobre el acabado de la crónica y el perfil –bien podría decirse que algunos textos del libro son, propiamente, meta-crónicas y meta-perfiles– y para esbozar una teoría in fieri, embrionaria y no organizada, sobre la escritura en el género que cultiva Guerriero. Y la misma finalidad tienen las numerosas transcripciones de los juicios vertidos por autores que han escrito periodismo literario –entre otros, Walsh, Sims, Wolfe, Salcedo Ramos, Orlean, Caparrós, Kidder, King, Reed, Tomás Eloy Martínez, Kramer, Boris Muñoz, Joseph Mitchell, Talese, Hersey, Foster Wallace, Villoro, McPhee, Capote, Chillón, Harr, Zaid, Sivak, Anderson–, nómina que incluye a algún mentor (Homero Alsina Tevenet) y en la que, sorprendentemente, Hunter S. Thompson sale malparado (p. 118). Sin pretensión de completitud, resulta posible abstraer tentativamente algunas «reglas» –la autora habla también de «pistas»– de la proto-teoría de la escritura en el periodismo narrativo sugerida en Zona de obras. La primera es tener algo que decir (o, en la inflexión argentina, «tener algo para decir», pp. 21, 49, 195). La segunda, adiestrar la mirada: a juicio de la autora, «el periodismo narrativo se construye, más que sobre el arte de hacer preguntas, sobre el arte de mirar» (p. 45). La tercera, y partiendo de que el periodismo literario adopta, por definición, algunos recursos de la ficción, es evitar tanto la prosa chata y notarial como el «exhibicionismo vacuo», ello porque en el buen periodismo narrativo «la prosa y la voz del autor no son una bandera inflamada, sino una herramienta al servicio de la historia» (p. 47). La cuarta regla, acaso la más importante, es «no inventar» y acatar el contrato tácito con el lector –pacto que, al parecer, violó el afamado Ryszard Kapuscinki–, es decir, respetar el límite entre el periodismo narrativo –que exige una ardua tarea de investigación previa– y la ficción. La quinta es no asumir bajo ningún concepto el «malentendido» de acuerdo con el cual «es posible escribir buen periodismo leyendo solo periodismo» (p. 104). La última no es, en sentido estricto, una regla, ni siquiera una pista: la crónica es un género cuya producción «necesita tiempo» (p. 124), y corresponde a cada autor hallar el «método» (p. 242) para organizar el material acumulado en la investigación, proceder a su vaciado y reescribir continuamente –escribir, dijo Donald. M. Murray, es reescribir– a fin de ultimar un texto que fluya, que tenga clima y voz propia, que sea estructuralmente equilibrado y que huya del prejuicio y del lugar común. A propósito de esta última «pista», vale la pena leer un breve y bello texto de Zona de obras titulado «Acerca de escribir» en el que Guerriero –magnífica escritora que declara abiertamente que no le gusta «el acto de escribir» (pp. 116 y 165) y a la que se le puede reprochar el abuso puntual de la coma y la proverbial confusión de la perífrasis modal de obligación con la de duda– recoge el siguiente testimonio de una escritora venezolana: «odio escribir, pero amo haber escrito». De eso se trata.                      


Leila Guerriero, Zona de obras, Barcelona, Círculo de tiza, 2014, 244 p.

[p. m., La bolsa de pipas. Revista literaria trimestral, nº 96, invierno 2015]

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