Es un coñazo
la emo-política. Es un coñazo la psico-política. Es un infinito coñazo Pablo
Iglesias –no hablemos ya de Juan Carlos Monedero… ah, esa voz que timbra una
octava por encima de lo tolerable y que expide vacuidades inspiradas, se diría,
en un Gramsci jibarizado y reducido a una suerte de libro gordo de Petete cuyo target son esos incautos y analfabetos
políticos necesitados de esperanzas e ilusiones (oh, qué gran coñazo)–. Coñazo
indecible es la promesa de recuperación –y la tesis lisérgica de la superación
de la crisis– de Rajoy, esa obcecada, provocadora y estúpidamente inhumana
negación de la realidad es, imagino que pensáis lo mismo, un auténtico coñazo.
Inmenso coñazo es el macarrismo militante de Arturo Pérez-Reverte. Son un
coñazo insufrible las columnas de Almudena Grande(s) y de Rosa Montero. Es un
coñazo insoportable el discurso de la neo-progresía buenista, que está en las
antípodas del bello izquierdismo dandy con
el que deberíamos encarar el negocio de la existencia. Muy coñazo –y falaz– es
el así llamado «animalismo» –que, parafraseando a Sartre, no es más que un
humanismo o, si se quiere, un antropomorfismo–. Son un verdadero coñazo esos
autores lameculos que andan por ahí meneando el rabo a la búsqueda de reseñas.
Es un coñazo el hecho de que gente que ni siquiera sabe redactar se dedique a escribir libros con pretensiones literarias.
Son un coñazo esos autores / as inconscientemente hegeliano-bonapartistas que
no se sienten reconocidos y que, la
providencia sabrá por qué, están convencidos de que el mundo les debe algo. Vaya
coñazo es la Universidad española, vaya coñazo feudaloide y siciliano. Son
enormemente coñazos esos paletos que emplean palabros tales como «empoderamiento»,
«emprendizaje», «resiliencia» y similares. Es un coñazo el feminismo paranoide
y su inestimable colaboración para acabar con lo que de bueno hay en el
feminismo. Es un coñazo tener que aguantar a esos editores de revistas que se
han inventado la moneda de la «visibilidad» –con la que, estoy casi seguro, no
se puede comprar ni una barra de pan en Mercadona– para no tener que pagar a los
narcisos ansiosos que anhelan ver su nombre en los titulares de una mag efímera. Es un coñazo constatar la
progresiva degradación de los suplementos culturales. Menudo coñazo es esa
gente de entre veinticinco y treinta y cinco que cree que ha inventado la
altivez y que está convencida de que nada puede aprender de las generaciones
precedentes. ¿Y los hipsters? Me parece que no hay nada más coñazo que los
hipsters, esa fratría mimética, en toda la vía láctea. Las tertulias políticas
televisivas –haría falta un Walter Benjamin para diseccionarlas– son lo más
radicalmente coñazo que existe. Es un coñazo comprarse libros, gastarse el
dinero de buena fe y constatar con tristeza que están plagados de errores
orto-tipográficos, de estilo y de contenido. Y qué decir de esos seres que se
invisten con la vitola de la alternatividad pero que han interiorizado, una por
una, todas las prescripciones actitudinales –y, peor todavía, la retórica de la inevitabilidad– del así llamado neoliberalismo, sea
lo que fuere lo que signifique esta expresión. Es un coñazo que en España se descubran mediterráneos que,
en otras geografías literarias, filosóficas, etc. fueron descubiertos hace
décadas. Vaya, creo que me estoy poniendo coñazo. Me voy a hacer la cena.
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