No
deja de ser llamativo –y, en algún sentido, encomiable– que, en un contexto
caracterizado por la proclamación en tono celebratorio de la abolición de las
fronteras entre los géneros, una escritora se preocupe de perfilar los
contornos de uno de ellos –el periodismo literario o narrativo– y de
desentrañar las claves de sus expresiones paradigmáticas –la crónica y el
perfil–. Ciertamente, Leila Guerriero (Junín, Argentina, 1967), periodista
autodidacta que nunca pisó una facultad de periodismo, no se ha propuesto en Zona de obras elaborar una ontología del
periodismo narrativo. Por una parte, su libro no es un ensayo sesudo y sistemático,
sino una compilación de piezas más o menos breves y de intervenciones y
ponencias leídas en diversos foros que Guerriero ha publicado a lo largo de los
últimos años, escritos que, como advierte la autora en la nota preliminar, «se
canibalizan entre sí y (…) trafican materiales de uno a otro» (p. 16). Por otra
parte, y más importante aún, el objeto capital de reflexión de este volumen no
es solo, o no es tanto, la «naturaleza» del periodismo literario, sino los
mecanismos que subyacen a la producción y la construcción del texto o, dicho
más sencillamente, el oficio de escribir, cuestión que la autora sintetiza en
una triple pregunta: cómo, para qué y por qué se escribe (Cfr. pp. 133-141).
Los
fragmentos de las crónicas y los perfiles reproducidos en Zona de obras sobre temáticas absolutamente heterogéneas funcionan como
pretextos para dar respuesta a aquella triple pregunta, para especular sobre el
acabado de la crónica y el perfil –bien podría decirse que algunos textos del
libro son, propiamente, meta-crónicas y meta-perfiles– y para esbozar una
teoría in fieri, embrionaria y no organizada,
sobre la escritura en el género que cultiva Guerriero. Y la misma finalidad tienen
las numerosas transcripciones de los juicios vertidos por autores que han
escrito periodismo literario –entre otros, Walsh, Sims, Wolfe, Salcedo Ramos,
Orlean, Caparrós, Kidder, King, Reed, Tomás Eloy Martínez, Kramer, Boris Muñoz,
Joseph Mitchell, Talese, Hersey, Foster Wallace, Villoro, McPhee, Capote,
Chillón, Harr, Zaid, Sivak, Anderson–, nómina que incluye a algún mentor
(Homero Alsina Tevenet) y en la que, sorprendentemente, Hunter S. Thompson sale
malparado (p. 118). Sin pretensión de completitud, resulta posible abstraer
tentativamente algunas «reglas» –la autora habla también de «pistas»– de la
proto-teoría de la escritura en el periodismo narrativo sugerida en Zona de obras. La primera es tener algo
que decir (o, en la inflexión argentina, «tener algo para decir», pp. 21, 49,
195). La segunda, adiestrar la mirada: a juicio de la autora, «el periodismo
narrativo se construye, más que sobre el arte de hacer preguntas, sobre el arte
de mirar» (p. 45). La tercera, y partiendo de que el periodismo literario
adopta, por definición, algunos recursos de la ficción, es evitar tanto la
prosa chata y notarial como el «exhibicionismo vacuo», ello porque en el buen
periodismo narrativo «la prosa y la voz del autor no son una bandera inflamada,
sino una herramienta al servicio de la historia» (p. 47). La cuarta regla,
acaso la más importante, es «no inventar» y acatar el contrato tácito con el
lector –pacto que, al parecer, violó el afamado Ryszard Kapuscinki–, es decir,
respetar el límite entre el periodismo narrativo –que exige una ardua tarea de
investigación previa– y la ficción. La quinta es no asumir bajo ningún concepto
el «malentendido» de acuerdo con el cual «es posible escribir buen periodismo
leyendo solo periodismo» (p. 104). La última no es, en sentido estricto, una
regla, ni siquiera una pista: la crónica es un género cuya producción «necesita
tiempo» (p. 124), y corresponde a cada autor hallar el «método» (p. 242) para
organizar el material acumulado en la investigación, proceder a su vaciado y
reescribir continuamente –escribir, dijo Donald. M. Murray, es reescribir– a
fin de ultimar un texto que fluya, que tenga clima y voz propia, que sea
estructuralmente equilibrado y que huya del prejuicio y del lugar común. A
propósito de esta última «pista», vale la pena leer un breve y bello texto de Zona de obras titulado «Acerca de
escribir» en el que Guerriero –magnífica escritora que declara abiertamente que
no le gusta «el acto de escribir» (pp. 116 y 165) y a la que se le puede
reprochar el abuso puntual de la coma y la proverbial confusión de la
perífrasis modal de obligación con la de duda– recoge el siguiente testimonio
de una escritora venezolana: «odio escribir, pero amo haber escrito». De eso se
trata.
Leila Guerriero, Zona de obras, Barcelona, Círculo de tiza, 2014, 244 p.
[p. m., La bolsa de pipas. Revista literaria trimestral, nº 96, invierno 2015]
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