En su artículo Adiós a la erudición (El País, 4 de junio de 2011), Ignacio Sánchez-Cuenca vierte algunos justificados sarcasmos sobre las ritualizadas competiciones de sabiduría que entablan los especimenes de homo academicus de más alto rango jerárquico cuando coinciden en una oposición, un tribunal de tesis o unas jornadas universitarias. A mí siempre me han desesperado mucho esas luchas agonísticas entre eruditos, esas incruentas batallas rebosantes de violencia sublimada que, parafraseando a Kundera, bien podrían ser calificadas como deprimentes combates de “judo cognoscitivo”, de modo que no puedo por menos que aplaudir las ironías de Sánchez-Cuenca. El articulista arranca incluso una carcajada al lector cuando habla de esos catedráticos coñazo que saben más de Habermas que el propio Habermas –autor, por cierto, coñazo donde los haya–, pero todo se tuerce cuando Sánchez-Cuenca tematiza en estos términos la obsolescencia de la figura del erudito:
“Impávido ante su decadencia, el erudito sabe más acerca de Internet y de Google que cualquiera de sus usuarios ordinarios. Pero de nada le sirve ya, pues estamos asistiendo a una democratización integral del conocimiento que hace irrelevante su figura. Esta revolución del conocimiento tendrá como consecuencia que ya no se valoren los trabajos por la información que reúnen, sino por su originalidad y creatividad”. (Cursivas mías).
Llama la atención que alguien con un sólido bagaje intelectual y una prolongada experiencia como docente universitario incurra en la clamorosa confusión que se ha convertido ya en un equívoco epocal, un malentendido que quizás nuestros nietos contemplarán retrospectivamente con una mirada irónica equiparable a la que el festivo Sánchez-Cuenca lanza en su texto al erudito en vías de extinción. La confusión no es otra que la sinonimia, dada por descontada por el articulista, entre la generalización –bastante incompleta, dicho sea de paso– del acceso a la información a través de Internet y la “democratización integral del conocimiento”. Sánchez-Cuenca designa esta “democratización integral” con un sustantivo del que, visto lo acontecido a lo largo de las últimas semanas, sería conveniente no abusar: “revolución”. Para sustentar su tesis, Sánchez-Cuenca no encuentra otra apoyatura que ésta:
“Basta asomarse a Google, teclear cualquier expresión, por remota e inverosímil que resulte, y al instante tenemos decenas, cuando no miles de páginas en las que podemos encontrar la información que buscamos. El instrumento más asombroso es la Wikipedia. Ahí parece estar todo”. (Cursiva mía)
Al margen de que el “ahí parece estar todo” de Sánchez-Cuenca no es sino la enunciación actualizada del proverbialmente hegeliano “los tiempos avanzan que es una barbaridad” que puede escucharse todavía en boca del jubilado con caliqueño incrustado en la dentadura postiza de toda la vida de Dios, me interesa señalar que colegir que estamos viviendo una revolución y una democratización integral del conocimiento a partir del mero dato factual de que es posible acceder a un anárquico cúmulo de información sobre cualquier cosa imaginable pinchando la tecla de una máquina es una mala inferencia o, para decirlo claramente, una paralogía intencional, es decir, una falacia. Un momento, un momento…acabo de recordar el mandato de Stendhal (“acuérdate de desconfiar”). Dado que desconfío bastante de mí mismo, vuelvo sobre mis pasos y corrijo lo que he escrito hace un momento: me temo que, acaso obnubilado por su entusiasmo, o tal vez cegado por su afán de agradar a l@s ministr@s que fomentan el neo-analfabetismo competitivo al ritmo marcado por el tecno-capitalismo académico a la boloñesa, Sánchez-Cuenca no fue realmente consciente de su confusión, de modo que su paralogía no es intencional. No se trata, por lo tanto, de una falacia, sino de un sofisma, es decir, de una paralogía no intencional.
El discurso de Sánchez-Cuenca cuadra en la música, si no en la letra, con aquellas místico-festivas apologías finiseculares de la revolución digital (ay, Castells), aquellas proclamas proto-utópicas, aquellas promesses de bonheur tecno-optimistas que, a pesar de haber sido sistemáticamente desmentidas por los hechos, no han dejado de flotar en el aire como el polen suspendido de las flores en primavera, pero lo que importa señalar es que la inferencia de segundo grado de su silogismo encadenado es aparatosamente incoherente con la premisa sofística sobre la que pretende apoyarse. No podría ser de otro modo, tratándose de una premisa sofística. Recapitulemos. Si i) Toda la información está en Internet; y ii) Ello implica una revolución y una democratización integral del conocimiento (sofisma), el corolario o la segunda inferencia de Sánchez-Cuenca es que:
“Esta revolución del conocimiento tendrá como consecuencia que ya no se valoren los trabajos por la información que reúnen, sino por su originalidad y creatividad” (Cursiva mía)
O, como dice Sánchez-Cuenca en otro pasaje de su artículo, que:
“(…) el prestigio del intelectual o del investigador no dependerá de su memoria particular, sino de su capacidad para decir algo interesante”. (Cursivas mías)
Naturalmente, cualquier persona es capaz de decir algo interesante en algún momento de su vida. Incluso Leire Pajín o Francisco Camps pueden hacerlo, dado que los caminos del azar son insondables. Vale, por otra parte, recordar lo que dijo Cioran: las cosas más sabias que escuchó las dijeron gentes que no habían leído un libro en toda su vida. Ahora bien, si de lo que está hablando Sánchez-Cuenca es de la investigación, sea cual fuere la disciplina considerada, no alcanzo a ver dónde está el nexo causal entre el hecho de decir algo interesante en un trabajo de investigación y la aparición y el uso de la Wikipedia o de Google. Su corolario sólo resulta plausible si asumimos, como Sánchez-Cuenca parece asumir en su primera inferencia, que el solo hecho de que el primero que pasa por ahí tenga acceso a “miles de páginas en las que podemos encontrar la información que buscamos” lo convierte ipso facto en un conocedor de la materia sobre la que versa tal información, y si estamos convencidos, como parece estarlo Sánchez-Cuenca, de que, dado que el conocimiento ya está plenamente democratizado gracias a la Wikipedia, y comoquiera que el conocimiento ya ha sido venturosa y equitativamente repartido por Google entre la ciudadanía como el polen flotante de la revolucionaria primavera digital que imagina nuestro articulista en su alucinación de sábado por la mañana frente al café con leche y las tostadas bien untadas de mantequilla y mermelada de melocotón mientras lee Wired bajo los primeros rayos del tímido sol de la sierra, lo único dable es aguardar a ver cuál de los siete mil millones de connaisseurs que pueblan el planeta tierra es el que derrama el conocimiento de una forma más interesante para adquirir prestigio.
No me quejo sólo por la obviedad de que Einstein no necesitó ninguna clase de “memoria particular” de erudito, pero tampoco Google o la Wikipedia, para formular las sin duda alguna interesantes teorías de la relatividad general y especial, como tampoco necesitó tales cosas Gödel para pensar el también muy interesante teorema de la incompletud. No es esta trivialidad lo irritante. Lo que irrita es que un investigador que ha acreditado sobradamente su solvencia, una persona a la que no es necesario recordarle en qué consiste una investigación rigurosa, concienzuda y, sobre todo, honesta hable en estos términos. Además de ciertos conocimientos imprescindibles de metodología de la investigación, el rigor, la paciencia, la conciencia de las dificultades y la honestidad son los prerrequisitos para poder llegar a decir algo mínimamente interesante en el ámbito de la investigación, es decir, del conocimiento. Llegar a conocer una materia con cierta profundidad exige un esfuerzo enorme, como bien sabe Sánchez-Cuenca. Me parece, por ello, que sus sólidas y tecno-celebratorias certidumbres pueden y deben ser reescritas de una manera bastante más realista o menos tecno-optimista si de verdad nos interesa la investigación, pues tengo para mí que una de las implicaciones más relevantes de la sobreproducción de información en Internet es la opacidad y el incremento de las dificultades para conocer bien aquello que se quiere conocer, lo que exige, ay, mucho mayor rigor y responsabilidad para manejar la información siguiendo los pasos que Sánchez-Cuenca conoce muy bien.
Hay algo que desazona todavía más, y es la idea implícita, o como mínimo sugerida en el artículo, según la cual el fin de la investigación académica es ganar prestigio individual o, para decirlo con la nomenclatura de Bourdieu, capital simbólico. Lo que desazona es esa triste idea neo-egotista de acuerdo con la cual el hecho de poder investigar la realidad es un trampolín para hacer carrera individual diciendo cosas interesantes o siendo original y marcando la diferencia a cualquier precio, y no lo que realmente es: un privilegio, un regalo que hay que tratar de devolver a la sociedad de un modo u otro. La investigación académica, creo, no es una lanzadera para que te inviten a cócteles o besamanos. Es, me parece, un servicio público, financiado en su mayor parte por toda la ciudadanía, cuyo objetivo debe ser, ante todo, conocer bien las cosas para tratar de mejorar –o al menos no empeorar– la vida de los demás en la medida de lo posible. Ese campo de lo posible es, ciertamente, muy pequeño. Sin embargo, siempre que se tenga claro lo que es hacer un trabajo de investigación, puede ser algo.
Coda: Uno ya escucha el rumor, el coro de fondo, la diatriba cabreada del tecnófilo progre, la admonición vitriólica del moderno integrado:
“inadaptadooooo, antiguooooo, no estás instalado en el ciber-presenteeeeee, no estás en el pulso de los tiempooooos, has perdido el tren de la historiaaaaa, anti-modernooooo, elitistaaaaaaa, meritócrataaaa, reaccionarioooo, ¡¡¡conservadoooooor!!!”
Tranquilo, tecnófilo progre-integrado, no te alteres. En un próximo post nos detendremos en el retrato de tu contrafigura: el académico conservador tecnófobo-apocalíptico.
Por ahora, escuchemos a Joan Jett.
Que no te importe lo que te llamen, Clément.
ResponderEliminarSaludos
Mary
Fundemos un micro-lobby, Mary.
ResponderEliminarUn saludo para ti.
Jaja, cuando quieras.
ResponderEliminarMary
Imagínate a un lector con el rostro muy pálido que bebe una cerveza para paliar los efectos de las cervezas que tomó ayer y que se ríe con la risa desdichada del peor día de la semana. Ese soy yo ahora. Divertido el textito, en serio. Quiero leer el otro retrato. Un abrazo
ResponderEliminarEh, S., gracias. No abuses, que ya sabes que eres imprescindible para perder la batalla; supongo que me entiendes.
ResponderEliminarabrazo.
Pues a mi el artículo de este señor me gustó mucho porque me legitima para algo que siempre he querido ser: investigador de lo obvio. Ahora, aprovechando esta confusión, me pienso seriamente (todo lo seriamente que pienso yo las cosas) escribir un texto divertido y sencillo, agradable a la vista y de colores pastel, que cubriré de múltiples enlaces a la wikipedia y a cientos, qué digo cientos, miles! de artículos de otros blogs y/o webs especializadas en ____ [añádase aquí lo que se quiere porque además de erudito también será ambiguo] que no necesariamente he de leer (los estudios ajenos) porque ya se ha visto que la importancia no está tanto en el saber como en poder saber.
ResponderEliminarUn abrazo,
Espero ese texto erudito que prometes, Carlos. De todas formas, la diatriba del post –un ejercicio de escritura casi automática realizado para desentumecer los músculos cerebrales, atrofiados...por una investigación–, tiene sentido sólo si se contextualiza adecuadamente.
ResponderEliminarabrazo
Estaba ironizando, Cadou, no tenía (ni tengo) pensado escribir nada de lo que he dicho. En buena hora...
ResponderEliminarEn realidad lo que me gustó fue tu artículo, no el de ese señor.
Abrazos,
P.D.: Ayer empecé la novela de Pron.
Tan entumecida está mi materia gris que no entiendo ni las ironías. El de Pron (imagino que te refieres al último) me emocionó por razones extra-literarias. Desde luego, no tiene la ambición de 'El comienzo de la primavera' (cuya lectura te recomiendo), pero es bueno, es bueno.
ResponderEliminarabz.
Siempre que entro aquí salgo con alguna recomendación. Te voy a dejar por otro, Cadou, esto no puede ser. Me lo anoto igualmente aunque está mas complicado de conseguir. Me has de contar que razones extraliterarias son esas, pero sin prisa. Puedes aprovechar cuando escriba (si escribo) sobre él. Y de paso me cuentas tu impresiones intreliterarias.
ResponderEliminarAbrazo,
Las razones extraliterarias por las que aboga Cadou son, sin duda, que ha visto el video de Pron vestido de Shakira.
ResponderEliminarPero eso no salva el libro.
Aunque quedan en pie la técnica y la voz de Pron, exquisitas.
A todo eso: ¡Viva Magrinyà!
Las razones extra-literarias son de índole política, anónimo. En mi opinión, el último de Pron se salva con creces desde el punto de vista estrictamente literario, pero no es tan bueno como 'El comienzo de la primavera'.
ResponderEliminar¡¡¡¡viva Magrinyà!!!!
¿¿¿Viva Magrinya??? Hay un complot o algo para marcarme el calendario? De él sólo he leído "Intrusos...." y tampoco me pareció nada del otro mundo. Es más, tendría que ir a buscar el argumento en alguna parte para acordarme de él.
ResponderEliminarImaginé que tendría que ver con la política, Cadou. Me refiero a tus razones extraliterarias. Y que sí, no insistas, ya me leeré el comienzo. Al final acabaré siendo experto en literatura Pron.
Abrazo,
Cadou, si no leyó "Cuentos de los noventa" agéncieselo. Los cuatro relatos inéditos son malévolos, discretos, inteligentes, astutos, sibilinos, sintácticamente sutiles.. grande, grande Magrinya.
ResponderEliminarGracias, anónimo; te agradecería que me tutearas si pasas por aquí otra vez. Lo tengo ahí, en la mesilla de noche, ululando, reclamándome, mortificándome con su llamada, pero estoy muy pillado de tiempo. Creo que lo voy a dejar para agosto. Buena idea la de de Caballo de Troya (Bértolo rules).
ResponderEliminarTe tuteo, Cadou, pero con esfuerzo, que sepas que considero tu crítica a "habitación doble" lo mejor que se ha escrito sobre el mejor libro del año.
ResponderEliminarY como humilde amante de la literatura sin relación con el mundo editorial espero que algún día te animes con la crítica de "hilos de sangre" y "Accedo autorizado" mis novelas favoritas del curso.
'Hilos de sangre' es un libro francamente bueno. Merecería un análisis muy detenido. No he leído el de Gopegui. Leí una crítica sanguínea de J. Gracia que me sorprendió; me temo que Gopegui ha traspasado alguna línea roja que ha activado el resorte de..., bueno, el resorte, ya me entiendes. Saludos (y gracias por tus palabras, pero creo que exageras un poco).
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