viernes, 21 de octubre de 2011

La muerte como espejo



“Nuestra salvación es la muerte, pero no ésta”, escribe Kafka en Cuadernos en octavo. la explotacie autonomdo para hacerse acreedor del tue hacen al individuo vulnerable a la explotacie autonom Acaso esa otra muerte salvífica de la que parece hablar Kafka tiene algo que ver con el intenso deseo de fuga que, creo, se apodera de cualquier ser dotado de inteligencia cuando contempla con distancia el triste espectáculo de la así llamada vida humana, lodazal en el que, como sugiere el propio Kafka a lo largo de toda su obra –dejemos a un lado el capítulo octavo de El desaparecido (América)–, la redención es imposible y el delirio inevitable, necesario. Puede que la literatura sea la menos dañina de las variadas formas de muerte salvífica –es decir, de huida– que han inventado los seres humanos para soportar la obligación de existir en un yermo absurdo y para acarrear sobre los hombros la conciencia de su finitud, pensaba ayer por la mañana en el bar. De pronto, los gritos y las risas de un imbécil muy aparatoso que hablaba por su teléfono móvil de un viaje a Florida, creo recordar, rompieron la ilación de mis divagaciones. Desesperante. Antes de este incidente ya me había irritado levemente la contemplación de unas instalaciones artísticas conmovedoramente inocuas emplazadas en la planta baja del edificio departamental con motivo de la celebración de la denominada semana de bienvenida. Intentando olvidarlas, me senté en la terraza del bar, encendí un cigarro y abrí al azar mi ejemplar de Amarillo (Madrid, Plot, 2008). La relectura de un pasaje de este libro desconcertante y conmovedor me recordó que, como escribió Kafka, nuestra salvación es la muerte, pero no ésta, y los gritos del imbécil que hablaba por teléfono de su viaje a Florida me desconcentraron cuando intentaba tomar algunas notas –precisamente las que en este momento debería repasar para escribir algo sobre algunas muertes que no he querido conocer, pero he conocido, a lo largo de este año, entre ellas la de Félix Romeo (1968-2011)– en una hoja que llevaba dentro del libro a modo de separador. No es tarea fácil escribir un libro sobre un amigo que decide quitarse la vida a los 24 años. El escritor Chusé Izuel, íntimo amigo de Romeo, se suicidó arrojándose desde el balcón del piso que ambos compartían en la Barcelona pre-olímpica; Romeo se demoró dieciséis años en pergeñar un texto que fácilmente podía haber naufragado en las aguas pantanosas del drama lacrimógeno, pero Amarillo es una bella y contenida elegía inquisitiva que me recuerda que a veces ni siquiera la fuga a través de la literatura, la muerte salvífica, nos libra de la muerte. Imposible decir en cuál de los cuatro tipos de suicidio que diferenció Durkheim –egoísta, altruista, anómico, fatalista– se encuadra el suicidio de Izuel, personalidad atormentada cuya historia me llamó la atención por lo excéntrica que a día de hoy parece la razón de su dimisión de la vida: el desamor. La literatura debe hablar de cómo es la vida y no de cómo debe ser el mundo; sobre esto, y sobre muchas otras cosas, habla el recientemente fallecido Félix Romeo en Amarillo, un libro que exuda verdad y literatura y que soporta una relectura.  




Tal vez Carles Canals (1965-2011) se habría reído a carcajadas si hubiera tenido noticia de una reciente polémica literaria de bajo vuelo que ha confirmado por enésima vez el visionario vaticinio de Flaubert : “Llegará un tiempo en que todo el mundo se habrá convertido en un hombre de negocios”. Todo el mundo parece  haberse convertido en un hombre de negocios en la vida en general y en el mundo de las letras en particular; incluso aparecen hombres de negocios literarios sin sentido del ridículo que son capaces de vender humo, nada, vaho. Delirante. De pequeños fuimos al mismo colegio, pero Canals era mayor que yo y la estratificación feudal entre cursos que se establece en la infancia impidió que nos conociéramos. Dotado de un gran talento para la escritura, que plasmó en su trabajo como periodista, Canals únicamente publicó en vida un muy buen relato largo, Visiones de los encantados. Supe de su muerte en abril por esta breve nota aparecida en la revista que acogió su único texto literario: “Nos ha dejado Carles Canals a los 45 años. Un caso extraordinario de escritor alérgico a la visibilidad y a la vanidad, a quien le trajo sin cuidado publicar”.  Bartleby de lujo, Canals prefirió no hacerlo, aunque unos meses antes de morir, cuando ya era plenamente consciente de la gravedad de la penosa enfermedad que acabaría con él, abrió Con los pies por delante, un blog recomendable (el enlace, aquí) cuya filosofía está sintetizada en el título de una de las entradas que escribió entre diciembre de 2010 y marzo de 2011: “No voy a dejar que la muerte me amargue la vida”. No hay rastro de autocompasión en los escritos del blog de Canals, y menos aún de exhibicionismo. Como si hubiera decidido rebelarse contra la concepción actual de la muerte –una concepción que, según los finos análisis histórico-evolutivos de Philippe Ariès, es producto de un largo itinerario al cabo del cual la desaparición de la vida se ha convertido en un asunto opaco, en un hecho escandaloso que debe ser escondido entre tubos, batas blancas, goteros, monitores y parabanes–, Canals compartió con los lectores su despedida del mundo de los vivos y los desencantados destilando inteligencia, serenidad e ironismo estoico. Seguí su blog disciplinadamente porque me gusta mucho su escritura limpia, periodística, en la que no faltan reflexiones literarias y algún que otro certero disparo filosófico, y todavía me estremece un hecho que no sé cómo interpretar: no hay un solo comentario de los lectores en los veintidós posts que escribió. 








Estoy olvidando poco a poco la fisonomía de la ciudad en la que vivo; de vez en cuando visito lugares que no he pisado hace años y me llevo alguna sorpresa, por lo general muy desagradable. Tampoco estoy al corriente de las vidas de la mayoría de las personas que he conocido en el pasado, y esa ignorancia casi autista, bastante Collyer, dicho sea de paso, me depara a veces sorpresas tristes. El otro día vino James y comimos en la playa; entre las sesudas divagaciones de James en torno a la catástrofe financiera, Carlos me comentó que a principios de septiembre murió Pere Andrés (1965-2011), frontman de Jah Macetas, grupo pionero del reggae español formado a finales de los años ochenta. Dejo aquí una de las canciones del primer LP de Jah Macetas para recordar a Pere Andrés, un buen cantante que me hizo bailar hace muchos años y cuya desaparición me ha apesadumbrado.
Nuestra salvación es la muerte, pero no ésta.       

4 comentarios:

  1. "Me voy vaciando, y de alguna manera cada paso que doy hacia ese blanco definitivo me parece más sencillo y cómodo que el anterior. Ojalá pudiera compartir esa sencillez, la única que se me resiste en este relato". Es un extracto del blog de Carles Canals. Hermosa elegía has hecho de esta entrada, Cadou. Los pelos erizados y el ánimo umbroso.

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  2. Gracias, Anónima. Soy muy fan del blog de Canals; es una lástima que rehusara publicar en vida. Saludos.

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  3. Gracias, Clément. He estado leyendo el blog de Canals, a quien no conocía. Me ha traído duros recuerdos. Duros pero no feos recuerdos. Nunca es fea la dignidad. La transparencia, en cambio, no es bonita o fea, sino transparente.
    Me ha gustado mucho esa cualidad transparente de su crónica y en su escritura. Agradezco que el blog de Canals permanezca.

    Un abrazo.

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  4. Un artesano de la escritura.
    Un abrazo para ti.

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