jueves, 7 de octubre de 2010

Homer y Langley: arte de la fuga




A raíz de la publicación de Homer y Langley se recordó el final de los hermanos Collyer. Una mañana de 1947 la policía y los bomberos de Nueva York tuvieron que forzar los postigos de la mansión familiar de estilo victoriano tardío, ubicada en la Quinta Avenida, para acceder al inmueble de cuatro plantas y recuperar los dos cadáveres tras abrirse paso entre las toneladas de materiales de todo tipo, “la colección de artefactos de nuestra vida americana” (p. 29) –entre ellos, un Ford T–, que habían acumulado durante años. A Homer, el hermano ciego, lo encontraron en su butaca mordido por las ratas, esperando ya inerte a que Langley le llevara la comida diaria. El cadáver de Langley, víctima directa del trastorno que alimentó el afán de almacenar cosas en casa, el mal llamado síndrome de Diógenes, fue hallado después de una prolongada búsqueda sepultado bajo un amasijo de objetos accidentalmente desmoronados sobre su cuerpo. El plato de comida nunca llegó a su destino. “Jacqueline, cuántos días llevo sin comer. Se produjo un estruendo, la casa entera tembló. ¿Dónde está Langley? ¿Dónde está mi hermano?” (p. 203), pregunta un Homer terminal y languideciente en el pasaje final.

Con semejante material, Doctorow retoma en su último libro la reescritura de la historia norteamericana y sus patologías sin atenerse estrictamente a los códigos de la novela de no ficción, la faction (facts & fiction) que cultivaron, entre otros, el Capote de A sangre fría en los Estados Unidos y autores de la talla de Walsh (¿Quién mató a Rosendo?) en otras geografías literarias. Homer y Langley es más bien un ejercicio de hermenéutica mitográfica deudor de los protocolos de la “nueva novela histórica” encuadrada, à tort ou à raison, en el posmodernismo. Al margen de taxonomías, la novela es una interpretación liberada del imperativo de sujeción a los hechos, el espacio y el tiempo reales en la que la acreditada maestría del autor de Ragtime y El libro de Daniel salva al texto de tres potenciales naufragios: la mera exposición de un retablo de extravagancias; el encarnizamiento en los detalles más sórdidos del progresivo aislamiento de los Collyer; y la romantización inocua de dos desertores de buena familia con estudios superiores que declaran simbólicamente la guerra al mundo. Uno queda bien enterado, no obstante, de la condición excéntrica de los hermanos y no puede eludir un sentimiento de secreta empatía hacia estos dos artistas de la fuga y la acumulación.

Una de las claves para que la reinvención novelada del mito pop de los Collyer salga indemne de los riesgos mentados es la cesión de la voz narrativa al musical, cálido, desvalido y sensitivo Homer, convertido por Doctorow en el hermano menor –en la vida real era el mayor–, que toma literalmente de la mano al lector para guiarlo a través de sus cada vez más mermados sentidos por la novela, extenso texto escrito por Homer en una máquina de Braille a su musa, Jacqueline Roux –personificación de la mirada del otro europeo–, que fluye sin un solo desfallecimiento narrativo. Aunque es Homer el que relata linealmente el itinerario del “abandono del mundo exterior” (p. 78) en el que las personas son lentamente reemplazadas por las cosas, el peso protagónico recae en el lúgubre, beligerante, lucidísimo y tendencialmente paranoico Langley, motor de la lucha perdida de antemano para “plantar cara al mundo” (p. 127) y auténtico centro de un nutrido dramatis personae que, por mediación de la dislocación temporal con la que Doctorow alarga la vida de los Collyer hasta los 70, incluye figuras mitológicas o mitologizadas del siglo XX y sus respectivas miradas otras: entre ellos, unos mafiosos para quienes la mansión es “un manicomio” (p. 118) y una fratría de hippies que la perciben como un “templo de la disidencia” (p. 145).

Sin duda, el gran Otro de la novela –una golosina para la teoría de la desviación– es la sociedad. Homer y Langley es una obra abierta, legible bajo distintos registros interpretativos: la casa atestada de los Collyer, “nuestro reino inviolado” (p. 90), como epítome hiperbólico de la sociedad adquisitiva; el chiflado proyecto de Langley de crear un periódico platónico de arquetipos intemporales como crítica profética de los media; el propio relato de la relación de los dos hermanos como hermosa parábola sobre la fraternidad… La exégesis inmediata de la novela reenvía, sin embargo, a la desconexión de esos entretejimientos objetivos –la luz, el agua y el gas– que constituyen las ataduras tal vez más superficiales del imaginario contrato social en virtud del cual renunciamos al estado de naturaleza y nos sometemos a unas normas preordenadas a la convivencia pacífica. Doctorow no ha escrito una novela explícitamente política, dicho esto en el sentido de que no incurre en la hagiografía apologética y, digamos, proto-foucaultiana de los Collyer, sujetos sin duda diferentes y anómicos. Ahora bien, parece plausible sostener que en Homer y Langley late, sin ser nunca explicitada, la cuestión esencial de la filosofía política moderna, el denominado problema del orden formulado por Hobbes: ¿cuáles son las condiciones en las que los individuos están dispuestos a aceptar limitaciones en su libertad para vivir como miembros de una sociedad normalizada? Cuestión a la que, se diría, los Collyer replican elípticamente con otra pregunta: ¿qué sentido tiene habitar normalizadamente la sociedad cuando todo nos dice que no tiene ningún sentido y que lo más razonable es sustraerse, huir, tomar la senda de la fuga discrepante, del “aislamiento como camino más sensato para eludir el dolor, la pesadumbre y la humillación” (p. 79)? El lector queda invitado al festival de interpretaciones de una gran novela, magníficamente escrita y muy bien traducida.


E. L. Doctorow, Homer y Langley, trad. I. Ferrer y C. Milla, Barcelona, Miscelánea, 2010
(publ. en La Bolsa de Pipas. Revista Literaria Trimestral, nº 79, oct.-dic., 2010)

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Un poco más: 

“¿Cómo puede hacerse una distinción ontológica entre fuera y dentro? (…) ¿Qué puede decirse en definitiva sobre la circunstancia de tener un techo sobre la cabeza que tenga sentido filosófico? Dentro es fuera y fuera es dentro” (Langley)

En “Casa tomada” Cortázar relata el avatar de Irene y el narrador, dos seres anodinos unidos en un “simple y silencioso matrimonio de hermanos” que son lentamente expulsados de su espacioso piso de Buenos Aires. Gente que nunca se hace visible va ocupando las estancias y arrincona a los hermanos hasta que éstos se ven obligados abandonar su hogar. El mundo real entra en casa y pone en fuga a sus moradores. En Al revés, Joris-Karl Huysmans cuenta la historia de Des Esseintes, un raro que, hastiado del París de finales del XIX, escapa a una mansión de Fontenay-aux-Roses y crea un estrafalario universo paralelo en el que se entrega a la contemplación estética. El fugitivo expulsa al mundo real de su nueva casa, donde construye otro mundo. En Homer y Langley los hermanos Collyer declaran la guerra al mundo y a la sociedad –la imagen que ilustra esta entrada, tomada el día del acceso a la casa y el rescate del cadáver de Homer, constituye la mejor metáfora del asedio al que se vieron sometidos los Collyer en los últimos años de su existencia–,  pero la fuga y el abandono del mundo de Homer y Langley se resuelven en la reconstrucción del mundo real dentro de su propia casa. Dentro es fuera y fuera es dentro.   

3 comentarios:

  1. Hola Clemente, celebro que le guste, en realidad soy un pésimo poeta, como es público y notorio. Yo sigo atentamente tus entradas, son siempre jugosas. Saludos.

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  2. Me gusta la reseña, pero...me ahogo, no puedo respirar con tu sintaxis de maltratador del lector.
    ¿Gran novela? ¿Es para tanto? Yo también quiero ser rico y excéntrico, pero me tengo que conformar con lo segundo
    un abrazo

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  3. Al-Juarismi: lo bueno es la atmósfera del poema (aparte de algunos versos que me parecieron logrados: "Yo, mitad poeta, mitad perro, lamo estrellas vagabundas/ No me interesan las coordenadas de las constelaciones (...) "un desplome de plumas.../ con lágrimas de plomo").
    Saludos.

    *

    S. (o Nico): parece mentira que introduzcas la variable de clase de una manera tan sumaria y trivial. ¿Es que no recuerdas "La distinción" del abuelito Pierre? Seguro que sí. Y sí, es una novela muy buena (a lo mejor es exagerado decir que es una "gran" novela,... es un poco largo de explicar). Lo de la sintaxis: eres un exagerado. O no.
    abrazo

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