Varias décadas median entre
el eclipse de la vieja boga de la antipsiquiatría en sus diferentes
declinaciones y la emergencia del ya no tan nuevo optimismo farmacológico
neoliberal, estructura normativa sólo comprensible a la luz del afianzamiento
de ese punitivismo postdisciplinario erigido en uno de los más poderosos
dispositivos legitimadores de lo que Deleuze denominara las “sociedades de
control”. A lo largo de este ciclo largo se han producido cambios relevantes,
algunos de los cuales constituyen las temáticas que nutren la nueva novela de
Elvira Navarro (Huelva, 1978): primero, el incremento exponencial del número de
personas sacudidas por las “enfermedades del yo” y del consumo de psicofármacos
–tendencia no por casualidad paralela al engorde artificial de las sucesivas
versiones del Manual diagnóstico y
estadístico de los desórdenes mentales (el célebre DSM), esa biblia tardo-postmoderna
que, como escribió Guillermo Rendueles en Egolatría,
acoge una taxonomía “cuya estulticia sólo es comparable a la
asombrosa repercusión social que ha tenido”–; segundo, las metamorfosis de la cuestión
social, el derrumbe de la condición salarial –expresiones ambas del añorado
Robert Castel– y la correlativa precarización del empleo, extendida en las
sociedades terciarias a segmentos cada vez más amplios de la fuerza de trabajo;
y tercero, la revolución digital, que ha generado una profunda transformación
de los hábitos relacionales –y, en palabras de Byung-Chul Han, una nueva “economía
de la atención” marcada por la dispersión y la histeria de la inmediatez–,
mutación reforzada por el uso expansivo de las redes sociales y de esos
permanentemente renovados gadgets tecno-narcisistas
que cobijan ab ovo su perversión
instrumental.
Los malestares civilizatorios
asociados a estos tres cambios sociales convergen en la persona de Elisa Núñez,
narradora en primera persona del cuerpo central de la novela de Navarro
–dejemos a un lado el efectista primer tramo–. Exescritora y correctora
externalizada en un grupo editorial –ejemplo de manual del fenómeno de los
falsos autónomos (Cfr. pp. 114-115)–, azuzada por la merma de ingresos y el
retraso en los pagos, Elisa se ve forzada a mudarse y a compartir piso. Aparece
entonces Susana, verdadera protagonista del relato, una mujer diagnosticada de
trastorno bipolar –eso que les sucede a los maníaco-depresivos de toda la vida,
vaya– que ingresa como un elemento perturbador en la ya inestable existencia de
la correctora. Navarro ha construido un artefacto narrativo con una una
estructura bastante original en el que, si bien aborda con solvencia el
problema de la nueva desatención y la pulverización de la frontera que antaño
separaba la esfera público-profesional y la vida íntima y personal –así como,
volvamos a Han, la autoexplotación propiciada por esa
disolución–, marra en las dos primeras temáticas arriba señaladas. Por una
parte, tiende a incurrir en lo que Bourdieu denominó la “amnesia de la génesis”
–una falla que, con excepciones puntuales, afecta a todas las “novelas de la
crisis”–, y da a entender a lo largo de todo el texto que los males laborales
de Elisa (“encadené tres contratos temporales, y luego todo se precipitó (…)”,
p. 63), es decir, la atipicidad contractual, el subempleo, el subsalario, la
subprotección social, etc. son fenómenos que surgen como por arte de magia en
2007-2008 –fecha a partir de la cual la sensación de desclasamiento y la pérdida
de capacidad de consumo a crédito han indignado a millones de personas
acríticamente acomodadas hasta entonces a la cultura egonómica y aspiracional del
capitalismo contemporáneo– y no realidades progresivamente visibles desde la
inflexión reguladora de finales de los setenta y comienzos de los ochenta. Por
otra parte, y a pesar de que Navarro se ha documentado bien sobre la farmacopea
psiquiátrica, su narradora –que mantiene a lo largo de todo el texto una mirada
vigilante, suspicaz, desconfiada, despectiva, agraviante y aun grosera hacia
Susana– utiliza expresiones como “psicosis” (p. 37), “brote psicótico” (pp.
93 y 128) o “locura” (pp. 139 y 141) y no hace una sola referencia a los
episodios maníacos o hipomaníacos: tal vez a la correctora Elisa Núñez le
habría venido bien una corrección de contenido que le hubiese aclarado que, si bien no
está excluida la posibilidad de que eventualmente lo sufran, el cuadro patológico-afectivo
típico de los bipolares no es, ni mucho menos, el brote psicótico. Queriéndolo
o no, Navarro ha hecho de su correctora un personaje mezquino, prejuicioso e
inhabilitado para la más mínima empatía con su compañera de piso precisamente
porque, atrapada en el narcisismo de su propio padecimiento –Elisa sufre depresión
y ataques de pánico–, su única preocupación parece ser no “acabar como ella [i.
e., como Susana]” (p. 143). Inestimable contribución novelística a la casi
imposible tarea de sustituir el estigma por la estima.
Las mejores páginas de La trabajadora son, sin duda, aquellas en las que Elisa recorre la periferia de la ciudad bajo la asechanza simbólica de los chicos del camión y entrevera la descripción de la “hecatombe asumida” (p. 78) y el ruinoso “paisaje ladrillista” (p. 103) de Madrid con el flujo de sus pensamientos, si bien hay que anotar que, en el plano estilístico –y, más específicamente, léxico–, el texto adolece de una carencia que lo recorre de principio a fin: la poco afortunada elección de los verbos. Navarro ha escrito una novela irregular que no merece ser definida como una “radiografía de la modernidad” –eso es lo que solemnemente proclama el blurb de la faja del libro–. Se trata, más bien, de un fallido tiento de diagnóstico epocal con un final tristemente feliz que, a pesar de sus importantes déficits, no deja de ser, en algunos puntos –vgr., la caracterización del cinismo maduro de Carmentxu, la jefa de Elisa, que es el personaje mejor perfilado del libro–, un archivo interesante.
Las mejores páginas de La trabajadora son, sin duda, aquellas en las que Elisa recorre la periferia de la ciudad bajo la asechanza simbólica de los chicos del camión y entrevera la descripción de la “hecatombe asumida” (p. 78) y el ruinoso “paisaje ladrillista” (p. 103) de Madrid con el flujo de sus pensamientos, si bien hay que anotar que, en el plano estilístico –y, más específicamente, léxico–, el texto adolece de una carencia que lo recorre de principio a fin: la poco afortunada elección de los verbos. Navarro ha escrito una novela irregular que no merece ser definida como una “radiografía de la modernidad” –eso es lo que solemnemente proclama el blurb de la faja del libro–. Se trata, más bien, de un fallido tiento de diagnóstico epocal con un final tristemente feliz que, a pesar de sus importantes déficits, no deja de ser, en algunos puntos –vgr., la caracterización del cinismo maduro de Carmentxu, la jefa de Elisa, que es el personaje mejor perfilado del libro–, un archivo interesante.
Elvira Navarro, La trabajadora, Barcelona, Penguin Random
House, 2014, 155 p.
[p. m., La bolsa de pipas. Revista literaria trimestral, nº 94, verano de
2014]
Absolutamente brillante.
ResponderEliminarEnhorabuena por la reseña.
Gracias.
EliminarJe, je...me temo que se te han cerrado las puertas de Troya, pequeño crítico osado. Demasiado benévolo, demasiado benévolo. La novela es mala, ¿tan difícil es decirlo?
ResponderEliminarbuena crítica, de todas formas
Un abrazo
postdata: ¿Ya se te ha pasado el cabreo de 25M? Je, je
Bueno, tan mala no es... bueno, un poco. No sé, imagino que, sin Bértolo, Troya será ya otra cosa; esperemos que no. Por cierto, leí dos veces el libro y la reseña estaba hecha antes de la noticia, malvado. Y no, pequeño cabrón, no se me ha pasado el cabreo.
EliminarSi es que...
abrazo