José María Millares Sall (Las Palmas de Gran Canaria, 1921-2009) comenzó su
andadura poética en el contexto del encolerizado ensañamiento con
los vencidos que siguió a la guerra civil. En este paisaje de miseria,
ignominia, humillación de la inteligencia y tedio infinito –finales de los
‘40– Millares funda junto a su hermano Planas de poesía, modesta colección de circulación
restringida que sería prohibida en 1951 con el consiguiente procesamiento del
autor-editor y demás responsables. El primer título de Planas de poesía fue Liverpool
(1949), una propuesta completamente alejada de lo que cabía esperar en
aquella coyuntura de un poeta todavía joven que había experimentado en carne
propia la furia desatada en la postguerra y que, justamente por esa
circunstancia, parecía abocado a adscribirse a la poética que cultivaron, entre
otros, Blas de Otero, Celaya y De Nora. La editorial Calambur tuvo la feliz idea de reeditar
el poemario en 2008. Como escribe
Jorge Rodríguez Padrón en el epílogo de la edición (“Para volver a Liverpool con José María”), el poemario
no llegó a ser entendido por nadie. Rodríguez Padrón agrega que, a pesar de ello, “Liverpool es –aún hoy– un libro excepcional. Por más que haya
pasado inadvertido, para mí resulta de primerísima necesidad en el discurrir de
la poesía española de estos setenta años: que entonces –y luego, en los
sucesivos recuentos históricos– no se haya sabido dónde situarlo, que hoy tenga
la misma vigencia y valor (vigencia y valor poético, digo, por encima de toda
coyuntura o circunstancia) creo que corrobora mi afirmación en este sentido.
Estos seis largos poemas piden una lectura diferente, ésa que ha sido –siempre–
una carencia mayor en la crítica española: al parecer, no entra en sus planes
zafarse de las andaderas que un canon, mera corrección política de cada
momento, ha impuesto”
Liverpool es un libro extraordinario cuya lectura (y constante relectura)
me transporta a estas palabras de Hannah Arendt: “La poesía, cuyo material es el lenguaje, quizás es la más humana y
menos mundana de las artes, en la que el producto final queda muy próximo al
pensamiento que lo inspiró. El carácter duradero de un poema se produce
mediante la condensación, como si el lenguaje hablado en su máxima densidad y
concentración fuera poético en sí mismo. En este caso (…) el recuerdo se
transforma directamente en memoria, y el medio del poeta para lograr la
transformación es el ritmo, mediante el que el poema se fija en el recuerdo por
sí mismo. Esta contigüidad al recuerdo vivo capacita al poeta para permanecer,
para retener su carácter duradero, al margen de la página impresa o escrita, y
aunque la “calidad” de un poema puede estar sujeta a una variedad de modelos,
su “memoriabilidad” determinará de manera inevitable su carácter duradero, es
decir, su posibilidad de quedar permanentemente en el recuerdo de la humanidad”
(H. Arendt, La condición
humana [1958], trad. de R. Gil Novales, introd. M. Cruz, Barcelona, Paidós,
(3ª reimpr.) 1998, p. 187.)
Liverpool (José María Millares Sall)
Sobre vuestros curtidos
rostros de paloma endurecida,
sobre vuestras sonrisas
de sal y vino agrio, ya sobre los
duros cristales de la
niebla,
está mi alma están mis
ojos, amigos,
y sobre el último dolor
de la tierra,
y sobre el último dolor
de mis manos, tanteando el duro
cemento de una puerta vacía,
y sobre la última agonía
de las aguas está flotando mi
corazón, señores, mi corazón.
Por favor, abridme paso,
dejadme cruzar este túnel
de plomo, que quiero ser
el primero en llegar con mi sangre
a los muelles de
Liverpool.
Amigos, vosotros que os
perfiláis como aletas de pescado
sobre las últimas
esquinas de los buques;
vosotros que de cada
rincón saltáis de una bodega a otra
como sapos de azufre
ardiendo, como tristes pezuñas de
lagarto,
para husmear el rojo
carbón de las calderas,
para darle vida al
hierro como al alba le dais su fruto,
para darle aliento al
agua que se aleja para siempre de
la tierra,
del polvo que tanto
amáis tras unos ojos,
decidme que puedo soñar
en vuestros rostros de ceniza
y en vuestras sucias
calles de alquitrán, y en vuestros
hogares de nata corrompida,
y echar la raíz de mi
sangre como un ancla sobre vuestras
jurisdicciones
marítimas,
porque además de ser un
hombre como vosotros, soy un
poeta,
y un poeta es un corazón
más sobre la niebla del mundo.
Por favor, abridme paso,
que quiero ser el primero en
saludar con mi sangre
vuestras sonrisas de azufre,
vuestras mujeres de
estopa. Por favor, abridme paso.
Oh, Liverpool,
Liverpool.
Amigos, sobre este
puerto extranjero están ya mis pies
que se hunden conmovidos
sobre las duras baldosas,
como tiernos tallos contra el fango.
Podéis comprobar que aún
mi boca está en mi cara,
y que mi lengua no es
una bala de algodón sobre el muelle,
y que mi vientre no está
hinchado por el vino,
y que mis manos no han
rastreado aún los senos de
vuestras mujeres,
y que aún no han besado
sus cuerpos sudorosos mis labios
de martillo.
Oh Liverpool, Liverpool.
Mi cuerpo es negro,
amigos, bajo vuestros dormidos ojos
de cielo alcoholizado,
bajo la tibia luz de los
faroles que aspiran a ser estrellas
de otros lejanos ojos
que se hunden dulcemente en las
aguas.
Oh, Liverpool,
Liverpool.
Y no es más que un
triste cargamento de pescado que se
pudre,
y yo en sus piedras, un
poeta que se cansa de sus mujeres
y de sus calles.
Oh, Liverpool,
Liverpool.
Oliendo a sudor y a
manos que se aburren en un vaso
turbio de ginebra.
Sobre fardos de algodón
y de lino y de murciélagos,
o bajo la húmeda lona
que cubre las mercancías,
duermen cuerpos humanos,
brazos y piernas y cabezas de
plomo,
bajo la luz y bajo la
niebla y bajo las sirenas que penetran
hasta sus oídos de lumbre enferma.
Eh, tú, que viene el
alba como un tren descarrilado desde
las últimas colinas del mundo.
Ya las cubiertas se
apagan, y a lo lejos sólo brillan las
estrellas
y del otro lado las
tristes luces de vuestras calles,
y aquella boca fría de
acento inglés,
y aquellos cabellos
amarillos de lengua extraña.
Oh, yes, yes, miss Fly, I need you.
Sí, pero hemos de
separarnos como la niebla que
abandona los altos puentes del mundo.
Un trasatlántico saludo,
boy.
Oh, Liverpool,
Liverpool.
Las mismas aguas untadas
de aceite y las mismas carnes
de acero sobre ellas flotando,
y las mismas gorras
sobre idénticos cráneos de agua y sal,
y los mismos brazos con
sus anclas de tinta y sus sirenas
desnudas,
y un triste corazón en
una esquina del brazo, oculto
como un perro frío,
y los mismos gestos, y
las mismas fatigas, y los mismos
saludos,
y los mismos ojos que
lloran la ausencia de otras carnes.
Ah, pero sólo soy un
poeta sobre estas calles,
sobre esta simetría
exacta, donde cada zaguán es un
vómito de vino,
donde cada cabeza es una
bola de acero hundida
sobre los hombros,
donde cada esquina es
como un filo de navaja, donde
cada portal es un grupo
de sangre,
un vaso de sangre a la
intemperie,
donde en cada ventana
una joven inglesa se desnuda
fríamente,
donde una sombra de vino
se pasea por los muelles
ofreciendo una bandeja de labios cortados,
ya enlazados en un nudo
de sangre y de armonía,
donde yo, entonces,
cubro mi rostro en otro rostro
para buscar el mío.
Ah, pero el aire es frío
y penetra por mis carnes duramente
y ya el alba en mis ojos
duramente se agrupa, y
entonces me incorporo
y alargo hasta la bruma
mi lengua española
y cuelgo mi esqueleto
sobre un árbol para siempre de
mi carne.
Oh, Liverpool,
Liverpool.
Good bye, miss Fly, mis extraños amigos, good
bye.
Oh, Liverpool,
Liverpool.
Hola Cadou,
ResponderEliminarNo sé si he entendido bien del todo, y es que no conocía a Arendt previamente, pero desde esta ignorancia reconocida me atrevo sugerir lo que parece propone en su test de memoriabilidad la señorita: aproximar el poema a la canción, al rito del folclore, mediante la cadencia musical y el lenguaje hablado, aproximación que si bien le permite al poema trascender en la memoria sugiere un modelo o variedad de modelos muy pobre, a lo que también cabría añadir que en una sociedad como la nuestra, sociedad de la inmediatez, de la copia, del flash, de lo sustituible, de lo efímero, la memoria no parece un valor que sostener artísticamente.
Te dejo dos poemas nada memoriables pero que me gustan especialmente:
Casa abierta
se incorpora en la cama oye el motor del cortacésped el golpe
de una lata de gasolina contra otra mi madre está fregando el
suelo piensa ¿qué día es hoy? piensa y vuelve a dormirse
anoche escuchó ecos suaves y entre c o rtados en el dormitorio de
sus padres mientras iba al baño menos suaves a la vuelta las
sábanas aún estaban calientes al instante quedó dormido
llovía el sonido del agua en la tormenta cuando llueve mucho el
agua cae en riada por la carretera soñó que nadaba en la riada
el agua saltaba a borbotones debajo todo estaba en calma
el niño escucha voces en el piso inferior alguna visita la cena
está preparada sentado en el borde de la bañera trata de
reconocer las voces ahora me llamarán pero no bajaré hasta
que se hayan ido no le llaman ahora subirán y verán que el
baño está ocupado y saldré y bajaré a cenar no suben sentado
en la bañera pasan los minutos la cena se enfría se hace tarde
las llaves están al otro lado de la puerta y no hay nadie en la
casa no se oye ningún ruido el niño coloca una silla sobre la
mesa de mármol del jardín se sube a la mesa luego a la silla se
agarra a los barrotes de la terraza eleva el cuerpo con los brazos
lo pasa sobre la baranda busca bajo una maceta la llave abre la
puerta de la terraza vuelve a colocar la llave bajo la maceta
Javier Fernández
Bueno, el segundo no me deja porque es un poco largo te dejo otro, qué más da.
ResponderEliminarSAN PETERSBURGO
Viajé a San Petersburgo para hacerle el amor al cadáver
lampiño de la niña Edith Södergrand. Quería poseerla
siendo impúber, antes de que creciera o se hiciera una bestia enferma
que escribía sangre de tos y fiebre
al vapor tembloroso de las fuentes, en Peterhoff.
Pero sólo encontré las cúpulas de oro y unas calles y abrigos
que menciona en sus versos y una niebla de fango
como una gelatina dormida en los canales, sobre el agua del Neva.
Tuve que conformarme con prostíbulos rancios
y con la proyección de una peli, en francés. Más tarde, al regresar
del cine -en el hotel- me leí una revista de mujeres desnudas.
Hasta que terminé dormido en el sofá,
después de masturbarme sobre un ramo de orquídeas.
DOLAN MOR
Hola, Gilles,
ResponderEliminarArendt habla allí de la obra de arte como producto del pensamiento no necesariamente racional, como objeto que carece estrictamente de utilidad, en contraposición a los objetos que produce el animal laborans. Es verdad que el pasaje tiene resonancias heideggerianas (Arendt y Heidegger fueron amantes antes de que ella, judía, se exiliara, así que ya ves que el 'ser de lejanías' también tenía sus instintos), pero no creo que apele al rito del folclore, como dices, ni que sustente la idea de la perdurabilidad en la jerga de la autenticidad heideggeriana (bastante folk, por cierto). Tampoco creo que proponga un modelo poético o estético, sino más bien una pregunta indirecta acerca de la durabilidad (o, si me permites la pedantería, del misterio de la durabilidad de lo que carece estrictamente de utilidad).
Tienes razón: vivimos en el imperio de lo efímero, como diría Lipovetsky. No me parece, sin embargo, que se pueda dar el paso del ser al deber ser y armar una prescriptiva estética a partir de ciertas características contingentes de una sociedad históricamente dada. Por otra parte, muchas obras enmarcadas explícitamente en el espíritu de su tiempo perduran (quizás contra sus propias intenciones) y otras no. ¿Por qué?
Me gusta mucho el segundo poema; el estilo de Dolan Mor me es familiar. ¿Me engañas?
abrazo, poeta.
Gracias por la aclaración y por la comparación con el Sr. Mor si cabe aún más.
ResponderEliminarTe dejo el link en el que aparece en A media voz, yo desde luego no soy tan ilustre.
http://amediavoz.com/mor.htm
Abrazo
Qué grande, qué grande es Liverpool.
ResponderEliminarJe, je, je. Es enorme.
ResponderEliminar