En 2004 Traficantes de sueños publicó Plan sobre el planeta. Capitalismo mundial integrado y revoluciones moleculares, de Félix Guattari. Mi otro yo me ha sugerido la idea de colgar la reseña del libro que él publicó en la edición española de Le monde diplomatique. Es una manera de homenajear a Félix. Ahí va, con mínimas correcciones.
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“El nombre filosófico de Félix Guattari ha quedado vinculado al de Gilles Deleuze y a los títulos que ambos firmaran al alimón durante una colaboración intelectual prolongada hasta la muerte del primero en 1992. La refulgencia de obras como Antiedipo. Capitalismo y esquizofrenia, Mil mesetas o ¿Qué es la filosofía? ha ensombrecido la obra en solitario de Guattari, forjada entre la actividad filosófica y la intervención militante. A excepción del último ensayo, los textos de esta recopilación fueron escritos y publicados a fines de los setenta y comienzos de los ochenta, es decir, en un ambiente de repliegue marcado por la resaca de mayo del 68 y la endogenización de aquella promesa de felicidad enragé por parte del así llamado neoliberalismo. En estos “años de invierno”, Guattari diseccionó críticamente los axiomas del “capitalismo mundial integrado” in statu nascendi –término hermano, pensamos, del concepto debordiano de “lo espectacular integrado”–, así como sus estrategias de semiotización orientadas a conformar no ya sólo las relaciones de mercado, sino también las interacciones simbólicas y las subjetividades sociales. El diagnóstico contenido en estos ensayos es, también, un pronóstico que va más allá del discurso megatendencia. Muchos de los hechos históricos y de las tendencias verificados en las últimas dos décadas y algunos fenómenos generados alrededor de la evolución del capitalismo mundial integrado están aquí insinuados, sugeridos, apuntados: el fin de la bipolaridad, la emergencia del globalismo como ideología, el despertar de reclamos nacionalitarios, la mutación del trabajo en la época del posfordismo, la generación de nuevas segregaciones sociales, la progresiva sofisticación en el control de los sujetos y en la creación de sensibilidades sociales, la sustitución de la clase por la identidad como motor de discursos críticos o la degeneración mediático-autoritaria de las democracias.
En un clima tan hostil, ¿cómo conservar la fe subversiva?, ¿qué esperanza queda para los desafiliados de toda laya producidos por el capitalismo mundial integrado? Guattari prescribe la necesidad de tejer redes transnacionales de contestación dotadas de métodos y formas de organización de nuevo cuño –imposible no evocar el llamado altermundismo, actualmente en declive– y recrea los lineamientos de la filosofía de la revolución edificada con Deleuze para fiar a la ocurrencia de las “revoluciones moleculares” latentes en el inconsciente social la puesta al día de máquinas políticas, teóricas, libidinales y estéticas capaces de acelerar la cristalización de otro modo de organización social. También en estos textos de intervención –precedidos por un clarividente prólogo de Anne Querrien– está presente la proverbial inclinación a introducir léxico de nueva planta, a veces necesario, a veces no, y a ilustrar la presentación de ideas con terminología importada, acaso fútilmente, de las ciencias duras –una marca de estilo lírico-político que tantos pretextos epistemológicos ha proporcionado a determinados críticos para negar la validez y pertinencia de un pensamiento político atendible en sus puntos esenciales–. De otra parte, transcurridas dos décadas desde que estos ensayos vieran la luz, y dejando por supuesto a un lado las intenciones y el programa de Guattari, no podemos dejar de percibir un lejano parentesco formal entre la subversión rizomática llamada a abrir fisuras en las bases del sistema a través de las revoluciones moleculares y la emergencia de determinadas redes nómadas –inquietantes, bastante terroríficas, nada románticas– que a día de hoy, y más exactamente desde el 11-S, constituyen la única fuente de desasosiego del capitalismo mundial integrado. Esta materialización, digamos, “negativa” de las revoluciones moleculares es justamente lo que provee de justificación al capitalismo para enrocarse sobre sí mismo y solidificar su imperio. Lo dicho: años de invierno.”
p. m. b.
p. m. b.
Me gustó el artículo hasta que llegué al "lejano parentesco formal" entre pitos y flautas o sonetos y estrambotes. A veces la analogía nos juega malas pasadas y si hemos de creer a Guattarileuze no a veces sino casi siempre. O dicho de otra forma, entre el último punto y seguido y el punto final se coló un "pensamiento" espurio digno de figurar en un editorial del País.
ResponderEliminarEs un mensaje de Ópticas Casimiro Buena Viga
Gracias por la observación, Casimiro (pero antes escribí que hay que dejar a un lado las intenciones y el programa de Guattari; al margen de que el parentesco es sólo formal). De cualquier modo, la observación es pertinente. Saludos.
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