miércoles, 1 de abril de 2015

Coñazo




Es un coñazo la emo-política. Es un coñazo la psico-política. Es un infinito coñazo Pablo Iglesias –no hablemos ya de Juan Carlos Monedero… ah, esa voz que timbra una octava por encima de lo tolerable y que expide vacuidades inspiradas, se diría, en un Gramsci jibarizado y reducido a una suerte de libro gordo de Petete cuyo target son esos incautos y analfabetos políticos necesitados de esperanzas e ilusiones (oh, qué gran coñazo)–. Coñazo indecible es la promesa de recuperación –y la tesis lisérgica de la superación de la crisis– de Rajoy, esa obcecada, provocadora y estúpidamente inhumana negación de la realidad es, imagino que pensáis lo mismo, un auténtico coñazo. Inmenso coñazo es el macarrismo militante de Arturo Pérez-Reverte. Son un coñazo insufrible las columnas de Almudena Grande(s) y de Rosa Montero. Es un coñazo insoportable el discurso de la neo-progresía buenista, que está en las antípodas del bello izquierdismo dandy con el que deberíamos encarar el negocio de la existencia. Muy coñazo –y falaz– es el así llamado «animalismo» –que, parafraseando a Sartre, no es más que un humanismo o, si se quiere, un antropomorfismo­–. Son un verdadero coñazo esos autores lameculos que andan por ahí meneando el rabo a la búsqueda de reseñas. Es un coñazo el hecho de que gente que ni siquiera sabe redactar se dedique a escribir libros con pretensiones literarias. Son un coñazo esos autores / as inconscientemente hegeliano-bonapartistas que no se sienten reconocidos y que, la providencia sabrá por qué, están convencidos de que el mundo les debe algo. Vaya coñazo es la Universidad española, vaya coñazo feudaloide y siciliano. Son enormemente coñazos esos paletos que emplean palabros tales como «empoderamiento», «emprendizaje», «resiliencia» y similares. Es un coñazo el feminismo paranoide y su inestimable colaboración para acabar con lo que de bueno hay en el feminismo. Es un coñazo tener que aguantar a esos editores de revistas que se han inventado la moneda de la «visibilidad» –con la que, estoy casi seguro, no se puede comprar ni una barra de pan en Mercadona– para no tener que pagar a los narcisos ansiosos que anhelan ver su nombre en los titulares de una mag efímera. Es un coñazo constatar la progresiva degradación de los suplementos culturales. Menudo coñazo es esa gente de entre veinticinco y treinta y cinco que cree que ha inventado la altivez y que está convencida de que nada puede aprender de las generaciones precedentes. ¿Y los hipsters? Me parece que no hay nada más coñazo que los hipsters, esa fratría mimética, en toda la vía láctea. Las tertulias políticas televisivas –haría falta un Walter Benjamin para diseccionarlas– son lo más radicalmente coñazo que existe. Es un coñazo comprarse libros, gastarse el dinero de buena fe y constatar con tristeza que están plagados de errores orto-tipográficos, de estilo y de contenido. Y qué decir de esos seres que se invisten con la vitola de la alternatividad pero que han interiorizado, una por una, todas las prescripciones actitudinales –y, peor todavía, la retórica de la inevitabilidad– del así llamado neoliberalismo, sea lo que fuere lo que signifique esta expresión. Es un coñazo que en España se descubran mediterráneos que, en otras geografías literarias, filosóficas, etc. fueron descubiertos hace décadas. Vaya, creo que me estoy poniendo coñazo. Me voy a hacer la cena.

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