Siempre atento a las controversias del espacio submediático, Pink Panter me envía este texto de Eduardo Subirats. Mi despiste existencial congénito es, seguramente, la causa de que en su día no leyera el artículo. Había pensado seleccionar algunos fragmentos, pero me parece que el texto merece ser reproducido en su totalidad. Desconozco la revista en la que fue publicado, así que pido disculpas a los responsables. Pasen, lean y disfruten:
"El Juicio Bufo: De la demolición posthumanista
del canon literario luso-hispano, seguido de otras calamidades"
por Eduardo Subirats
"Much literary criticism comes from people for whom extreme
specialization is a cover for either grave cerebral inadequacy or terminal
laziness, the latter being a much cherished aspect of academic freedom."
John Kennetch Galbraith
– ¡Nos has insultado! You are a bully! You threatened us with your
slanderous remarks! ¡Haces críticas ad hominem! What you say is nonsense!
¡Violento! You should by no means have sent this letter to the students!...
Durante unos segundos me deje bambolear por sus miradas excitadas y la
pasión que encendía sus palabras. Me admiraba de la vehemencia de sus airados
gestos,
– ¡Tu carta es humillante! You have damaged the department! Has
dividido el departamento! Despicable! ¡Agresivo! You attacked us personally!...
La efusión y el calor de sus comentarios indicaban sin lugar a dudas
una ocasión especial. El pequeño concilio, por llamarlo de algún modo, había
sido convocado formalmente como un maratón intelectual en el que iban a
debatirse la estrategia departamental, sus objetivos logísticos y sus planes de
batalla. El chair había abierto la sesión de pie, algo inusual en esta clase de
performances. Hablaba con el tono de voz sentencioso y engolado de quien
preside un tribunal eclesiástico contra los crímenes de un relapso. La emoción
contenida de sus palabras anunciaba algo tenebroso. Tras un par de frases
protocolarias, dulzonas y vacías, sobre los fines e instrumentos
departamentales, apuntó la causa y el cuerpo del delito, acentuándolo con una
entonación más severa. Explicó a la audiencia que mi informe académico había
sido ofensivo y que yo había puesto en duda la inocencia de todos los
profesores allí presentes. Realzó el malestar que mi actitud de distanciamiento
intelectual con respecto al cuerpo departamental había generado y, como
corolario final, señaló con su dedo índice el carácter gratuito, amén de
violento, de mis tesis, cuyas categorías ni siquiera consideró dignas de ser
mencionadas.
Terminada su declamación se abrió el turno a las denuncias y
recriminaciones de la audiencia. Rapto emocional, tensión nerviosa, arrebato o
frenesí son palabras que describen en una cierta medida el clima dominante en
aquella sombría farsa, lo que contrastaba con el tono vital más bien lánguido
que suele coronar el tedio rutinario de esta clase de reuniones académicas.
Supuse que habían aguardado durante varias horas, a lo largo de las reuniones
funcionariales precedentes, para asaltarme ahora por sorpresa con todos sus
arrestos.
– Why did you send this letter? This is offensive! ¡Las citas de los
estudiantes son falsas! – comenzó a cañonear un coro de voces. La escabrosidad
de las aseveraciones, que contrapunteaban las recriminaciones empalagosas del
preámbulo, logró alterar mis nervios y durante unos minutos llegue a presentir
un verdadero peligro. Traté de balbucear algunas respuestas automáticas con voz
entrecortada. En vano. Lejos de protegerme de las acusaciones, mis
argumentaciones bravearon más a mis fiscales. Era ostensible, por otra parte,
el carácter desordenado y hasta contradictorio de los cargos que se lanzaban
atropelladamente contra mí persona, y eso me hizo comprender que aquel juicio
era una improvisación de escasa definición conceptual, excepto en lo que
respectaba a un par de líneas de ataque probablemente cuchicheadas en los
pasillos unas horas antes de celebrarse.
El frente principal del primer asalto salió a relucir de inmediato. En
mi declaración había citado algunas observaciones de los estudiantes de
doctorado. Eran comentarios brillantes, con cuyo espíritu de sofisticada
rebeldía estaba plenamente identificado. “Pretender que un par de sesiones
sobre Lacan significa hacer teoría es irresponsable” – se decía en una de estas
declaraciones. “Es necesario el cuestionamiento de las definiciones existentes
y el planteamiento de nuevas formas por parte de los estudiantes, y no caer en
el recetario sobre como escribir un proposal exitoso para tesis doctoral. Es
decir, tiene que haber una discusión abierta sobre las limitaciones en las
formas existentes y las posibilidades de redefinición de un genero tan
desdichado como la tesis” – señalaba otro de los testimonios. “El workshop para
tesis doctorales es un ejercicio de uncreative writing destinado a mutilar la
imaginación, someter a los estudiantes a modelos controlables de uniformidad
intelectual y atemorizarlos bajo el ultimátum de la profesionalidad”, había
expresado un tercer estudiante desde un precavido anonimato.
Estas citas son expresiones de generalizado malestar frente a una
academia que en nombre de una profesionalidad implícitamente definida como
adecuación del conocimiento a las demandas de un mercado predominantemente
lingüístico, cierra las puertas a la reflexión literaria y filosófica en un
sentido riguroso, y destierra las dimensiones intelectuales y espirituales
inherentes a todo estudio humanístico en nombre de su valor de compra-venta.
Son también manifestaciones de su angustia frente a unos estudios literarios
que en el ámbito del español y el portugués se ven cada día más apremiados por
una concepción instrumental de la lengua que, en última instancia, degrada la
literatura y el arte a la categoría de pretexto, y la reflexión al significado
de una amenaza para los campos vigilados del conocimiento departamentalmente
sancionado.
– You quote your students without their permission! – espetó el
star-professor de turno, blandiendo en el aire con un gesto implícito las
peligrosas consecuencias legales que podrían caerme encima. Encendido por mi
indiferencia ante semejante desafío, el siguiente académico encajó la acusación
contraria: – ¡Has divulgado tu carta a todos los estudiantes! ¡Esto es
ignominioso! –. Unos segundos más tarde, y sin dejar que me repusiera a mi
perplejidad, otro fiscal me incriminaba, con humor todavía más brumoso, que
divulgar mi carta a los estudiantes que citaba era innecesario, y que hubiera
sido de todo punto suficiente mostrarles la cita meramente deconstruida.
Fue en aquel instante cuando percibí que el cuerpo departamental había
cerrado un círculo físico a mí en torno, dejándome prácticamente en su centro
geométrico. Como si fuera un reo. Eso acrecentó todavía más mi temor. Nunca he
podido librarme de esas pesadillas espantosas de juicios inquisitoriales que
pintaba Goya. Y nunca he podido dejar de identificarme con esos convictos a los
que el cuerpo eclesiástico arrancaba la lengua porque tenían algo que decir.
También fue en este momento cuando caí en la cuenta que la siempre reiterada
letanía de una privacidad protegida bajo la que esa academia legitima su tenaz
secretismo administrativo es en realidad una ley del silencio. En este
iluminador instante comprendí, en fin, que la única preocupación de mis
improvisados fiscales era que yo rompiera el círculo mágico de mutismo
institucional que habían levantado cuidadosamente a mi entorno a lo largo de
los últimos años.
Con todo, es preciso reconocer que la verdadera
cuestión de fondo bajo toda aquella palabrería recriminadora era otro cantar.
El problema real, que los espacios académicamente controlados no permiten
plantear, es la condición trágico-cómica del postintelectual de la universidad
corporativa en la era de la guerra global. El “homo academicus”, hoy en una medida
mucho más bochornosa que en la época en que Pierre Bourdieu pintó el retrato de
su decadencia intelectual y moral, es un sujeto subalterno que vive en el medio
de una cultura enteramente artificial, con todas las ventajas que le brindan la
protección económica, su seguridad administrativa y el atrincheramiento
urbanístico de sus campus, pero con todos los inconvenientes también de una
existencia política y socialmente enclaustrada, y un aislamiento lingüístico y
existencial que bien podría definirse como el estado mental de un autismo
corporativamente organizado y micropolíticamente legitimado. Privado de toda
mediación con una vida pública, que sólo representa en sus aulas como
caricatura narcisista de su propia imagen especular, su trabajo de crítica literaria,
sus análisis políticos, su visión histórica, o su reflexión metacientífica se
convierten fatalmente en un ejercicio formalista y fragmentario de
intertextualidades departamentalmente reguladas, en las que el único diálogo
intelectual posible se reduce, en el mejor de los casos, a ser citado por el
colega de turno a cambio de citarlo por decir lo mismo y tampoco decir nada.
Estos académicos postintelectuales se identifican con las reglas de juego de un
espacio institucionalmente vigilado e intelectualmente enrarecido, en el que
constantemente se repiten, como en las letanías monacales, las mismas parcas
letras, los mismos estrechos modelos de pensamiento y el mismo vacío. Todo ello
acrecentado por el clima asfixiante de guerra y competencia por puestos de
trabajo, patrocinios administrativos y aumentos salariales que de todos modos
se estipulan sobre la base de unas categorías de productividad enteramente
volátiles, y de los consabidos valores de corrección política dignos de un
colegio de dominicos del siglo 16. En esas condiciones, el más superdotado no
puede llevar a cabo sino una obra intelectual, literaria y humanamente gregaria
y, por consiguiente, irrelevante. Por mucho que a esta mediocridad organizada
se la haya pertrechado con galones académicos y estrellas de su industria
editorial asociada.
Claro que es preciso reconocer la peculiaridad del hispanismo en este
sistema universitario postmoderno. El pequeño mundo de los departamentos de
español y portugués que he podido conocer como profesor en Princeton y New York
University, y en mis visitas a las universidades de Harvard, Duke o Yale,
incrementa de hecho esta condición viciada con las peculiaridades distintivas
de las culturas ibéricas y latinoamericanas. Me refiero a la tradición clerical
y “letrada” que a lo largo de siglos ha otorgado a estas culturas su
inconfundible impronta de oscuridad y atraso. Me refiero también a su acceso
tardío y recortado a la modernidad filosófica y estética cristalizada en la
Aufklärung europea, la Independence norteamericana y la tecnociencia de la era
industrial. Y me refiero, no en último lugar, a la ausencia de pensamiento y
pensadores rigurosos, o en la predominancia de autores formal y conceptualmente
inconsistentes en este vasto territorio lingüístico y geopolítico. Y me
refiero, en otro orden interrelacionado de cosas, a los permanentes colapsos
políticos que definen la condición post- o neocolonial de los países
latinoamericanos, y la decadencia postimperial de las culturas ibéricas.
Recuerdo a este propósito a un poeta neoyorquino que en una reciente
reunión del Literature Festival de
Berlín pronunció en viva voz y frente a un grupo de escritores mexicanos que
los departamentos de español en los Estados Unidos eran bastiones de la
ignorancia. Y aunque rechacé al instante su desagradable sentencia,
difícilmente podría señalar un solo hispanista capaz de examinar
intelectualmente cuestiones globales sobre el lugar del intelectual en la
sociedad postindustrial, la crisis de legitimidad de la tecnociencia postmoderna,
el papel de los medios de comunicación en la degradación de las culturas
lusohispanas, o que pudiera realizar un análisis de la teología política de la
colonización o la crisis de la razón filosófica moderna a partir de su propia
realidad cultural y social, histórica y política. Y si por acaso, algún pobre
escritor exiliado en el medio de estas culturas hispanas o del hispanismo en
general tuviese la desfachatez de pensar estas cuestiones, ya se cuidarían los
profesionales del Spanish&Portuguese de liquidarlo con citas ventrílocuas
de cualquier autor obligado del departamento de francés o inglés, con
banalidades hibridistas y logos postcolonialistas de segunda o de tercera mano,
o con el más preferido de sus ejercicios antiintelectuales, que es el silencio.
Por todo lo demás, son raras las ocasiones en que esos hispanistas son capaces,
siquiera, de realizar un análisis de las obras literarias canónicas de su
propio “campo” que esté vertebrado por una perspectiva filosófica original
capaz de rebasar las cortas miras de sus microculturas departamentales.
El hispanismo en los Estados Unidos es una industria lingüísticamente
prominente y un campo intelectualmente irrelevante. En rigor, es una
especialidad que no produce conocimiento. Sólo reproduce, difunde y rebaja
esquemas conceptuales previamente sancionados por otros departamentos. Y sólo
aplican irreflexivamente a sus territorialidades literarias esos modelos e
ideas prê-à-porter para transformarlas en provincias subalternas de imaginarios
universales producidos y empaquetados en las escalas superiores de la
organización corporativa del conocimiento. Una interpretación deconstructivista
de Lugones, una reconstrucción lacaniana de la Vanguardia antropofágica, y una
teoría deleuziana sobre Rulfo, o la corriente coctelera deconstructivista que
vemos todos los días en la mayoría de las defensas de tesis doctorales: esa es
la clase de aproximación que en los suburbios hispánicos del conocimiento se
propone y se impone como rigor del método y ejemplaridad profesional. Ni
siquiera existe entre la mayoría de los profesores de Spanish&Portuguese
una claridad conceptual sobre el significado y los límites propios de ese
“hispanismo” cuyas pudibundas fronteras ciertamente había hecho estallar
alegremente por los aires en mi Informe
para la academia.
Una excepción tiene que hacerse de todos modos frente a una corriente
humanista que estos subalternos del hispanismo contemplan por lo general con
petulante desdén. Me refiero a la vieja guardia de profesores de la escuela
tradicional, a los que todavía he tenido el honor de conocer en Harvard y
Princeton, y que representan o han representado ciertamente un conocimiento
archivista, configurado con arreglo a los criterios de un humanismo literario y
filosófico conservador, y que ha contado entre sus maestros a intelectuales de
la generación crítica de los exilios latinoamericanos y español de la talla de
un Américo Castro o de Ángel Rama, por ejemplo. Y subrayo este comentario con
el mayor respeto, pues aún no siendo discípulo de esta generación de
hispanistas norteamericanos, por haberme formado en Paris y en Berlín, y en el
medio diferente de la filosofía y las ciencias de la religión, puedo decir que
de ellos aprendí, si más no, lo poco que sé sobre estas materias hispánicas.
Pero los efectos subsiguientes a un
deconstruccionismo degradado a citas caprichosas y slogans legitimatorios de
una fragmentación esquizofrénica en los opacos laberintos burocráticos de la
academia y las consecuencias de una teoría de la cultura entronada sobre
esquemas repetitivos y a menudo mal formulados de feminismo, multiculturalismo
o derechos humanos, siempre reducidos a la mínima expresión intelectual que
exige la etiqueta de lo políticamente correcto en tiempos de barbarie, y para
no dilatarme más, los daños colaterales de una definición corporativa de la
cultura y el conocimiento como mercancía volátil y espectáculo, en fin, el
resultado de este “great divide” de la academia anglosajona de las últimas
décadas es un “hispanismo débil”, huérfano de todo proyecto intelectual
consistente, y por tanto carente de un rigor filosófico, en un mundo o mundos
culturales luso-hispánicos que, por si eso fuera poco, se está cayendo
neoliberalmente a pedazos.
“Su saber no se autoriza sobre la base de sus conocimientos ni de un
proyecto intelectual, ni siquiera sobre uno pedagógico – me había anticipado ya
Sofía a propósito de la miseria de este hispanismo –. Todo lo que tienen como
arma de sanción es una posición dentro de la institución que da al académico una
preponderancia moral y un poder intelectual sobre sus estudiantes. No saben
nada, no tienen que saberlo. Todo lo que necesitan es asegurar la reproducción
del sistema, y que no se note que el emperador va desnudo…”
Por eso me emplazaban ahora en el banquillo de los acusados y me
sometían a un humillante careo. La reunión había sido convocada formalmente
para discutir las directrices intelectuales y organizativas del departamento a
largo plazo. Sin embargo, nadie osaba salirse de su estricta función administrativa
en lo más inmediato y lo más limitado. Plantear la posibilidad de una reforma,
por mínima que fuera, de las premisas filosóficas, y los métodos de trabajo, y
discutir abiertamente los horizontes históricos y políticos del hispanismo, y
sus categorías programáticas, significaba desafiar el silencio de quienes no
dicen nada al respecto porque nada tienen que decir. Poner además de manifiesto
la ausencia de categorías históricas, estéticas y filosóficas de una mínima
envergadura intelectual en los estudios hispanísticos, de las que mis propios
fiscales eran las pruebas de cargo, suponía un acto de verdadera insumisión. Y,
por si eso fuera poco, me emplazaban bajo el fuego de sus acusaciones por
haberles recordado con un gesto risueño que la posición departamental de los
estudiantes, o de su minoría intelectualmente más inquieta y creativa, era
también más inteligente que la de sus maestros, por el simple hecho de haber
llegado a la universidad con expectativas más verdaderas.
Pero el juicio sólo acaba de empezar y todavía me esperaban escenas
bastante más aguerridas que la imputación de una conjura intertextual
fraudulenta con mis estudiantes. Apenas había tratado de balbucear un par de
descargos en mi defensa, cuando una voz digna de juez de última instancia
pronunció las tres o cuatro escuetas palabras de un condena severa: – Your
criticism undermines academic ethics! – exclamó, con el aire de quien gobierna
soberanamente el espíritu departamental. Después del primer ataque legalista
contra mis citas fraudulentas, pretendían meterme en la horma de un concepto
loyoliano de ética como voto de silencio y de obediencia.
En estos años de guerra no se habla de crítica en los pasillos de la
academia norteamericana. Mucho menos se emplea la palabra reflexión. Y los
nombres de filosofía o de teoría se esgrimen bajo sus significados más
triviales y con cierto resquemor. A cambio se insiste hasta la náusea en los
principios inalienables de la moral institucional. He tratado de explicarme a
mí mismo este curioso fenómeno sin alcanzar a comprenderlo. En algunos casos
presiento que este acento moralista no está exento de un mal aliento clerical.
Sin lugar a dudas debe relacionarse con las normas de una profesionalidad cuyo
principio de obediencia a la disciplina de la academia se encuentra mucho más
cerca de la profesión de fe eclesiástica de lo que sus promotores secularizados
desearían admitir.
Es evidente por lo demás que una de las razones de ese ascendente ético
en las instituciones educativas es la pira sacrificial a los valores de
reflexión filosófica, la purificación neoliberal de todo proyecto de
emancipación política, y la gran fosa común del humanismo secular y crítico que
los clérigos del postmodern le cavaron a la tradición crítica europea, de
Giordano Bruno a Ernst Bloch, bajo la bandera de la resistencia contra el
eurocentrismo. Todo ello había sido enterrado confortablemente en una operación
de limpieza intelectual sin que nadie se preocupase en saber muy a ciencia
cierta qué es lo que realmente ardía en las nuevas hogueras del “great divide”
postmoderno. Pero nadie mejor que un hispanista para asumir precisamente esta
visión trivial de una “Ilustración” rebajada a positivismo lingüístico,
reducido a un absolutismo estatal o disminuido a las exóticas instalaciones
psiquiatritas del siglo 18, y al que se le habían sustraído por lo demás todas
sus dimensiones estéticas, pedagógicas y políticas revolucionarias, ya que en
su campo académicamente acotado nunca nadie ha sabido con claridad lo que esta
palabra “ilustración” podía significar. Y mis hispanistas levantaban en lo alto
el crucifijo de la moral por haber puesto en cuestión precisamente ese inefable
vacío profesional y profesoral.
No intentaré explicar aquí las causas de este maligno
“voided void” que ha inaugurado el siglo 21 y que infecta la maquinaria
académica lo mismo que los campos de la cultura industrial. Sus signos, de
todos modos, se encuentran por todas partes, desde los más altos rascacielos
hasta los escenarios más sangrientos de nuestras guerras contra el Mal. Pero me
permitiré dos definiciones a efectos pragmáticos e inmediatos. Primero:
ausencia de una perspectiva histórica real de futuro, más allá de las bagatelas
que se han venido vendiendo en las dos últimas décadas bajo los universales del
Postmodern y el Global: desde la redención hibridista hasta la salvación
multiculturalista, sin dejar de lado la emancipación triunfante de los sujetos
subalternos. Segundo: las múltiples expresiones de un pensiero debole
programadamente impotente frente a las violentas crisis sistémicas de nuestro
tiempo y en desordenada retirada a los campos de refugiados de los cultural
studies.
En la práctica académica cotidiana este vacío se traduce en una
verdadera fobia a la reflexión. Se traduce subsiguientemente en una incapacidad
estructural de pensar y discutir abiertamente tanto los problemas más concretos
como los más abstractos: ya sea el concepto trágico de destino en la poesía de
García Lorca o la legitimación administrativa del genocidio a través de la
deconstrucción mediática de lo real. Pero este nihilismo histórico de nuestro
tiempo también se pone de manifiesto en las estrategias de su enmascaramiento.
Con las manos puestas en el timón de un barco zozobrante que navega a la deriva
el hispanismo trata en vano de cegar las brechas abiertas en su mal definidido
territorio lingüístico con discursos de la diferencia y la subalternidad,
consignas de la salvación de la cultura en el reino del espectáculo, y
microanálisis, micropolíticas y microtextos que no sabrían responder a la más
elemental pregunta del por qué ni para qué. Con el consiguiente extravío
institucionalmente dirigido de los estudiantes en las microculturas
departamentales que definen los logos y slogans de una teoría prêt-à-porter y las
subsiguientes cosméticas de compensación narcisista mejor o peor empaquetadas.
A cambio de una perpetua minoría de edad, ciega a su profesionalizada condición
infraintelectual, y muda frente a los dilemas de la política y la literatura
contemporáneos.
Sofía ya me había alertado a este propósito: “La ‘teoría’ es apenas una
forma de evitar ponerle nombre al vacío y llenarlo con juegos de palabras: No
nos falta nada porque igual no sabríamos qué es”.
Decidí entonces enunciar ante mis jueces las tres o
cuatro tesis de mí propuesta de reforma del hispanismo que había insinuado en
mi ignominiosa Epistola departamental,
proclamado en mis pérfidas Siete Tesis
contra el Hispanismo, y desarrollado más tarde en el infamante Informe para la Academia y las
diabólicas Ciento Trece Paradojas: Uno,
rehabilitar y restaurar un horizonte espiritual y filosóficamente complejo en
el mundo hispánico, con nombres como Maimonides, Ibn’ Arabi o Ramón Llull por
un lado; dos, el reconocimiento de la centralidad de proyectos artísticos y
políticos como los de Simón Rodríguez, Blanco White y Augusto Roa Bastos,
eliminados parcial o totalmente del canon literario departamental y de la
industria editorial global; tres, restablecer un concepto de tradición
intelectual y cultural hispanística que había sido angostado artificialmente
por el nacionalismo católico español por un lado, y su descendiente dilecto y
directo, el nacionalismo colonial y postcolonial latinoamericano, por otro;
cuatro, replantear, repensar y reconstituir el decapitado proyecto reformador
de ilustrados, liberales, independentistas y republicanos condenados al exilio;
cinco, redefinir las vanguardias a partir precisamente de la experiencia,
marginal con respecto a las metrópolis industriales y coloniales del siglo 20,
de las culturas luso-hispanas; seis, replantear las categorías generales de
interpretación histórica desde el renacimiento y la edad colonial hasta las
revoluciones del siglo 20… Asimismo debía de cuestionar el ritual litúrgico
según el cual hay que pasar por una prueba de bendición bajo las aguas turbias
de una teoría sin concepto de sí misma, y que en la práctica se reduce a un par
de escuetas referencias al postestructuralismo, teoría performática e
hibridismo como paradigma de los estudios culturales, citas consabidas de un
feminismo trivial, un postcolonialismo de dudosa filiación en el mundo
hispánico, y alguna referencia sumaria a tres páginas de Platón o dos párrafos
de Foucault a título de fast food filosófico. Todo eso hubiera debido
pronunciar en mi defensa. Pero comprendí sólo iba a encender todavía más e
inútilmente las pasiones fiscalizadoras de mis hispanistas. Y apreté los
labios.
– ¡Has puesto en ridículo nuestra dignidad! You are an instigator! The
students were outraged by your letter! – siguieron execrándome, sin darme
siquiera tiempo a respirar. –You undermined the academic code of honor! –
repitió otra voz con un tono de voz más insolente todavía. La agitación del
ruedo departamental se hacía asfixiante. Sentí que estaba sometido a un auténtico
linchamiento académico en el que ninguno de los miembros del cuerpo profesoral
quería desaprovechar la oportunidad de lanzarme su personal imprecación sobre
mis costillas. Sus amonestaciones eran variadas en cuanto a su significado y
rango condenatorios. Muchas de ellas se pronunciaban con el gesto firme de
quien esta decidido a una hoguera disciplinaria. Incluso podía percibir, a
pesar de mi aturdimiento, diferencias en el tono emocional que las animaba. Las
frases que aludían al carácter violento de mi Epístola departamental se acentuaban con una severidad
auténticamente cuartelaría que me hacían imaginar drásticos castigos de
expulsión y técnicas de tortura psicológica, mientras que las incriminaciones
sobre la dignidad ofendida de mis hispanistas se pronunciaban con la misma
suavidad viscosa de un confesor generosamente dispuesto a perdonar mis herejías
siempre que acatara formalmente mi culpa. Lo más curioso era, sin embargo, que
en ningún caso se pronunciara argumento alguno, y mucho menos se ponía en
cuestión la naturaleza de mi propuesta. Actuaban como si mis Tesis, mi Informe y mi Epístola
fueran actas tan intelectualmente vacías como sus protocolos administrativos.
Hubo de todas maneras por lo menos una reprimenda que
reunía los significados de una pintoresca patraña. El académico en cuestión
reclamaba que se había presentado personal y propositalmente en mi oficina, y,
con la mayor gentileza por su parte, me había explicado con puntillosa
escrupulosidad que mi proyecto de introducir un seminario de estética en el
marco del aprendizaje teórico de los doctorandos de literatura no era
pertinente, porque una cosa era estética y otra teoría literaria. A
continuación me incriminaba porque yo le había apremiado a abandonar
inminentemente mi oficina con un gesto displicente, pues, en efecto, no me
creía en la obligación de escuchar necedades si, de todos modos, lo único que
quería la administración departamental era vetarme esos seminarios llamados
teóricos, a sabiendas de que a no iba a impartir los cuatro preceptos capitales
de los cultural studies, más los dos principios fundamentales del hibridismo,
más los tres axiomas sagrados de los estudios subalternos, más los postulados
del concepto de cultura como expediente corporativo y otros fraudes administrativamente
sancionados. Y que tampoco iba a predicar unos gender studies que se repiten ad
nauseam en la academia como las avesmarías de los conventos católicos de
monjas, para conjurar los demonios que desde la manipulación genética, hasta
los nuevos sistemas y redes de explotación sexual y feminicidio el feminismo
corporativamente acolchado ni quiere, ni es capaz de poner en cuestión.
– ¡Qué no te enteras, hombre! ¡Qué no! ¡Que te digo que no!– me espetó
otro profesor, acercándose tanto a mis oídos que tuve que apartarme para no
percibir su aliento. – ¡Que one thing is aesthetics, y otra cosa la literary
theory! ¡Hombre!
“En el fondo de su alma – me había dicho Sofía – temen o saben que lo
que no tiene la menor posibilidad de supervivencia es la universidad como
institución. La fusión entre saber crítico y saberes prácticos que suponía ésta
en su versión moderna es insostenible. La universidad
se ha convertido en su opuesto: un centro de preparación de cuerpos
tecnificados. La crisis se manifiesta, naturalmente, en las así llamadas
humanidades.”
En las facultades científicas la reflexión sobre los
implicaciones humanas de la producción de conocimiento ya hace muchas décadas
que ha sido eliminada lingüística y administrativamente: esta es la real
situación institucional de una ciencia irreflexiva, y en muchos campos, como la
biología y la genética, y todas las investigaciones relacionadas con la
industria militar, una ciencia agresiva que las epistemologías postmodernas han
ocultado bajo sus performances neodadaistas y neoanarquistas de discursos
híbridos, realidades virtuales, deconstrucciones sistémicas y modernidades
gaseosas o líquidas, o del simple cinismo del “todo vale” mientras no pongas
nada en cuestión. Pero como en el
campo de las humanidades este conflicto humano es más difícil de sustraer y de
abstraer, es aquí también dónde tienen que aplicarse estrategias
complementarias de vigilancia lingüística y castigo administrativo. Y dónde una
creciente trivialización intelectual anuncia un próximo día en que su
desaparición no signifique ya otra cosa que librarse efectivamente de un
desecho.
Los recortes y rebajas del concepto de “teoría” son parte de esta
cuestión. Más aún: constituyen su real estrategia. Y las imaginarias murallas
departamentales entre estética y teoría literaria no eran a este despropósito
sino una cita corriente de chusca ignorancia. El problema no reside de todas
maneras en ofrecer un menú con Foucault u otro, alternativo, con Adorno. O
adoctrinar a los estudiantes con estudios subalternos para evitar los peligros
de una crítica de la teología política colonial que en sus últimas
consecuencias políticas o poéticas pudiera poner en tela de juicio, por
mencionar un ejemplo, el genocidio de indios en el Amazonas colombiano bajo los
auspicios de la Guerra global y la subsiguiente destrucción de mitos y dioses
milenarios de tradición oral. El problema que mis magistrados pretendían
ocultarse a sí mismos por medio de sus recriminaciones morales es mucho más
grosero y elemental. Es la misma eliminación de la teoría como reflexión
rigurosa sobre un texto literario ya se trate del concepto de naturaleza,
cosmos y destino en la obra José María Arguedas, o la teoría de las
civilizaciones de Gilberto Freyre y Darcy Ribeiro. El objetivo implícito de la
condena de toda auténtica reflexión filosófica y estética en la enseñanza de
las humanidades es ignorar y hacer ignorar los contenidos y las tradiciones
artísticas e intelectuales que puedan poseer una dimensión trascendente con
respecto a las definiciones corporativas de la cultura como espectáculo y
expediente burocrático. La demolición de las humanidades: esta es la cuestión.
No hace falta decir que nada de todo eso se plantea en y por sí mismo
en la academia. Hacerlo supondría abrir espacios para la reforma de los
estudios humanísticos cuyos potenciales de crítica y cuyas posibilidades
intelectuales pudiera poner en cuestión el tedioso estado de cosas en cuyo
medio vivimos. Frente a este ostensible proceso de deshumanización de la
enseñanza, de trivialización de sus contenidos reflexivos y de anulación de
cualquier dimensión crítica del pensamiento la burocracia académica que he
conocido, lo mismo en los Estados Unidos, que en Europa y América latina, todo
lo que sabe hacer es cruzarse de brazos. Cierto es que
en todos los curricula de la academia se pone en escena y a menudo con
verdadera ostentación algo que luce de la manera más tiesa y pedante la
etiqueta de teoría. Pero muy raras veces se deja construir esta teoría como
pensamiento propio y como un proceso reflexivo autónomo, construido además a lo
largo de un proceso de maduración moral de la persona y dotado de una dimensión
auténticamente intelectual. La teoría se concibe más bien como algo que
se deja caer del cielo a título de modelo conceptual previa y exteriomente
establecido y sancionado. No es una visión de las cosas construida a lo largo
de una experiencia reflexiva e individual de la realidad. Se identifica esa
teoría con una simplísima superposición de esquemas preconcebidos a fragmentos
textuales correspondientes a un campo literario de límites e intensidades por
lo demás mal definidos. Teoría como colonización lingüística de una realidad
fragmentada y distorsionada a partir de los ready mades categoriales filtrados
por los departamentos de inglés y de literatura comparada, y patrullados por
los agentes de la industria editorial. Por eso no se hacen ni se pueden hacer
tesis doctorales que traten de analizar sistemáticamente las grandes obras
canónicas de arte y literatura, ni las grandes líneas de pensamiento
filosófico, ni las tradiciones verdaderamente intelectuales y auténticamente
críticas del mundo o los mundos lusohispanos. Por eso se tiende a encerrar la
vida académica en visiones de mínimo alcance intelectual y autores lo más
secundarios posibles. Por eso se descarta departamental y subdepartamentalmente
la posibilidad misma de ensayos en los que pudiera construirse
experimentalmente un auténtico pensamiento. Hasta que
en un día algún global guru suelte lacónica y simplemente “there is no such
thing as theory", y entre risas y aplausos anuncie una edad posteórica con
el mismo ademán estúpido que los administradores de la cultura global han
proclamado ya el final del arte o la política, o el final del derecho a la
supervivencia, en la infinita letanía agónica de un nihilismo corporativamente
legitimado.
Por todo lo demás, ese día final ha llegado ya. Los mismos hispanistas
que condenaban mis Tesis y mi Informe fungían como sus portavoces
subalternos. Eran ellos los que proclamaban, con la ingenuidad que les otorgaba
su profesión de profesionalidad la bagatelización del pensamiento, el
desmantelamiento del canon literario, la eliminación de la conciencia
intelectual, el fin de toda dimensión espiritual del pensamiento, la reducción
de la obra de arte a espectáculo, la reinvención de una teoría literaria que en
realidad era una sociología idiosincrásica de la literatura, la redefinición
financiera de la cultura como expediente administrativo y, como corolario
final, la elevación del conocimiento a los altares del valor del libre mercado
y su subordinación a las manos invisibles que lo rigen: los seis o siete puntos
cardinales de la demolición corporativa de las humanidades y la abdicación del
pensamiento en nuestras universidades.
– You are attacking us! – repitió entonces otra voz. –You don’t propose
anything! You say nothing! What do you mean by void of theory?! – resonó en la
sala con acritud más prepotente todavía. Y, sin dejarme recoger mi aliento mis
fiscales siguieron golpeándome con renovada furia: – You offended us! ¡Este
informe es un critica ad hominem! Your letter is a personal attack! ¡Violento!
Your assertions are outrageous!
Las acusaciones se sucedían en precipitado tropel. Los reproches al
carácter meramente personal de mi Epístola,
de las Siete Tesis contra el Hispanismo,
y el Informe para la Academia se
repetían con asombroso entusiasmo. Parecía que hubieran aprendido la lección
elemental de la propaganda de guerra global: a fuerza de repetir la misma
insensatez mil y una veces sus predicadores acaban por creérsela. Resultaba
demasiado obvio, por otra parte, que la función psicológica de estas
reprimendas era evaporar cualquier contenido, cualquier idea, cualquier
proyecto que escapara a su control. Lo que yo había puesto en cuestión a lo
largo de un sinnúmero de intervenciones ciertamente polémicas no eran las
personas de mis hispanistas, sino la impersonalidad del sistema de enseñanza.
Lo que protestaba era la destitución antihumanista de toda dimensión espiritual
en la comprensión de la obra de arte, la eliminación de la búsqueda individual
de la verdad en la experiencia ejemplar de la realidad que debería ser el
objetivo sagrado de la educación humanística. Pero mis fiscales no quería oír
esta crítica a la standardización del conocimiento y al esterilizante
predominio del formalismo sobre la experiencia individual. Ni querían saber
nada de mi no al tedioso principio de repetición que lo dirigía, y a la
anulación de la espontaneidad y de toda originalidad que lo acompañaba. No querían
reconocer mi crítica a la desinversión intelectual de la universidad en tiempos
de barbarie. Esta había sido precisamente también la visión que la doctoranda
Danielle Carlo había elevado sólo una semanas antes en aquel mismo departamento
con su manifiesto No to silence/No al
silencio: una denuncia de la ausencia de un espacio de expresión
intelectual en la que los estudiantes pudiesen cristalizar una voz y un
pensamiento propios.
Sofía me lo había advertido de todas maneras: “Aquí tuve que pasar por
una situación comparable. Alguien agarró unas páginas mías y las destrozó con
una sarta imparable de comentarios ad
hominem, que yo era esto y aquello, mi tono arrogante, mis aseveraciones
mandarinescas. Básicamente, puso en tela de juicio mi posición como sujeto
pensante y hablante para referirme a cualquier tema, e incluso mi derecho a
hacerlo. En un gesto típico mío –en el que sí revelé toda mi arrogancia y mi
desprecio- le pedí disculpas por si en algo mis elucubraciones sobre el
romanticismo en Hispanoamérica habían tocado algún punto que le ofendiera. Es
decir, me negué a seguir una discusión intelectual con él y puse el problema a
nivel puramente personal. Demasiado tonto el adviser para notar mi movida,
terminó explicando que lo que le había ofendido era que yo hubiera escrito algo
sin consultarle a él, es decir sin invocar su soberana autoridad intelectual.
Narcisismo herido en todo su esplendor. No le había ofendido lo que yo decía,
sino el hecho de que pudiera decirlo sin incluir un supuesto aporte suyo. Me
había atrevido a presentar cosas que no habían sido sancionadas por su
autoridad…”
Una lógica aplastante recorre todo este entuerto. En una organización
del conocimiento en la que todo el peso recae en los códigos lingüísticos
preestablecidos y en modelos de pensamiento predefinidos, en la que nadie puede
cuestionar individualmente los magnificados “petit recits” y microanálisis
departamentales bajo pena de ser silenciado, y en la que la así llamada ética
institucional aviva y avala comportamientos plenamente
gregarios, cuestionar su vaciedad sistémica desde un punto de vista
reflexivo ligado a una experiencia personal y a un pensamiento propio supone la
peor de las afrentas. Mejor dicho, es un crimen. Y lo es, nada más ni nada
menos, porque significa poner de manifiesto la real ausencia de un proyecto
intelectual que sustente reflexivamente este sistema.
Es necesario recordar a este respecto que la actitud distintiva del
académico en estos años que han precedido a la Guerra global, y su mismo
principio de identidad y de dignidad institucionales han partido de un
sacrificio primordial: su renuncia como conciencias intelectuales autónomas en
favor de los órganos corporativos de la ciencia y sus discursos sancionados. Y
su rasgo psicológico e intelectual más característico ha sido en consecuencia
un sombrío ascetismo que se encubría muchas veces con el aire pedante de quien
esta de vuelta de todo, pero que de todos modos se ha traducido en un funesto
silencio incluso en aquellas cuestiones que afectaban de manera inmediata a sus
campos departamentales: de la demolición de las humanidades a l derribamiento
de los derechos humanos. Todo han sido posts y todo han sido finales para esta
generación de postintelectuales porsthumanos. ¿La responsabilidad política de
la ciencia? ¡Una vana ilusión izquierdista! ¿Las desvencijadas tradiciones
intelectuales del siglo 20, lo mismo en Europa que en América latina?
¡Romanticismo passé! ¿La crítica de lo real? ¡Ficción de ficciones! ¿La crisis
del intelectual como hombre y mujer públicos? ¡Asunto archivado! Hasta el
precioso momento en que las guerras del fin del mundo les han caído encima, y
con ellas la derogación del pensamiento tout curt. Y pretenden que sus pupilos
sigan la misma recta vereda de su profesionalizada falencia para coronarla con
nuevos silencios.
Allí dónde los méritos institucionales del homo
academicus no pueden medirse en términos de su participación real en un diálogo
social abierto, ni en un proyecto intelectual consistente, ni de un horizonte
político transparente, lo único y lo último que le queda efectivamente por
defender es su propio narcisismo. El culto al star
professor que la academia norteamericana practica como una de sus más
conspicuas enseñas debe entenderse también en este sentido. Ese estrellato es
la expresión de una individualidad y un conocimiento que se han vuelto opacas a
sí mismas y sólo por eso se pueden elevar a la categoría de fetiche comercial.
Su performance como espectáculo del conocimiento permite ocultar a la reflexión
su real sacrificio como auténtica experiencia colectiva en un sentido humanista
que de todas maneras es preciso redefinir. Les pasa a estos profesionales del
show académico lo que a los actores de teatro que de la noche a la mañana se
transformaban en estrellas de cine según el análisis de la moderna sociedad del
espectáculo que Benjamin anticipó en los días esplendorosos de la industria
fílmica alemana. Lo que aquellos actores perdían en los escenarios teatrales en
cuanto a unidad de la creación a partir del centro espiritual de su
personalidad creadora, lo ganaban el montaje de la producción mecánica e
industrial de la realidad fílmica, es decir, el aparato. Por eso el actor de
cine tenía que compensar con los placeres ostentosos de los flashes y el
fashion su real renuncia a la creación artística y la reflexión intelectual
autónomas. El star professor reitera trágico-cómicamente esta involución
espiritual en la era del desmantelamiento de las humanidades.
Pero las recriminaciones seguían lloviendo sin parar. Y la tensión
psicológica ligada a su insidiosa vehemencia comenzaba a abatirme
psicológicamente. Sentía que mis respuestas no eran capaces de romper la firme
barrera de las acusaciones departamentales, que mis fiscales no estaban
dispuestos a escuchar otra cosa que el dulce eco de sus reiteradas reprensiones
y que, en suma, estaba perdiendo terreno. Además, una de las imputaciones de la
que había sido objeto me había inquietado en particular hasta el punto de
hacerme temblar la voz. Durante toda la sesión se hablaba de mi carta
departamental como una retahíla de insultos personales combinados con citas
fraudulentas de los estudiantes. Se silenciaba escrupulosamente que mis
propuestas se sustentaban en un voluminoso trabajo crítico, e incluso que eran
su última y predecible consecuencia. Las acusaciones implicaban una rotunda
negación de mi trabajo intelectual incluso dentro de los muros departamentales.
Mis ensayos de interpretación de las premisas filosóficas y teológicas
del colonialismo americano y su relación constitutiva con el sujeto moderno
como “continente vacío”: ¡Tal cosa no existe! Mi crítica de la modernidad
insuficiente de los mundos luso-hispanos y su radical significado para la
teoría crítica de la civilización moderna: ¡Non sense! Mi larga discusión sobre
las vanguardias artísticas brasileiras, su radical originalidad y su carácter
paradigmático: ¡Eso no interesa! La crítica de las falsificaciones de las
transiciones postfascistas en España y América a lo largo de una serie de
artículos, conferencias y libros: ¡Bullshit! Mi análisis de la cultura del
espectáculo: ¡Delirio! La teoría crítica de las vanguardias europeas: ¡Vana
gloria! Mi reconstrucción histórica de la violencia en una era de guerra y
escarnio: ¡Calla la boca! La crítica de la razón moderna que he arrastrado
desde mis años de doctorando: ¡Quien te crees que eres! Mi presencia
intelectual en la prensa latinoamericana. ¡Ridículo! La analítica de la
“existencia sitiada” de nuestro tiempo: ¡No eres nada! Todo experimento o
presencia intelectuales que rebase conceptual y políticamente los marcos de
referencia microdepartamentalmente sancionados, todo lo que no sea simple
clonación de siempre las mismas citas, los mismos autores y los mismos colegas,
todo lo que no sea dejà vu, todo lo que posea una fuerza intelectual propia,
todo eso no existe en los espacios enrarecidos de la academia. Tal es el
significado subestructural de su blasonada ética. Reducir a la condición de
subalternidad forzada a quienes no la abrazan como dogma de fe, ni como principio
de identidad.
Sofía me había alertado también a este propósito: “Este fin de semana
tuve que viajar en trenes y metros, y me llevé de lectura tu libro Viaje al fin del paraíso. Leí con
cuidado tus Tesis contra el hispanismo.
Noté algo, o me pareció notar algo: lo que tú planteas es un debate sobre la
definición y delimitación de los estudios hispánicos. Postulas los dilemas
históricos de esta delimitación. Planteas el problema fundamental de lo que
encierran los nombres, la carga de sentidos que arrastran. A mi manera de ver,
ese asunto es la pregunta con la que debería comenzar toda reflexión. Es decir,
lo que esbozas es el proyecto mismo al que se debieran entregar los estudios
hispánicos, la de enfrentar de manera real y contundente el sentido histórico
de esos pueblos, su posicionamiento geopolítico, sus coartadas discursivas de
negación y represión de su papel histórico, su cobardía para asumir su realidad
ante los desafíos que se le han planteado a lo largo de cinco siglos…”.
Lo que mis fiscales querían evitar era una discusión abierta que
pusiera de manifiesto su ausencia de categorías críticas frente a una limpia
revisión del canon expuesta es esas Tesis
y redefinidas un año más tarde en mi Informe
para la academia en términos claramente didácticos. La persecución de
aquellos manifiestos que sin embargo habían burlado las censuras
departamentales rebosaba por lo demás anécdotas intrincadas. El secretario
general había interceptado la difusión electrónica de las Tesis a los estudiantes. Cuando entregué el Informe al jefe
departamental y a un comité subdepartamental designado con el objeto de ampliar
y revisar un viejo y agujereado canon, la respuesta fue un apretado silencio
administrativo. O peor todavía: en cuanto tuvieron noticia de que las cosas
podían ponerse a semejante grado de complejidad, mis hispanistas cancelaron la
operación prevista de una ampliación de las listas de lecturas para los
estudiantes. Entre tanto había presentado mi propuesta en una serie de universidades,
desde Londres y Berlín, hasta Florianópolis, pasando por México. Las Tesis se
publicaron en un sin fin de revistas locales. En cuanto al Informe acabé presentándolo solemnemente en el Rectorado de la
Universidad de Oviedo que la editó de inmediato en el formato de un libro de
poemas.
– ¡Lea este Informe para la
Academia! – le respondí al improvisado fiscal que me había recriminado mi
ausencia de reales soluciones constructivas a mis críticas barbáricas. – ¡Ahí
tiene Usted la descripción bastante detallada de mi propuesta!
Debí dar a mis palabras el aire insolente de un Galileo insistiendo a
sus verdugos eclesiásticos que viesen por sus propios ojos a través de su
recién creado telescopio que los satélites de Marte no giraban alrededor de la
Tierra. De otro modo no me explico su respuesta: – ¡No tengo tiempo para leer
esos informes! Sus colegas asintieron con risas y muecas.
Pero la jactancia de semejante declaración no me impidió un sentimiento
interior de alivio. Aquello parecía una sentencia final y ya estaba siendo hora
de acabar con semejante farsa. El cuerpo departamental fallaba el veredicto
concluyente de mi actividad académica y extra-académica como nula. Desde el
punto de vista de la ética corporativa mi personalidad quedaba cognitivamente
rebajada a la categoría negativa de anti-cuerpo. En términos administrativos
suponía la condena indefinida a un absoluto silencio. Debía asumir la culpa y
acatar la humillación que el tribunal había puesto en escena como la verdadera
redención de mis ofensas. Pero me equivocaba una vez más. Mis jueces no se
daban por satisfechos con revalidar su política de ostracismo. Algo mucho peor
tenía que caerme encima.
No sólo había propuesto una discusión abierta sobre los crasos dilemas
del hispanismo, sino que había echado los dados en una apuesta concreta y
polémica en casi todos sus aspectos, como el de integrar el pasado hispanojudío
e hispanoislámico al curriculum hispánico, o reconocer oficialmente las
literaturas precoloniales de América como momento central de sus culturas de
ayer y de hoy. Había propuesto una reclasificación de los conceptos de
Ilustración. Me había atrevido incluso a señalar la centralidad de las cruzadas
medievales en la constitución de la identidad nacional católica y del proceso
civilizador americano desde el punto de vista de la teología política de la
colonización. Había puesto de manifiesto la irreductibilidad de las vanguardias
latinoamericanas al concepto formalista de un “international style”, y a los
conflictos y dilemas de las vanguardias europeas. Todo eso y algunas cosas más
ya eran por sí mismas razón suficiente para imponerme los votos de silencio en
la academia, en las fundaciones de investigación y en las editoriales
norteamericanas, en las que siempre había chocado con los mismos fiscales, la
misma intolerancia y la misma opacidad. Pero las cosas no acababan tampoco
aquí. Existía una barrera política todavía más espinosa y de cuya existencia no
me había dado cuenta hasta las puertas de este proceso.
El problema era, si así se quiere, simbólico, o por emplear una de las
cartas trucadas de la baraja de los cultural studies: performático. Una especie
de orientalismo adaptado a las nuevas condiciones geopolíticas de la Guerra
contra el Mal. Pero dada la capacidad de clonación y repetición ad infinitum de
los slogans y logos difundidos por la academia global norteamericana sus
fatales repercusiones hemisféricas tampoco deberían dejarse de lado. Por
decirlo pronto y redondo: se había decidido eliminar el canon literario
luso-hispano. En un simple expediente expeditivo mis hispanistas habían
evaporado las categorías y las jerarquías que de una forma más o menos precaria
estaban llamadas a reconstruir una continuidad cultural, una tradición
intelectual y unas memorias literarias en el ámbito geopolítico latinoamericano
e ibérico, dotadas de un proyecto social, un sentido crítico y una voluntad
emancipadora.
En términos fácticos no se hacía más que suprimir una chapucera lista
de autores hispánicos y latinoamericanos que hasta aquel momento servía, más
mal que bien, como marco orientador en la delimitación de un tambaleante campo
de investigación literaria y filosófica ambiguamente clasificada como
hispanismo. Su suspensión funcionarial se había decidido de todos modos
furtivamente. Nadie quiso discutir sus premisas y nadie asumió la
responsabilidad de la deposición. Fue una medida administrativamente
naturalizada con el simple argumento de que “también se hacía en otros
departamentos”. Obviamente, no se emplearon al caso los términos sonoros de
invalidación o derrocamiento. El asunto se empaquetaba con el comedimiento de
quien no mata una mosca. Un simple trueque de un reading list anticuado, por
otro individualizado, a la medida de las idiosincrasias personales de cada
cual, como se dice también en los anuncios de créditos bancarios. Eso permitía,
además, presentar a los estudiantes la defenestración del canon con la fanfarre
de una verdadera revolución anarquista.
Pero sería erróneo considerar la liquidación del canon literario y las
tradiciones críticas lusohispanas como el resultado de la simple ceguera o de
la mala rutina administrativa. Su decisión surgía en el fondo de una
incapacitación intelectual aguda y en este sentido es de todo punto
comprensible que mis hispanistas se sintiesen personalmente ofendidos al
plantearles una alternativa de enormes posibilidades intelectuales que ni
habían imaginado, ni eran capaces de comprender. Me permitiré recordar un par de
situaciones incisivas.
En cierta ocasión le pregunté malévolamente a un multiculturalista qué
lugar otorgaba al Zohar o Libro del Esplendor, la obra máxima de
la espiritualidad ibérica, en las literaturas hispánicas: – ¡Eso es de ellos! –
respondió con cierto aire de suficiencia – ¡Asunto de hebraístas! –cayendo de
bruces en la misma torpeza que ya había denunciado hace algunos siglos el buen
soldado del Retablo de las maravillas.
Y cuando, más impertinentemente todavía, recabé sobre la relación entre el mesianismo
de la cábala y Don Quijote, el mismo
docente me respondió que eso era precisamente multiculturalismo, sin percibir
ni de lejos que mi cuestión giraba en torno a un concepto místico y filosófico
de mesianismo, no sobre la teología política del mestizaje o hibridación. Y,
perdida ya mi paciencia, lancé terminantemente al subalterno en cuestión que no
puede comprenderse el misticismo contrarreformista de Teresa de Ávila sin
conocer el misticismo cabalista que le precedió en la mismísima ciudad de Ávila,
a lo cual repuso con la mayor tranquilidad que una cosa no podía mezclarse con
la otra.
En otra circunstancia, el objeto de mis alevosas averiguaciones fue Pedro Páramo. Me importunaba que ese
feminismo academicista tan perfectamente acomodado al establishment de la
cultura corporativa, y hoy incluso a las legitimaciones de la Guerra global, se
inmiscuyese también en la interpretación de esta novela de Juan Rulfo por la
simple y ostensible razón de que sus personajes psicológicamente más complejos
y estéticamente más fascinantes son, efectivamente, mujeres. Pero la tal
lectura feminista era en primer lugar hermenéuticamente inconsistente porque
elevaba sin mediación reflexiva alguna los valores de la clase media blanca y
calvinista norteamericana del siglo 21 a una universalidad sui generis y los
aplicaba sin mayores reflexiones a una comunidad rural de campesinos de origen
azteca agonizando en la profunda miseria postcolonial de los páramos mexicanos.
En realidad, este aporte feminista no puede considerarse rigurosamente como una
interpretación, sino como una proyección urbi et orbi de valores culturales
sancionados como políticamente correctos en la era del imperialismo cultural
global.
Pero eso no era lo más importante, ni tampoco lo peor. En razón de su
perfecto carácter consabido y conciliador, ese feminismo servía, al mismo
tiempo, de telón de humo para encubrir el conflicto entre el brutal poder
colonial representado por el caciquismo español y la Iglesia católica, por una
parte, y las desintegradas comunidades indias por otra. Y aunque el
colonialismo cristiano es universalmente sexista, la crítica micropolítica del
sexismo no debería servir para soslayar una teoría crítica de la teología
política del colonialismo cristiano, para la cual, la novela de Pedro Páramo brinda precisamente un
cuadro no solamente prolijo, sino precisamente paradigmático.
No es preciso subrayar que los conflictos coloniales de las Américas,
los de ayer como los de hoy, son un tabú rara vez transgredido en la academia
norteamericana. Sus significados genocidas, los procesos de hibridación y
liquidación culturales que los acompañan, o sus estrategias de expolio y
esclavitud son constelaciones lo suficientemente claras para poner en tela de
juicio el endeble tablado de feminismo, derechos humanos y multiculturalismo de
los signos que sostiene la buena conciencia del postintelectual académico. Los
hispanistas en particular solamente se refieren al asunto desde perspectivas
microtextuales y microhistóricas que puedan eximirse de las implicaciones
teológicas, políticas y civilizadoras del proceso colonial. Y si en alguna
ocasión pronuncian la palabra colonialismo es bajo los auspicios exóticos y
exotéricos del postcolonialismo hindú instaurado en la academia como paradigma
histórico universal.
Pero tampoco acaban aquí los desatinos del meanstream
latinoamericanista. No sólo el feminismo se ha utilizado para liquidar
micropolíticamente una perspectiva teológica y política más radical, sino que
su instrumentalización retórica ha servido en este caso, y no solamente en
éste, para ignorar sus propias dimensiones teológicas, mitológicas y simbólicas
profundas. Debe recordarse en este sentido, y sólo a título de ejemplo, que las
mujeres de Comala no son activistas feministas de clase media camufladas en los
subsuelos de un pueblo perdido de la meseta castellana. Más bien se las debe de
reconocer como epifanías de las diosas precoloniales mesoamericanas que rigen
sobre la vida y la muerte, el infinito poder regenerador de la tierra, y un tiempo
cósmico cíclico que tampoco es feminista, ni cristiano, ni mágicorealista. Sólo
que este pasado precolonial (que de todos modos sigue siendo un presente
histórico para los pueblos sobrevivientes de América) es precisamente un
no-lugar en esos mismos cánones oficiosos y oficiales de nuestro hispanismo
débil. En fin, y pongo con esto punto final a estos cuentos lerdos de la
academia: en ambos ejemplos, el del Zohar
o el de la Coatlique y sus diosas
hermanas, chocamos graciosamente con la función hermenéuticamente estupidizante
de retrógradas exclusiones y sus trivializadoras legitimaciones
administrativas, que de todos modos se reducen a un postestructuralismo de
bolsillo y un multiculturalismo de andar por casa.
Y me permitiré alargar todavía más la cuestión, y de hacerlo con una
voluntad explícitamente didáctica. El problema más perturbador que arroja este
desconcierto departamentalizado no es solamente la falta de imaginación, la
falsificación y la irresponsabilidad hermenéuticas. En última instancia el dilema
que refleja esta situación angustiante es la “la falta de espíritu de la
universidad hoy” (K. Heinrich, 1987). Por explicarlo con pocas palabras: la
dimensión estética de la verdad inherente al corazón espiritual de toda
auténtica obra de arte es inseparable de esta radicalidad hermenéutica que en
el caso del Quijote tiene la valentía
de desentrañar sus momentos mesiánicos ligados a la tradición de cábala, y en
el de Pedro Páramo se atreva a poner
a la luz del día una cosmología vertebrada en torno a las diosas de la vida y
la muerte, y su humanidad regeneradora de una existencia tan dañada como
nuestra así llamada comunidad académica.
Pero no puedo dar aquí tampoco por terminados los disparates
profesorales. Existe todavía una ulterior motivación burocrática para quitarse
de encima la polémica en torno a la reforma del canon literario lusohispano
como quien se quita el polvo de los zapatos, y optar por el expediente
diligente de su simplicísima supresión administrativa. Una motivación que desde
todos los puntos de vista resulta más relevante que la mera pereza intelectual
o la estricta falta de rigor filosófico. Sus oscuras razones y argumentos se
subsumen precisamente a una categoría universalmente contestada: la santa
globalización. Ésta puede describirse positivamente, en lo que se refiere al
ámbito de las culturas latinoamericanas, y por extensión ibéricas, como una
contracción conceptual de sus expresiones sociales, artísticas y literarias
bajo categorías uniformadoras como híbridismos y performances, y
deconstruccionismos y micropolíticas, o estrategias de género e identidad;
desde un punto de vidsta negativo esta globalidad supone la destrucción
futurista del canon o de sus cánones literarios, arquitectónicos y artísticos
precisamente en aquellas obras maestras que desde Simón Gutiérrez a José María
Blanco White, y de Ramón del Valle-Inclán a Augusto Roa Bastos, y de José María
Arguedas a Federico García Lorca, y desde los proyectos urbanísticos y
paisajísticos de Burle Marx, hasta los proyectos de ciudad y cultura popular de
Lina Bo, y, en fin, de la filmografía de Glauber Rocha a la crítica social de
Gutiérrez Alea – por citar sólo unos ejemplos escogidos al azar – habían
planteado un proyecto intelectual y político eliminado bajo la mortífera bandera
de la Guerra fría y los aparatos fascistas hemisféricos sufragados en su
nombre.
Se trataba, además, no de idiosincrasias literarias individuales, sino
precisamente de un proyecto intelectual, cultural y político, o más bien de una
serie de proyectos en íntimo concierto, que ni coincidían ni coinciden con los
objetivos del colonialismo corporativo neoliberal, ni con las estrategias
asociadas de deconstrucción postintelectual de las culturas latinoamericanas
bajo el principio logístico de la cultura espectáculo mercantil y objeto de
administración semiótica. La neutralización de las grandes tradiciones
intelectuales y artísticas latinoamericanas e ibéricas del siglo 20 se lleva a
cabo hoy ciertamente por medios más dulces que los empleados por las dictaduras
de ayer. Que son también métodos más eficaces. Ahora ya no se persigue a sus
portavoces con las armas en la mano. Ni se los expulsa a innominados exilios.
Más bien se los elimina en nombre de una descentralización postmoderna de la
razón globalizadora, de la departamentalización y fragmentación administrativa
de tradiciones intelectuales y artísticas, y la pulverización lingüística de
saberes – con lo que estoy llamando la atención sobre las gallinitas ciegas de
un “Posrtmodernism Debate” que los departamentos de Spanish&Portuguese
pusieron ominosamente en venta en los años de las transiciones postfascistas
como el presunto gran debate de y en América latina para cortocircuitar
precisamente una silenciada discusión en torno al proyecto político e intelectual
decapitado por los comisarios políticos de la Guerra fría. Y esa no era de
todos modos la única estrategia de liquidación intelectual que se ha puesto en
marcha bajo la púdica bandera de lo políticamente correcto. Paralelamente se ha
volatilizado también esta tradición crítica de la inteligencia luso-hispana en
el nombre sagrado de una emancipación surrealista del canon,
epistemológicamente sancionada con el cinismo del “anything goes” esgrimido por
los Feyerabend y Lyotard.
Pero tampoco terminaban aquí los enredos departamentales.
Implícitamente y con el gesto distraído de quien llega del shopping center el
latinoamericanismo preponderante en el mundo anglosajón ha identificado estos
escritores canónicos, ya sea Darcy Ribeiro, ya sea Augusto Roa Bastos, o el
mismo João Guimarães Rosa con la “ciudad letrada”, o sea, con proyectos
intelectuales nacionalistas y fundamentalmente reaccionarios, que la cultura
del espectáculo y sus misioneros hemisféricos de los cultural studies habrían
superado con su comprensión global de las cosas – en realidad otra operación de
fraude hermenéutico sobre el proyecto intelectual y político que atraviesa la
obra de Ángel Rama y la tradición crítica latinoamericana del siglo 20.
Sofía me había amonestado severamente en este sentido: “Las editoriales
anglosajonas no publican nada que tenga que ver con las literaturas de América
latina. Editan "cultural studies" de algún tipo y cualquier espécimen
de “teoría". ¡Tú siempre te confundes en ese punto, Eduardo! Crees que la
reflexión es "para" esos lugares y sujetos que constituyen el
“objeto” del latinoamericanismo. En realidad lo que importa es lo que América
latina es para Estados Unidos y Europa como espacio de colonización. La
"teoría" producida por la máquina académica sirve para deslegitimar
los discursos de la tradición crítica latinoamericana y someterla a una
dependencia de elaboración teórica desde el centro. Los que no se subsumen a
esa teorización como tú quedan silenciados. Se estudia de América latina lo que
quepa dentro de los preceptos de las nuevas teorizaciones, a su vez en
permanente estado de re-formulación. Con ello, se lanzan periódicamente
proyectos de reflexión que siempre quedan truncos, pues la nueva tendencia
teórica exige tornar la mirada hacia otras cosas. En esa rápida reconversión de
las teorías en el centro, Latinoamérica siempre parece rezagada. Y los
latinoamericanistas se quedan siempre reclamando una vocecita en un escenario
académico global en el que de todos modos están relegados de antemano al honroso
papel de watch’n wait”.
Plantear reflexivamente el canon de la literatura y las artes en las
culturas luso-hispanas significa, primeramente, debatir su no-lugar en el
panorama de la cultura global. Significa pensar los antecedentes, las causas y
las consecuencias de los fascismos del siglo 20, y su prolongación en las
renovadas formas de colonización económica y militarización de América latina
en la era de la Guerra global. Significa poner de manifiesto las estrategias
intencionales de falsificación, deformación y desinformación por parte de las
industrias culturales de Europa y los Estados Unidos, desde sus cadenas
corporativas de televisión a sus políticas editoriales. Supone también y
necesariamente una reflexión de las funciones de la academia global. Pero
comprende algo mucho más escandaloso todavía: un concepto radical de literatura
y de arte, de estética y filosofía, y de los significados de la crítica
intelectual – en una edad de escarnio mediático, censura académica y editorial,
y degradación espectacular de la cultura.
En lugar de examinar reflexivamente estos dilemas, que encierran con su
riqueza de matices un potencial inmenso de ideas y renovados proyectos
literarios, artísticos e intelectuales, este hispanismo preponderante ha optado
por una versión antihumanista de laissez-fair neoliberal: dejar que los grandes
autores del siglo 20 se diluyan bajo el peso muerto de su olvido en la
hojarasca de la producción comercial de ficción, y desguazar los momentos
álgidos del ensayo, el arte y la propia literatura lusohispanos en el
cementerio de automóviles de los cultural studies, donde fungen como material
de desecho para un positivismo sociológico sui generis destinado a un
irrelevante consumo intradepartamental. No satisfecho con esta carnicería hermenéutica,
el hispanismo anglosajón ha puesto en marcha otros fraudes complementarios: la
reconversión de la cultura a objeto de administración y espectáculo, la
reducción de la literatura a ficción (o lo que es peor, a su parodia académica
como “creative writing”), la subsiguiente colonización de las expresiones
artísticas bajo la preeminencia antiartística del Pop en las artes plásticas, y
la gasificación de la música y el arte populares latinos bajo los lenguajes y
los flujos monetarios globales, para coronar triunfalmente esta orgía de la
“irresponsabilidad intelectual organizada” (Wright Mills) en la evaporación del
ciudadano como consumidor en las redes de una sociedad civil electrónicamente
volatilizada.
– How can you talk about the department as a panocticum? – me espetó
entonces uno de los más entusiastas foucaultianos departamentales. Reconozco
que su indignación estaba plenamente justificada. En mi carta denunciaba la
impostura de hacer obligatorios a unos cursos de teoría que no tenían concepto de
sí mismos, y a un workshop para aprender a cocinar tesis doctorales cuya
ostensible función era la homologación de sus productos bajo normas
filosóficamente opacas y literariamente dudosas. También me había negado a
participar de una “review of student performance” que califiqué, efectivamente,
como “concepción panóptica de la creación intelectual que todo lo reduce a
performance, a todos convierte en reviewers de todos, y a todos controla por
medio de lenguajes y espacios espiritualmente vacíos”. Pero llamar a todo eso
panóptico foucaultiano significaba por mi parte una extrapolación
epistemológicamente arbitraria y una palmaria ofensa a la dignidad de los
postsujetos académicos.
Sofía ya me había puesto de manifiesto la gravedad de semejante
situación con mucha mayor elocuencia: “En el primer año los estudiantes entran
como mariposas aladas, bellas y coloridas, y al cabo de cuatro o cinco, salen
hechas unas orugas que a duras penas se arrastran por el suelo. La academia es
una máquina biopólitica que tecnifica los cuerpos y quiere construir sujetos
bien temperados. De ahí la obsesión con el método, con una concepción
tecnológica y tecnocrática de educación, para poder templar el conocimiento.
Las tesis son un género en su definición más literal: la reproducción de
convenciones de escritura que sólo son posibles a través del disciplinamiento.
La creación y la creatividad son justamente lo que ha de quedar fuera. Tratar
de incorporarlas es un ejercicio inútil que se aproxima al intento de lograr la
cuadratura del círculo: no se encuentra dentro de su definición”.
Pero insisto en que ese académico foucaultiano, más pedante todavía que
los escolásticos de Giordano Bruno, tenía toda la razón en sus manos. Mi
metáfora panóptica era imprecisa, imprudente e impropia. La había invocado tan
alegremente como suelen hacerlo los postintelectuales de la newest left
académica, o sea, a título de gadget legitimatorio, y a sabiendas de que el
sistema de control corporativo del conocimiento discurre por canales diferentes
y mucho más expeditivos. Durante el último año académico, sin ir más lejos, los
estudiantes departamentales se quejaron en numerosas ocasiones del control
administrativo de su correo electrónico, y protestaron por sus teléfonos
pinchados, y por las presiones y chantajes personales que recibían por parte
del cuerpo profesoral.
En nuestra era orwelliana la crítica de los panópticos es una artimaña
retórica tan piadosa como la defensa de los derechos de los animales en tiempos
de tortura posthumana en prime time. Sofía también me había avisado sobre este
fenómeno. “Un amigo estaba dictando un curso en ese departamento y los
estudiantes se quejaron porque hacía divagaciones y se desviaba del tema. Se le
hizo una "investigación", se le sometió a una "vigilancia"
de las clases. Estos son los términos con los cuales sus colegas le explicaron
el procedimiento, mientras él sostenía en su mano un ejemplar de "Vigilar
y castigar" de Foucault, un "prop" que habíamos preparado de
antemano para probar hasta qué punto podrían darse cuenta del doble discurso
que manejan. Pues, obviamente, los señores, que con rostro severo y leves
inclinaciones de cabeza hacia un lado u otro para indicar su grado de
consternación, en las horas en que no se dedican a juzgar a sus colegas leen
Foucault, lo incluyen en sus cursos y se hacen pasar por críticos del orden
imperante. Ciertamente, esto podría inducirnos a pensar hasta dónde la crítica
de Foucault encuentra fácilmente una inserción dentro del mismo orden de
vigilancia y castigo que supuestamente denuncia. Es decir, hasta dónde las
"teorías" que encuentran una amistosa recepción y una fructífera
reproducción académica no son apenas unos paliativos para estos "willing
executioners", quienes a través de ellas encuentran una figura para
distanciarse de lo que hacen. El verdugo del Soviet actuaba en nombre del
partido, un ente abstracto sobre el cuál recaía la responsabilidad. Aquí se
reclama la "obediencia debida" sobre la base de que, hélas, il n'ya
pas de dehors.”
Esta abolición primordial de toda alternativa experimental, de
cualquier fuga intelectual fuera del reino monolítico de un pensamiento único y
un único destino apocalíptico de la historia, lo mismo se trate de la guerra de
misiles con cabezas micronucleares, que la reclusión de toda crítica en los
campos de exterminio intelectual de los cultural studies se efectúa, en primer
lugar, en el medio del lenguaje, no del panóptico. Tiene lugar a través de
palabras, mediante las construcciones categoriales y la producción
admninistrativa de modelos de pensamiento predefinidos, sobre los que hacerse
preguntas en la academia es tan aventurado y expuesto hoy como lo era hacerse
cábalas en tiempos de la Inquisición. Y cuya función reside asimismo en filtrar
la realidad, incapacitar el pensamiento, y eliminar cualquier proceso autónomo
de reflexión y conocimiento.
Sin embargo, hubiera deseado responder a mi engolado foucaultiano por
lo menos con su misma insolencia. – No, no es un panóptico – le habría
replicado. – La estructura de este interrogatorio departamental al que Ustedes
me someten obedece más bien a la regla de oro de los juicios inquisitoriales:
ocultar en los términos del interrogatorio disciplinario el real motivo de la
condena. Recuerden a Luis de León – pudiera haberles dicho como colofón erudito
y pretencioso –. Todavía hoy el rancio hispanismo hispánico se entretiene
perezosamente con la casuística de un malentendido pornográfico que los
tribunales eclesiásticos invocaron contra su traducción del prohibido Cantar de los cantares. Los frailes de
la Inquisición habían husmeado en uno de sus versos el bello vello del pubis
femenino, dónde el erudito de origen judío traducía del hebreo por la seducción
de la mirada de Sofía a través de sus cabellos caídos. Pero el motivo real que
los inquisidores no querían ni podían poner de manifiesto no eran sus
retorcidas fantasías sexuales, sino el significado reparador y restaurador de
la unión amorosa, y sus dimensiones místicas y cósmicas de un retorno al
paraíso, el centro espiritual que anima aquellos poemas bíblicos, y cuyo
sentido la Iglesia cristiana tenía que destruir si pretendía erigir su falso
mesianismo en principio constituyente de su imperialismo apocalíptico.
Todo eso hubiera debido de responder a mi vigilante y castigador
foucaultiano. Pero no lo hice. Llegado a aquel extremo del interrogatorio
departamental me sentía abatido y sin fuerzas. La insidia de las preguntas, la
ceguera de sus absurdas acusaciones, la prepotencia que les daba actuar
gregariamente como un solo cuerpo, todo ello me había dejado rendido,
aplastado, derrotado. En mi profunda desolación recordaba las desesperadas
palabras finales que Sofía me había confesado: “La academia anglo-sajona ha
hecho todo lo posible en los últimos veinte o treinta años por declarar la
liberación como una meta no necesaria ni deseable. Con una impostura
pseudo-Nietzscheana – y por supuesto, sin haber leído a Nietzsche – se ha
dedicado a la preparación del "último hombre". Coincide en ello con
la forma más descarada del sistema económico, el cual ha adoptado el deseo
secreto del apocalipsis y el fin del mundo como horizonte. Nada hay que salvar
en un mundo que se ha entregado a su deseo de muerte para no tener que
involucrarse con la vida.”
No despegué los labios. Por el contrario. Me dejé hundir en el sillón
con un gesto de cansancio e indiferencia. Nada había que decir a un tribunal
que sólo deseaba amortajarme en su ceguera. Y dejé que las cosas fluyeran como
las aguas turbias de un río después de la tormenta. Aconteció entonces lo que
de todas maneras se podía preveer. Lenta, morosa, torpemente, como si se
tratase de una procesión mortuoria, las cosas volvían a la normalidad de sus
cauces rutinarios. Paulatinamente los postsujetos académicos recobraron sus
voces de ventrílocuos. Sus miradas se serenaron. Desapareció la vehemencia de
sus gestos. Sus rostros recuperaron su regular palidez mortecina. Y se
reconfirmó que el canon se lo dejaba de lado. Y se habló de dinero. Se aumento
el número de jueces para la aprobación de tesis doctorales. Se leyeron los
nuevos reglamentos del workshop. Y se volvió a hablar de dinero. Se admitieron
a dos estudiantes destacados por el director para un comité de seis a titulo de
generosa cogestión departamental. Se pasó finalmente revista a la performance
de los estudiantes de doctorado. Y se dio por terminada la sesión.
En un gesto de fingido relajamiento se sacaron entonces Coca-colas y se
repartieron sándwiches de jamón y queso. Me puse en pie. En el aire sórdido de
la sala se podían presentir los vaticinios de un aciago futuro. Durante unos
minutos contemplé en hermético silencio el desplazamiento hormigueante de
aquellas personas en la angosta sala. Ninguna de ellas se atrevió a cruzar mi
mirada. Tal vez les quedaba algo de vergüenza y eso pudiera interpretarse como
un último signo de esperanza. Me despedí con un gesto mínimo que no encontró
respuesta. Y cuando ya cruzaba el umbral de la puerta, uno de los profesores se
acercó a mí, y con un gesto seductor, casi femenino, me susurró al oído: –
¡Todo ha sido un malentendido!
***
Epílogo
“…Me gusta tu juicio bufo y me divierte el uso que haces de mis citas.
Te di mis razones más materiales y banales para no querer figurar con nombre y
apellido. Las hay de forma también. El juicio gira alrededor de lo que te pasó
en esa situación concreta -representativa de todo el establishment, como bien
muestras- pero una situación de la que no participé directamente. Las citas
parecen como intervenciones mías directas. Hay una que dice que "no saben
nada" lo que parece incluso un ataque personal. No quiero meterme de esa
manera con ellos. Justamente porque lo mío no es personal.
Mi reflexión busca entender lo que está pasando dentro de estos
recintos, no para descalificarlos como personas capaces o incapaces de hacer su
labor. Me interesa el proceso de metamorfosis que los convierte en
funcionarios. Me produce enorme curiosidad entender qué tipo de personas pueden
hacer este trabajo sin que esto les produzca una crisis espiritual, psíquica,
emocional.
La academia, mi querido, se ha convertido en un bastión de la
intolerancia. Tú y yo hemos heredado de nuestros ancestros judíos y aprendido
en nuestra formación alemana de pos-guerra esa alerta permanente ante el
peligro. Las situaciones por las que han debido pasar los Adorno y Horkheimer,
Benjamin, Bloch o Arendt se me hacen cada vez más claras. La diferencia es que
ellos sabían por qué, la razón de la persecución se publicaba por todas partes.
En el mundo que nos ha tocado vivir, el terror se hace en nombre de la
democracia, de los derechos humanos, de la tolerancia.
La cólera que suscitaron tus intervenciones no tiene que ver con los
estudios hispánicos, ni tu visión de ellos. Ese es un punto menor y la supuesta
libertad de cátedra hace que todo debate se disuelva en cuestión de gustos y
preferencias. Creo que los ataques contradictorios, los disparos desde
distintos ángulos y en toda dirección tienen que ver con el desespero mismo de
ver cómo se fractura la máscara, cuán poco se puede sostener en el mundo de
hoy, y cómo en esas condiciones se desmorona la pretensión de que uno trabaja
dentro del sistema pero no para él. Tus analogías con la Inquisición son más
certeras de lo que a primera vista parece. Tú comparas en términos de forma, yo
diría que es cuestión de contenidos: lo que hay en estos procesos de
disciplinamiento es una expurgación de herejes, de conversos falsos, de impíos.
Hace unos días tomé un café con un amigo que escribe crítica de la
economía política y ataques muy bien montados contra los economistas de la globalización.
Me contó que en la Unión Europea ya se ha regulado de manera unificada que NO
se dicta historia del pensamiento económico en las facultades. En las de
literatura hace un buen rato que se disolvió la enseñanza de las dimensiones
históricas al convertir todo en juego de lenguaje. Aunque no parezca posible,
incluso en los departamentos de historia no se hacen trabajos diacrónicos. La
investigación suele hacerse sobre casos específicos en periodos específicos; se
meten en un rinconcito del pasado y desentierran momentos de cositas que
componen nuestra realidad presente, pero no se ocupan de procesos.
En este mundo de la democracia comunicativa, cuanta más información
haya sobre cada cosa, pues mejor. No hay posibilidad alguna de que se produzca
una síntesis, ni se comprenda un proceso. Esta es la censura al revés. No
prohíben que se diga nada. Lo que han logrado es que todo decir se pierda en la
insignificancia. Sólo había que deshacerse de dos cosas: la filosofía y la
historia. Para eso, la filosofía se redujo a juegos lógicos y la historia se
relativizó como si fuera tan sólo un relato más. Una vez retirados los
obstáculos que exigen que las cosas se piensen en profundidad, estamos en el
mejor de los mundos posibles. Si nos aseguramos de que la gente no se entere de
las posibilidades que se han pensado para la humanidad, opciones cuyo curso tal
vez no se tomó, pero que están llenas de potencial creativo, tenemos a todos
concentrados en la eterna prolongación del presente.
La gran transformación es en dos frentes: el sistema
jurídico y el educativo. O sea, lo mismo que la evangelización en la América
hispana, con su disciplinamiento de los cuerpos. Como siempre, las diferencias
se manifiestan de maneras muy concretas a nivel de los ingresos, pero se construyen
al nivel de los órdenes de la ley y la cultura. La obsesión con la ética es una
parte funcional de esto, en la medida en que busca la construcción de una
mores, una Sittlichkeit. El nuevo sujeto bien temperado del nuevo orden está
siendo disciplinado por una Sittlichkeit del consumo, para el consumo. Sus
temporalidades han de ser cortas. Su necesidad de renovación ha de ser
constante. Lo que era una subversión al orden burgués y su
apego a la familia como unidad social es hoy por hoy una exigencia del sistema:
más individualismo, transformación y cambio permanentes, nueva pareja cada
cuatro o cinco años, tal como se renuevan coche, casa, televisor, computadora,
lavadora, teléfono celular u otras cosas. Lo que construya continuidades y
trascendencia en el tiempo es lo que se rechaza...”
Sofía
(7 de Agosto, 2006)
***
Epistola Departamental
Princeton, 11 de mayo, 2006
Distinguidos profesores,
Quiero plantearles cuatro dilemas. El primero tiene que ver con el
curso de teoría. Este curso nunca ha tenido un concepto de si mismo. Cuando
hace tres años propuse una introducción estética como alternativa a su perfil
volátil, me dijeron que no podía darlo porque una cosa era teoría y otra
estética, lo que cito a título de oscurantismo departamental. En la práctica
este curso es un collage arbitrario y sin una función transparente. Esta clase
de programas híbridos se pueden justificar como un overview elemental. Pero
incluso o precisamente en este caso no es intelectualmente legitimo hacerlo
obligatorio. Es obvio que los estudiantes deberían realizar cursos teóricos.
Constantemente he recibido protestas contra la banalidad de estas
introducciones. “Pretender que un par de sesiones sobre Lacan significa hacer
teoría es irresponsable” – me decía recientemente un estudiante que no quiere
dar su nombre. Y no de dejado de recibir demandas de auténticos cursos teóricos
con problemas intelectuales definidos. Pero en ningún caso deben tener un
carácter compulsorio, ni someterse al principio de pass or fail.
Segundo: el Workshop. Escuche una vez a una profesora del departamento
decir que eran verdaderas orgías colectivas de creatividad. Pero un estudiante
también lo definió como ejercicio de uncreative writing destinado a mutilar la
imaginación, someter a los estudiantes a modelos controlables de uniformidad
intelectual y atemorizarlos bajo el ultimátum de la profesionalidad. Creo que
este worksop debe sustituirse por tres medidas simples:
1. Las normas formales de redacción y composición, bibliografías,
puntuaciones y otros requisitos administrativos se pueden redactar en un par de
cuartillas y distribuir a los interesados sin mayores preámbulos.
2. Las definiciones sobre lo que las tesis, la investigación y la
creación literaria académica puedan, tengan o no deban de ser han de hacerse de
manera abierta, como discusiones en torno a concepciones y criterios diferentes
de los diferentes profesores y estudiantes.
3. Las definiciones de método, forma, composición y estilo de las tesis
doctorales no son únicas, ni unívocas. El estudiante puede y debe discutirlas y
negociarlas con los advisers que considere más próximos a su sensibilidad y
conciencia intelectual.
Tengo que mencionar en este contexto la limpia propuesta del doctorando
Chris van Ginhoven:
“El workshop (debe) consistir en el cuestionamiento de las definiciones
existentes y en el planteamiento de nuevas formas por parte de los estudiantes,
y no en un recetario sobre como escribir un proposal exitoso. Es decir, tiene
que haber una discusión abierta sobre las limitaciones en las formas existentes
y las posibilidades de redefinición de un genero tan desdichado como la tesis.”
En tercer lugar quiero plantear el tema del reading list. Hace un año se asumió su necesidad y se planteó su
reforma. Luego, por algún motivo inespecífico, el asunto quedó olvidado. Quiero
recordar que esta lista no tiene que ser la instauratio magna del hispanismo.
Mucho menos es sinónima de un canon provisto de poderes normativos bajo los que
se deba someter al estudiante a exámenes compulsorios dotadas de dimensiones
punitivas. Es, por el contrario, un instrumento didáctico. Su función es
orientadora y constituye un horizonte teórico imprescindible en torno a
categorías historiográficas, filosóficas y políticas de los estudios
latinoamericanos, hispanísticos e ibéricos. Por esto no la concibo tampoco como
un corpus cerrado, sino como una geopolítica literaria en perpetuo dinamismo.
No necesito subrayar que la actual reading list es un monumento a la
desinteligencia.
Por último, señalaré un conflicto abierto. Este año ha estado marcado
por una huelga que ha puesto de manifiesto más sombras que luces de nuestro
sistema académico. Contamos, sin embargo, con un
testimonio privilegiado: el de la estudiante Danielle Carlo, por mucho que
algunos de ustedes no quieran ni siquiera reconocer su existencia. Les
recordaré los dos motivos musicales dominantes de su manifiesto. Primero: la
conciencia de un vacío espiritual, el predominio de un deprimente silencio y su
manifestación inmediata en la ausencia de una auténtica comunidad intelectual
en los espacios académicos. La insistencia de esta reunión de profesores en la
categoría de profesión y profesionalidad, cuyo arcaico origen confesional es
cómplice de su postmoderno sentido antiartístico y antiintelectual, y su
apertura con una “review of student performance” me parecen problemáticos
precisamente desde esta perspectiva. Ponen de manifiesto una concepción
panóptica de la creación intelectual que todo lo reduce a performance, a todos
convierte en reviewers de todos, y a todos controla por medio de lenguajes y
espacios espiritualmente vacíos: en lugar de generar espacios abiertos de
diálogo transparente, de confrontación real y no performática de ideas y
realidades, y de una creación intelectual no uniformada.
No to silence, el manifiesto de Carlo describe un segundo y valioso motivo: la
reivindicación de los estudiantes como voces intelectuales autónomas en una
edad de uniformidad cultural, escarnio institucional y violencia global.
Gracias por su inmerecida atención:
E.S.
*
Playa de Negril