(Para Rosa Rossi)
Anoche he
sentido una fuerte emoción al leer, citadas en un libro, estas palabras de
Teresa de Ávila: «En lo que he vivido he visto tantas mudanzas, que no sé
vivir». El pobre pícaro de aquellos tiempos creía que en la mudable confusión,
en la ruidosa y agitada sinrazón de cuanto lo rodeaba, aprendía a vivir,
adquiría lo que hoy llaman «experiencia del mundo». A semejanza de él, el
marginal del siglo xx que aprende a bandeárselas logra,
siquiera sea precariamente, «salir adelante» dentro del medio dado,
proclamando que «la calle le ha enseñado todo lo que sabe de la vida», toma por
experiencia lo que al igual que el savoir
vivre de su contrafigura, el burgués acomodado, no es más que la
claudicación ante «la lógica de las cosas», o sea cruda adaptación, que viene a
ser exactamente lo contrario que experiencia, pues adaptar y acostumbrar la
mirada al «mundo como es» es, a la vez, cegarla para ver «cómo es el mundo».
Con su «no sé vivir», Teresa de Ávila expresa el extrañamiento del mundo y de
la vida, el sentimiento de alienidad, de distancia y de vulnerable desnudez con
respecto al medio dado, sentimiento de intemperie que es justamente el solar
raso sensiblemente receptivo a la experiencia. Hoy, lo mismo que en el siglo xvi, en todo «saber vivir», ya sea de
siervos o de señores de la calle, hay objetivamente como una especie de coágulo
obstructor, de indisoluble trombo circulatorio de estolidez o de
encanallamiento.
[Rafael
Sánchez Ferlosio, Campo de retamas
(Pecios reunidos), ed. al cuidado de I. Echevarría, Barcelona, Penguin
Random House, 2015, 85-86.]
No hay comentarios:
Publicar un comentario