sábado, 11 de mayo de 2013

Thelma Toole

John Kennedy Toole


Es inevitable mirar a la camarera cuando se acerca a nuestra mesa; no es posible sustraerse a su voluptuosidad, es inútil tratar de apartar los ojos de esa sensualidad neumática, casi… violenta. C. y yo nos miramos, sonreímos y callamos. ¿Para qué hablar? Somos ya mayores y los dos pensamos que, cuando se llega a determinada edad, lo mejor es no estropear los sobreentendidos con palabras. Mientras charlamos largo y tendido de asuntos serios e importantes, reparo en que a lo largo de esta semana no he podido quitarme de la cabeza la pregunta que, como las aves migratorias, retorna cada año a mi mente durante la semana en la que se celebra el así llamado día de la madre. Se trata, pienso, de una pregunta sin respuesta, así que, como todos los años, la dejo estar ahí y me resigno a que se aloje en mi cerebro hasta que se cansa de molestarme y vuela de nuevo en busca de otros parajes y climas acogedores. Con respecto a la maternidad, me parece que lo único que uno puede hacer es guardar silencio y no hacer el ridículo reiterando lugares comunes. Para olvidar o al menos soportar la fastidiosa presencia de esa pregunta que no tiene respuesta, he revisitado algunas páginas de la Investigación sobre los principios de la moral de Hume, aunque sospecho que, inconscientemente, andaba buscando el pasaje en el que Hume dice que “en todos los seres sensibles, la ternura hacia sus retoños suele ser suficiente para contrarrestar los más fuertes motivos del egoísmo”. Bien, no intentaré decir algo interesante; sin más preámbulos, homenajeo como creo que es debido a Thelma Toole, una madre gracias a la cual millones de lectores pudimos disfrutar de un gran libro. ¿Cómo pudo John Kennedy Toole escribir semejante genialidad con apenas veinte años? ¿No es la expresión de Thelma Toole entrañablemente irónica y aun rabelesiana, o es un pensamiento mío que debo desechar? La historia de La conjura de los necios es de sobra conocida, pero creo que merece la pena tomarse la molestia de sacar del estante el fatigadísimo ejemplar que me regaló mi hermano hace muchos años y copiar como un amanuense disciplinado el prólogo que Walker Percy escribió para la primera edición. Ahí va:       

Thelma Toole

“Quizás el mejor modo de presentar esta novela (que en una tercera lectura me asombra aún más que la primera) sea explicar mi primer contacto con ella. En 1976, yo daba clases en Loyola y, un buen día, empecé a recibir llamadas telefónicas de una señora desconocida. Lo que me proponía esta señora era absurdo. No se trataba de que ella hubiera escrito un par de capítulos de una novela y quisiera asistir a mis clases. Quería que yo leyera una novela que había escrito su hijo (ya muerto) a principios de la década de 1960. ¿Y por qué iba a querer yo hacer tal cosa?, le pregunté. Porque es una gran novela, me contestó ella.
Con los años, he llegado a ser muy hábil en lo de eludir hacer cosas que no deseo hacer. Y algo que evidentemente no deseaba era tratar con la madre de un novelista muerto; y menos aún leer aquel manuscrito, grande, según ella, y que resultó ser una copia a papel carbón, apenas legible.
Pero la señora fue tenaz; y, bueno, un buen día se presentó en mi despacho y me entregó el voluminoso manuscrito. Así, pues, no tenía salida; sólo quedaba una esperanza: leer unas cuantas páginas y comprobar que era lo bastante malo como para no tener que seguir leyendo. Normalmente, puedo hacer precisamente esto. En realidad, suele bastar con el primer párrafo. Mi único temor era que esta novela concreta no fuera lo suficientemente mala o fuera lo bastante buena y tuviera que seguir leyendo. 
En este caso, seguí leyendo. Y seguí y seguí. Primero, con la lúgubre sensación de que no era tan mala como para dejarlo; luego con un prurito de interés; después con una emoción creciente y, por último, con incredulidad: no era posible que fuera tan buena. Resistiré la tentación de explicar al lector cuál fue (sic) lo primero que me dejó boquiabierto, que me hizo sonreír, reír a carcajadas, mover la cabeza asombrado. Es mejor que lo descubra por sí mismo.
He aquí a Ignatius Reilly, sin progenitor en ninguna literatura que yo conozca (un tipo raro, una especie de Oliver Hardy delirante, Don Quijote adiposo y Tomás de Aquino perverso, fundidos en una violenta rebeldía contra toda la edad moderna, tumbado en la cama con su camisón de franela, en el dormitorio de su hogar de la Calle Constantinopla de Nueva Orleans, llenando cuadernos y cuadernos de vituperios entre gigantescos accesos de flato y eructos.
Su madre opina que debe salir a trabajar. Lo hace y desempeña una serie de trabajos, cada uno de los cuales se convierte en seguida en una aventura disparatada, en un desastre total; sin embargo, todos estos casos, tal y como sucede con Don Quijote, poseen una extraña lógica propia.
Su novia, Mirna Minkoff, del Bronx, cree que lo que Ignatius necesita es sexo. Las relaciones de Mirna e Ignatius no se parecen a ninguna historia “chico-encuentra-chica” que yo conozca.
Otro aspecto a destacar en la novela de Toole es el reflejo de las particularidades de Nueva Orleans, sus callejuelas, sus barrios  apartados, sus peculiaridades lingüísticas, sus blancos étnicos…y un negro con el que Toole logra casi lo imposible, un soberbio personaje cómico, de gran talento y habilidad, sin el menor rastro de caricatura racista.
No obstante, el mayor logro de Toole es el propio Ignatius Reilly, intelectual, ideólogo, gorrón, holgazán, glotón, que debería repugnar al lector por sus gargantuescos banquetes, su retumbante desprecio y su guerra individual contra todo el mundo: Freud, los homosexuales, los heterosexuales, los protestantes y todas las abominaciones de los tiempos modernos. Imaginemos un Tomás de Aquino trastornado en una Nueva Orleans desde donde hace una disparatada correría cruzando los pantanos hasta la universidad estatal de Louisiana, a Baton Rouge, donde le roban la chaqueta de maderero mientras está sentado en el retrete de caballeros de la facultad, abrumado por elefantíacos (sic) problemas gastrointestinales. A Ignatius se le cierra periódicamente la válvula pilórica como reacción a la ausencia de una “geometría y teología adecuadas” en el mundo moderno.
No sé si utilizar el término comedia (aunque comedia es), pues el hacerlo implicaría que se trata simplemente de un libro divertido, y esta novela es muchísimo más. Decir que es una gran farsa estruendosa de dimensiones falstaffianas sería una descripción más exacta, se aproximaría mucho más al término commedia.
También es triste. Y uno nunca sabe de dónde viene la tristeza, si de la tragedia que hay en el corazón de las grandes cóleras gaseosas y las lunáticas aventuras de Ignatius, o de la tragedia que rodea al propio libro. 
La tragedia del libro es la tragedia del autor: su suicidio en 1969, a los treinta y dos años. Y otra tragedia es la posible gran obra que con su muerte se nos ha negado.
Es una verdadera lástima que John Kennedy Toole ya no esté entre nosotros, escribiendo. Pero nada podemos hacer, salvo procurar que al fin esta tragicomedia humana, tumultuosa y gargantuesca, pueda llegar a un mundo de lectores”.

(WALKER PERCY)