domingo, 4 de mayo de 2014

Buenismo, lenguaje y hartazgos



Es necesario que comiencen a escuchar a una abrumadora mayoría de la sociedad que, en línea con el aumento de la concienciación social sobre la defensa de los animales, se opone a este asesinato (sic) de un animal”
[Parágrafo 6 del manifiesto contra el denominado “Toro de la Vega” difundido en septiembre de 2013 por AIUDA (Asociación Interuniversitaria para la Defensa de los Animales)]

“Un torero, un ganadero y el ministro peor valorado de la historia de nuestra democracia haciéndose la foto en la Biblioteca Nacional. Qué contrasentido. Enrique Ponce (el matador), Carlos Núñez (que es presidente de la Unión de Criadores de Toros de Lidia) y José Ignacio Wert (ministro de Educación, Cultura y Deporte) se valieron de la nobleza inherente a una biblioteca y, mancillando la natural esencia de los libros (pacífica, razonadora), presentaron un plan para el ejercicio de la sangre taurómaca, es decir, para el innoble acto de torturar y asesinar (sic) animales (toros, caballos, vaquillas, becerros) por puro vicio y diversión”.
[Ruth Toledano, “El trío de los horrores”, artículo publicado en Eldiario.es, 22/12/2013]

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En las primeras páginas de Actos de habla. Una filosofía del lenguaje, John Searle enunció el denominado “principio de expresabilidad”, principio de acuerdo con el cual “para cualquier significado X y para cualquier hablante H, siempre que H quiere decir (intenta transmitir, desea comunicar) X entonces es posible que exista una expresión E tal que E es una expresión exacta de, o formulación de X”. Simbólicamente:

“(H) (X) (H quiere decir X––> P ( E) (E es una expresión exacta de X))”

Nadie puede sostener con seriedad que en las corridas de toros y en el así llamado Toro de la Vega el toro no muere –o, mejor dicho, que el toro no "es matado" por un ser humano–. Más problemático es afirmar que el toro es “asesinado”. Esto es exactamente lo que se dice en los dos fragmentos arriba reproducidos. Más allá de que el ser humano también es un animal –los autores de ambos textos deberían haber precisado, por lo tanto, que hablaban de animales no humanos–, resulta lógica y ontológicamente imposible “asesinar” a un toro, dado que el asesinato, delito tipificado en los artículos 139 y 140 del vigente Código Penal, no es más que un homicidio agravado, y que el homicidio, ilícito tipificado en el art. 138 del mismo cuerpo normativo, es, por definición, sólo y exclusivamente la muerte de un ser (o animal) humano a manos de otro ser (o animal) humano. Deslices léxicos y desahogos semánticos de este tipo –en los que la expresión (E) no es en modo alguno la formulación exacta del significado (X)– sobreabundan en los artículos sobre –o, mejor dicho, contra– las distintas manifestaciones de la tauromaquia. Se me dirá que los detractores de las corridas de toros y del Toro de la Vega, entre otros festejos que, a juicio de quienes abominan de los mismos, deberían ser prohibidos –no entraré a discutir este extremo porque no tengo una opinión bien formada al respecto– ignoran abiertamente el principio de expresabilidad y recurren a sinsentidos lingüísticos con el único propósito de enfatizar, en el plano performativo, sus sentimientos de repudio a unas prácticas que consideran crueles y bárbaras, o que tales inexactitudes están justificadas porque se enmarcan en el uso de lo que, en su ya clásica Teoría del lenguaje, Bühler denominó la función expresiva o emotiva del lenguaje. No habría problema alguno en admitir esta clase de alegaciones si quienes recurren a sinsentidos lingüísticos como el que se ha señalado admitieran expresamente que es justamente eso, usar el lenguaje con una función puramente emotiva, lo que hacen, pero tiene uno la impresión, o la sospecha, de que los antitaurinos no sólo se consideran a sí mismos los titulares del monopolio de la sensibilidad moral, sino también, o sobre todo, de la Razón, así, con mayúscula, y es precisamente eso, el hecho de que se consideren infinitamente más racionales que los taurinos, lo que, conjetura uno, les impide darse cuenta de que algunos de sus argumentos recurrentes –o, tal vez mejor, algunos de los enunciados con los que frecuentemente expresan tales argumentos– empezarían a ser realmente racionales si tomasen la decisión de usar el lenguaje con propiedad de una buena vez. Iba a escribir “de una puta vez”, pero tampoco es cuestión de alterarse por nimiedades.

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