Si mi
respuesta a las solemnes proclamaciones de buenos propósitos que un amigo mío
verbaliza invariablemente después de los gargantuescos fastos navideños y de la
ineludible borrachera de fin de año –apuntarse a un gimnasio, mejorar su
inglés, leer (más) teoría postcolonial, dejar de fumar, dejar de beber, dejar
de blasfemar y similares– suele ser un silencio indulgente, fraternal y hasta
caritativo –sé positivamente que no hará nada de lo que se promete a sí mismo y
que todo seguirá igual–, la reacción que disparan en mi mente esas vigorosas
declaraciones de intenciones que, cuando empieza a apretar el calor, algunos
incautos vierten con un dejo de injustificada jactancia en sus rostros –típicamente:
«este verano voy a leer todo lo que no he podido leer durante el año»– se
parece bastante a lo que Beckett llamó la risa sin alegría: lo primero que
pienso es que estoy hablando con un iletrado que, sin que nadie se lo haya
preguntado, reconoce implícitamente que no lee ni relee nunca o casi nunca.
*
qué pedazo de cabrón, leer teoría postcolonial...desde luego...
ResponderEliminarun abrazo
Todavía no te considero inhabilitado para entender la ironía.
Eliminarabrazo.