«Se encoge
de hombros frunciendo las comisuras de la boca para hacerme calibrar la
inanidad del tema, y lo que es más grave, la inanidad de mi trabajo, de mis
afanes en general, como si ya no cupiera esperar nada de mí, ni siquiera la
conciencia de mis propias renuncias. Las mujeres aprovechan cualquier situación
para hundirnos, les encanta recordarnos que somos decepcionantes. Odile acaba
de avanzar un puesto en la cola de los quesos. Ha vuelto a coger el bolso y
sigue sujetando con firmeza el morbier. Tengo calor, me ahogo. Me gustaría
estar lejos, ya no sé qué pintamos aquí ni de qué va la cosa. Me gustaría
deslizarme sobre unas raquetas en el Oeste canadiense, como Graham Boer, el
buscador de oro, el héroe de mi artículo, clavar estacas y balizar los árboles
con un hacha en valles helados. ¿Tendrá mujer e hijos ese Boer? Un tipo que se
enfrenta al grizzli y a temperaturas de menos de treinta grados no se muere de
asco en un supermercado a la hora en que todo el mundo hace la compra. ¿Acaso
es ése (sic) el lugar de un hombre? ¿Puede alguien circular por estos pasillos
llenos de neones y de packs, sin ceder al desaliento? ¿Y saber que volverá
aquí, en cualquier época del año, arrastrando el mismo carrito a las órdenes de
una mujer cada vez más mandona? No hace mucho, mi suegro, Ernest Blot, le dijo
a nuestro hijo de nueve años, voy a comprarte otra estilográfica, con ésta
(sic) te manchas los dedos. Antoine contestó, es igual, ya no necesito ser
feliz con una estilográfica. Ese es el
secreto, observó Ernest, el niño lo ha comprendido, reducir al máximo la
exigencia de felicidad».
[Yasmina
Reza, Felices los felices, traducción de Javier Albiñana, Barcelona, Anagrama, 2014, pp. 17-18] Las negritas
son mías.
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