Hace unos meses estaba leyendo
un suplemento cultural –sí, todavía lo hago– y me llamó mucho la atención
este párrafo; pertenece a un artículo cuyo título, desafortunadamente, no
recuerdo:
«El verdadero problema
lingüístico actual, en mi opinión, no es la globalización idiomática, sino la
gradual supremacía de la redacción sobre la escritura, tanto en ámbitos
frívolos como eruditos, un problema que habría que atacar desde la escuela.
Mientras que la escritura tiene su semilla en el uso oral del lenguaje, y de él
se nutre, la redacción nace con una sordera crónica, desligada de los
movimientos íntimos del habla, a la que sin embargo remeda groseramente, y de
ahí su éxito y su propagación inmensa, desde las revistas de avión a las
académicas». (Fabio Morabito, Babelia,10/11/2014)
«Me llamó mucho la atención»
es una forma eufemística de decir que la lectura del párrafo de Morabito me
provocó cierta irritación o, para decirlo con sinceridad y precisión, un cabreo
considerable. Incluso si aceptamos la dicotomía redacción / escritura en los
términos arriba reproducidos –lo cual, a mi modo de ver, ya es conceder mucho–,
me parece que saber redactar es un prerrequisito elemental –o, mejor dicho, es el
prerrequisito básico– para poder «escribir». En mi modesta opinión, es esta
una verdad trivial que, por la razón que sea, algunas veces se cuestiona
alegremente. Sería una exageración –y, desde el punto de vista filosófico, un
error– afirmar que el axioma «si no sabes redactar, no puedes “escribir”» es una
verdad de las denominadas analíticas, aunque a mi juicio lo es –en su
blog, uno puede permitirse ciertas alegrías e incluso alguna que otra
arbitrariedad filosófica–.
La lectura del párrafo de
Morabito me provocó, además, una especie de cosquilleo nemotécnico, esa
sensación de déjà vu que todos hemos experimentado alguna vez –«esto lo
he leído en otro lugar», «esta situación la he vivido ya», etc.–. En efecto:
estuve un buen rato fatigando tozudamente la biblioteca y, finalmente, voilà,
di con lo que buscaba:
«Otra regla, la definitiva:
jamás confundir redacción con escritura. La redacción no tiende a intensificar
la vida; la escritura tiene como finalidad esa tarea. La redacción difícilmente
permitirá que la palabra posea más de un sentido; para la escritura la palabra
es por naturaleza polisemántica: dice y calla a la vez; revela y oculta. La
redacción es confiable y previsible; la escritura nunca lo es, se goza en el
delirio, en la oscuridad, en el misterio y en el desorden, por más transparente
que parezca». (Sergio Pitol, El arte de la fuga)
Dejemos
a Morabito y Pitol con sus fantasiosas dicotomías y vayamos al tema: ¿a qué
viene esto? Pues viene a propósito de mi estupor y mis temblores: nada menos
que la vigesimotercera «edición» de un manual de redacción –muy popular,
publicado por una editorial de prestigio– está plagada de errores, la mayoría
elementales. Bueno, no exageremos: el libro tiene bastantes errores… ¡Pero es
que estamos hablando de un manual de redacción «editado» veintitrés veces! No
pretendo zaherir o desautorizar a nadie, de modo que omitiré el nombre del
autor, el título del libro y el sello en el que ha sido reimpreso –¿aprenderemos alguna vez que reimprimir no es lo mismo que reeditar?– veintitrés veces. Veamos algunos errores:
«El
estilo y el método es al autor, [sic: coma superflua] como el carácter a la
persona»
«Sea
de un modo más o menos consciente, en todos estos usos discriminamos a las
mujeres: cuando no las mencionamos, cuando lo hacemos con palabras en masculino,
[sic: coma superflua] o cuando las subordinamos a los hombres»
«Algunos
estudiantes prueban la técnica una vez y, si les gusta, repiten. A medida que
la practican, la adaptan a sus necesidades y se [sic el reflexivo: es un catalanismo]
la hacen suya»
«Tengo
que reconocer que resulta más difícil entender una oración sola, sacada de
contexto, sin conocer previamente el tema de qué [sic: tilde errónea] trata».
«Jordi
Arcarons […] continua [sic: falta tilde] con su obstinación de sumar
etapas en el rally París-Dakar» (es un ejemplo, pero de igual modo que,
correctamente, se ha escrito tilde en «París», el autor del manual debería
haber colocado tilde en continúa).
«[…]
de manera que el lector va leyendo, despreocupado, el curso sintáctico de la
frase, hasta que llega al final y se percata –¡oh sorpresa– que [sic: ausencia
de la preposición “de” antes de “que”] ya no se acuerda de cómo empezaba […]»
«Autores
y autoras debemos respetar escrupulosamente estas limitaciones si queremos garantizarla
y ahorrarte [sic: clamoroso fallo de concordancia] paradas súbitas, relecturas
reiteradas […]»
Bien,
me parece que ya es suficiente. No soy uno de esos cretinos que va por la vida dando
lecciones a los demás –al menos, trato de no serlo–, pero se da el
caso de que este libro –insisto, un manual de redacción– cuesta dinero. ¿No es
razonable reclamar que se reedite «de
verdad»? Lo que en el fondo pretendía decir es que nunca se acaba de aprender a
escribir… ¿o a redactar? Volvamos ahora a la dicotomía de la que hablan
Morabito y Pitol con tanta seguridad y tanta poesía… Bueno, casi lo dejamos para
otro post. Es la hora de pensar en el dilema de
Jørgensen...
https://www.youtube.com/watch?v=X_jtf78fLq4
ResponderEliminarCríptico, como mínimo.
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