John Kennedy Toole
Es inevitable mirar a la camarera cuando se acerca a nuestra mesa; no es posible sustraerse a su voluptuosidad, es inútil tratar de apartar los ojos de esa sensualidad neumática, casi… violenta. C. y yo nos miramos, sonreímos y callamos. ¿Para qué hablar? Somos ya mayores y los dos pensamos que, cuando se llega a determinada edad, lo mejor es no estropear los sobreentendidos con palabras. Mientras charlamos largo y tendido de asuntos serios
e importantes, reparo en que a lo largo de esta semana no he podido quitarme de
la cabeza la pregunta que, como las aves migratorias, retorna cada año a mi
mente durante la semana en la que se celebra el así llamado día de la madre. Se trata, pienso, de una
pregunta sin respuesta, así que, como todos los años, la dejo estar ahí y me resigno
a que se aloje en mi cerebro hasta que se cansa de molestarme y vuela de nuevo en
busca de otros parajes y climas acogedores. Con respecto a la maternidad, me parece que lo único que uno puede hacer es guardar silencio y no hacer el ridículo reiterando lugares comunes. Para olvidar o al menos soportar la fastidiosa presencia de esa pregunta que no tiene respuesta, he revisitado
algunas páginas de la Investigación sobre
los principios de la moral de Hume, aunque sospecho que, inconscientemente,
andaba buscando el pasaje en el que Hume dice que “en todos los seres
sensibles, la ternura hacia sus retoños suele ser suficiente para contrarrestar
los más fuertes motivos del egoísmo”. Bien, no intentaré decir algo interesante; sin más preámbulos,
homenajeo como creo que es debido a Thelma Toole, una madre gracias a la cual
millones de lectores pudimos disfrutar de un gran libro. ¿Cómo pudo John
Kennedy Toole escribir semejante genialidad con apenas veinte años? ¿No es la
expresión de Thelma Toole entrañablemente irónica y aun rabelesiana, o es un
pensamiento mío que debo desechar? La historia de La conjura de los necios es de sobra conocida, pero creo que merece
la pena tomarse la molestia de sacar del estante el fatigadísimo ejemplar que
me regaló mi hermano hace muchos años y copiar como un amanuense disciplinado
el prólogo que Walker Percy escribió para la primera edición. Ahí va:
Thelma Toole
“Quizás el mejor
modo de presentar esta novela (que en una tercera lectura me asombra aún más
que la primera) sea explicar mi primer contacto con ella. En 1976, yo daba
clases en Loyola y, un buen día, empecé a recibir llamadas telefónicas de una
señora desconocida. Lo que me proponía esta señora era absurdo. No se trataba
de que ella hubiera escrito un par de capítulos de una novela y quisiera
asistir a mis clases. Quería que yo leyera una novela que había escrito su hijo
(ya muerto) a principios de la década de 1960. ¿Y por qué iba a querer yo hacer
tal cosa?, le pregunté. Porque es una gran novela, me contestó ella.
Con los años, he
llegado a ser muy hábil en lo de eludir hacer cosas que no deseo hacer. Y algo
que evidentemente no deseaba era tratar con la madre de un novelista muerto; y
menos aún leer aquel manuscrito, grande,
según ella, y que resultó ser una copia a papel carbón, apenas legible.
Pero la señora
fue tenaz; y, bueno, un buen día se presentó en mi despacho y me entregó el
voluminoso manuscrito. Así, pues, no tenía salida; sólo quedaba una esperanza:
leer unas cuantas páginas y comprobar que era lo bastante malo como para no
tener que seguir leyendo. Normalmente, puedo hacer precisamente esto. En
realidad, suele bastar con el primer párrafo. Mi único temor era que esta
novela concreta no fuera lo suficientemente mala o fuera lo bastante buena y
tuviera que seguir leyendo.
En este caso,
seguí leyendo. Y seguí y seguí. Primero, con la lúgubre sensación de que no era
tan mala como para dejarlo; luego con un prurito de interés; después con una
emoción creciente y, por último, con incredulidad: no era posible que fuera tan
buena. Resistiré la tentación de explicar al lector cuál fue (sic) lo primero
que me dejó boquiabierto, que me hizo sonreír, reír a carcajadas, mover la
cabeza asombrado. Es mejor que lo descubra por sí mismo.
He aquí a
Ignatius Reilly, sin progenitor en ninguna literatura que yo conozca (un tipo
raro, una especie de Oliver Hardy delirante, Don Quijote adiposo y Tomás de
Aquino perverso, fundidos en una violenta rebeldía contra toda la edad moderna,
tumbado en la cama con su camisón de franela, en el dormitorio de su hogar de
la Calle Constantinopla de Nueva Orleans, llenando cuadernos y cuadernos de
vituperios entre gigantescos accesos de flato y eructos.
Su madre opina
que debe salir a trabajar. Lo hace y desempeña una serie de trabajos, cada uno
de los cuales se convierte en seguida en una aventura disparatada, en un
desastre total; sin embargo, todos estos casos, tal y como sucede con Don
Quijote, poseen una extraña lógica propia.
Su novia, Mirna
Minkoff, del Bronx, cree que lo que Ignatius necesita es sexo. Las relaciones
de Mirna e Ignatius no se parecen a ninguna historia “chico-encuentra-chica”
que yo conozca.
Otro aspecto a
destacar en la novela de Toole es el reflejo de las particularidades de Nueva
Orleans, sus callejuelas, sus barrios
apartados, sus peculiaridades lingüísticas, sus blancos étnicos…y un
negro con el que Toole logra casi lo imposible, un soberbio personaje cómico,
de gran talento y habilidad, sin el menor rastro de caricatura racista.
No obstante, el
mayor logro de Toole es el propio Ignatius Reilly, intelectual, ideólogo,
gorrón, holgazán, glotón, que debería repugnar al lector por sus gargantuescos
banquetes, su retumbante desprecio y su guerra individual contra todo el mundo:
Freud, los homosexuales, los heterosexuales, los protestantes y todas las
abominaciones de los tiempos modernos. Imaginemos un Tomás de Aquino
trastornado en una Nueva Orleans desde donde hace una disparatada correría
cruzando los pantanos hasta la universidad estatal de Louisiana, a Baton Rouge,
donde le roban la chaqueta de maderero mientras está sentado en el retrete de
caballeros de la facultad, abrumado por elefantíacos (sic) problemas
gastrointestinales. A Ignatius se le cierra periódicamente la válvula pilórica
como reacción a la ausencia de una “geometría y teología adecuadas” en el mundo
moderno.
No sé si utilizar
el término comedia (aunque comedia es), pues el hacerlo implicaría que se trata
simplemente de un libro divertido, y esta novela es muchísimo más. Decir que es
una gran farsa estruendosa de dimensiones falstaffianas sería una descripción
más exacta, se aproximaría mucho más al término commedia.
También es
triste. Y uno nunca sabe de dónde viene la tristeza, si de la tragedia que hay
en el corazón de las grandes cóleras gaseosas y las lunáticas aventuras de
Ignatius, o de la tragedia que rodea al propio libro.
La tragedia del
libro es la tragedia del autor: su suicidio en 1969, a los treinta y dos años.
Y otra tragedia es la posible gran obra que con su muerte se nos ha negado.
Es una verdadera
lástima que John Kennedy Toole ya no esté entre nosotros, escribiendo. Pero
nada podemos hacer, salvo procurar que al fin esta tragicomedia humana, tumultuosa
y gargantuesca, pueda llegar a un mundo de lectores”.
(WALKER
PERCY)