viernes, 20 de febrero de 2015

Costumbrismo chic: una fórmula (cita)


«Se encoge de hombros frunciendo las comisuras de la boca para hacerme calibrar la inanidad del tema, y lo que es más grave, la inanidad de mi trabajo, de mis afanes en general, como si ya no cupiera esperar nada de mí, ni siquiera la conciencia de mis propias renuncias. Las mujeres aprovechan cualquier situación para hundirnos, les encanta recordarnos que somos decepcionantes. Odile acaba de avanzar un puesto en la cola de los quesos. Ha vuelto a coger el bolso y sigue sujetando con firmeza el morbier. Tengo calor, me ahogo. Me gustaría estar lejos, ya no sé qué pintamos aquí ni de qué va la cosa. Me gustaría deslizarme sobre unas raquetas en el Oeste canadiense, como Graham Boer, el buscador de oro, el héroe de mi artículo, clavar estacas y balizar los árboles con un hacha en valles helados. ¿Tendrá mujer e hijos ese Boer? Un tipo que se enfrenta al grizzli y a temperaturas de menos de treinta grados no se muere de asco en un supermercado a la hora en que todo el mundo hace la compra. ¿Acaso es ése (sic) el lugar de un hombre? ¿Puede alguien circular por estos pasillos llenos de neones y de packs, sin ceder al desaliento? ¿Y saber que volverá aquí, en cualquier época del año, arrastrando el mismo carrito a las órdenes de una mujer cada vez más mandona? No hace mucho, mi suegro, Ernest Blot, le dijo a nuestro hijo de nueve años, voy a comprarte otra estilográfica, con ésta (sic) te manchas los dedos. Antoine contestó, es igual, ya no necesito ser feliz con una estilográfica. Ese es el secreto, observó Ernest, el niño lo ha comprendido, reducir al máximo la exigencia de felicidad».

[Yasmina Reza, Felices los felices, traducción de Javier Albiñana, Barcelona, Anagrama, 2014, pp. 17-18] Las negritas son mías.

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