Improbables icebergs en las Islas canarias. Foto de María Boston.
Nota bene: Regina Salcedo Irurzun me quiere demasiado y tuvo el detalle de
colgar en su blog –poemas de una muerta viviente– una reseña exageradamente
encomiástica de Vacancias el mismo
día que escribí un post sobre la publicación del poemario. Se trata, en
realidad, del escrito que me remitió cuando le mandé la maqueta del libro
pidiéndole su opinión. Me importa subrayar que, en la reseña de su blog, Regina
pretirió, editing mediante, los
justificados guantazos que, como buena lectora de poesía –y como buena poeta–,
me dio en su texto original. Byung-Chul Han habla en La sociedad del cansancio del “egocentrismo autista” y de la “carencia
de negatividad”. Seré autistamente egocéntrico y transcribiré la reseña de
Regina sin sus merecidos guantazos –i. e., sin negatividad–, aunque he hecho un
pequeño editing de su texto. Ahí va:
Vacancias, de Pablo Miravet
(por Regina Salcedo Irurzun):
Los
poemas de Pablo Miravet requieren una lectura (e incluso una relectura) atenta
y concentrada. Exigen un tipo de lector dispuesto a colaborar, a reflexionar, a
detenerse, requerimientos que hoy en día, en una sociedad cada vez más
adormecida y perezosa, no son precisamente los que triunfan.
Pero tras el esfuerzo –que deberíamos empezar a recuperar como algo positivo y enriquecedor– encontramos gratas recompensas como estas: el envidiable manejo que Miravet hace del lenguaje, preciso y meditado al milímetro. Es difícil encontrar una palabra que no esté justificada y esa exactitud confiere a los poemas un gran poder expresivo y evocador.
Son, además, poemas que proponen ideas, enfoques novedosos, donde hay una visión del mundo lúcida y muy personal y, sin embargo, no resultan sentenciosos: tienen la suficiente apertura como para dejar que el lector elabore sus propias interpretaciones. Esto le otorga al libro una virtud importante, es de esos textos que parecen inagotables.
Incluso el ritmo, que al principio puede resultar chocante y algo áspero, consigue que el autor no caiga en una música complaciente y repetitiva. Miravet se lo pone difícil a sí mismo y huye de los caminos transitados y cómodos. Busca el ritmo propio y natural para sus versos únicos y también en esto demuestra una honestidad y un compromiso con la escritura admirables.
Hay un cambio importante a partir del poema Hombre pequeño (uno de mis favoritos); de pronto, parece que escribe un autor diferente, más cercano e íntimo, de pronto aparece un yo bastante tímido y disimulado, menos intelectual aunque no por ello menos inquisitivo y brillante.
Hay imágenes muy potentes y originales que acaban conformando un mundo reconocible y particular: sobremesas, cafés, cigarros, playas, ciudades, tráfico, papeles, autores y libros…
Recorre el libro una constante sensación de derrota o desencanto del mundo, del ser humano, pero que no llega a caer en la autocomplacencia porque también está salpicado de destellos de amor (o de deseo de amor y reconciliación) con las cosas y los seres cotidianos. También, a veces, la ironía y la autocrítica evitan ese escollo.
Esa distancia intelectual no se siente como la voz de alguien que juzga y se eleva por encima de lo que observa sino como la de alguien sensible, sabio, de una altura moral demasiado (auto)exigente para una realidad cada vez más “vergonzosa”. Hay mucho dolor escondido en esos versos como para que se produzca el desapego que cabría esperar de un pedante que simplemente despotrica contra el mundo.
Un libro deslumbrante y difícil en el mejor sentido de la palabra. Una verdadero diamante en bruto en un mercado cada vez más vacío de contenidos, un poemario que nos redime también como lectores.
Pero tras el esfuerzo –que deberíamos empezar a recuperar como algo positivo y enriquecedor– encontramos gratas recompensas como estas: el envidiable manejo que Miravet hace del lenguaje, preciso y meditado al milímetro. Es difícil encontrar una palabra que no esté justificada y esa exactitud confiere a los poemas un gran poder expresivo y evocador.
Son, además, poemas que proponen ideas, enfoques novedosos, donde hay una visión del mundo lúcida y muy personal y, sin embargo, no resultan sentenciosos: tienen la suficiente apertura como para dejar que el lector elabore sus propias interpretaciones. Esto le otorga al libro una virtud importante, es de esos textos que parecen inagotables.
Incluso el ritmo, que al principio puede resultar chocante y algo áspero, consigue que el autor no caiga en una música complaciente y repetitiva. Miravet se lo pone difícil a sí mismo y huye de los caminos transitados y cómodos. Busca el ritmo propio y natural para sus versos únicos y también en esto demuestra una honestidad y un compromiso con la escritura admirables.
Hay un cambio importante a partir del poema Hombre pequeño (uno de mis favoritos); de pronto, parece que escribe un autor diferente, más cercano e íntimo, de pronto aparece un yo bastante tímido y disimulado, menos intelectual aunque no por ello menos inquisitivo y brillante.
Hay imágenes muy potentes y originales que acaban conformando un mundo reconocible y particular: sobremesas, cafés, cigarros, playas, ciudades, tráfico, papeles, autores y libros…
Recorre el libro una constante sensación de derrota o desencanto del mundo, del ser humano, pero que no llega a caer en la autocomplacencia porque también está salpicado de destellos de amor (o de deseo de amor y reconciliación) con las cosas y los seres cotidianos. También, a veces, la ironía y la autocrítica evitan ese escollo.
Esa distancia intelectual no se siente como la voz de alguien que juzga y se eleva por encima de lo que observa sino como la de alguien sensible, sabio, de una altura moral demasiado (auto)exigente para una realidad cada vez más “vergonzosa”. Hay mucho dolor escondido en esos versos como para que se produzca el desapego que cabría esperar de un pedante que simplemente despotrica contra el mundo.
Un libro deslumbrante y difícil en el mejor sentido de la palabra. Una verdadero diamante en bruto en un mercado cada vez más vacío de contenidos, un poemario que nos redime también como lectores.
Pablo Miravet Bergón, Vacancias,
Madrid, editorial Celesta (colección Piel de sal), 2014.
*
Cuando tenía unos trece o catorce años, me fascinaba Tesa Arranz,
vocalista y bailarina de Los Zombies. ¿Qué misterio había en Tesa? Me temo que,
al margen de su belleza, lo que me cautivaba de Tesa era la inoperancia de sus bailes absurdos y geniales.
¿Por qué Los Zombies? Bueno, Regina es mi zombie favorita y me parece que, por lo menos hasta
ayer, en Groenlandia había Icebergs.

Los zombies tenemos una sagrada tradición: cuando echamos el Tarot a alguien que queremos demasiado mandamos a la mierda los arcanos oscuros y nos quedamos con los luminosos. Denúnciame si quieres ;)
ResponderEliminarTodo lo que digo, además, es cierto, los lectores no tienen más que comprar el libro y comprobarlo por sí mismos.
PD: Gracias por el vídeo, ahora me voy a pasar todo el día tarareando la cancioncilla, aunque eso sí, yo me muevo con más gracia.
Abrazo de tu zombie
Sí, pero Gadamer (ese anti-ilustrado) es verdaderamente pesado. Perdona, Regina, era un mcguffin. Es que me acabo de leer la última novela de una joven promesa de la literatura de vanguardia (un al Vila-Matas) y estoy bajo el influjo de la no lógica de Kassel.
ResponderEliminarGracias
abrazo fuerte.
Quise escribir "un tal Vila-Matas" (no sé si te suena). Abz.
ResponderEliminar