Pedro Lemebel (1952-2015)
Lemebel colonizó mi cabeza y
me retrotrajo a aquellos tiempos de encierro y soledad elegida en los que nadie
me molestó. Lemebel escribía a tumba abierta una prosa charra que se
descrismaba en la página y que no dejaba indiferente a nadie. Disector de una
sociedad altamente conservadora, artista en el mejor sentido de la expresión,
Lemebel ha sido, más allá de su atractivo universo literario conformado por
travestis, mariquitas y locazas, un gran luchador, una persona que ha peleado
infatigablemente para que este mundo sea menos execrable. Me entristeció saber
de su adiós; creo que no hay mejor manera de rendirle tributo que reproducir
uno de sus textos. Ahí va:
El
último beso de Loba Lamar
(Crespones
de seda en mi despedida... por favor)
«Ingenio
de cola y astucia callejera tuvo ella para lucir ese nombre, esa chapa de
vodevil portuario que coronaba la pista al ser anunciada por el animador. Al
retumbar el mambo número ocho los clarines, el pestañazo sangrado de los focos,
y las palmas aplaudiéndola. Esas manos cacheteando su poto flaco de hombre
tiritando al son de los tambores.
Quizás se
puso Loba Lamar por el cochambre mojado de su piel oscura, por el luche aceituno
de su pellejo estrujado por los marineros. Pero Loba Lamar también era otra
cosa; una lágrima de lamé negro, un rescoldo pisoteado del África travesti, un
brillo opaco entre las luces del puerto, cuando volviendo sobre sus pasos a la
pieza de mala muerte tropezaba en las escaleras rodando por los peldaños, entre
carcajadas ebrias y un penetrante olor azuceno. Era difícil mantenerse en pie a
esa hora, después de haberse mambeado la noche con esos tacoajugas
imprescindibles. Después de aguantar el mareo del sida, nublándola,
confundiendo el cielo con el mar, que a ratos salpicaba las olas con un vértigo
de estrellas. Entones, la Loba creía que todo había terminado así de rápido,
así sin dolor, así de pronto la muerte sidada era un paso en falso en medio de
la pista, un caminito de chispas sobre el mar Caribe un pasaje al otro mundo.
Una luna en el agua, arrastrada por el vaivén tropical y sin retorno de la
epidemia. Pero siempre el despertar la encontraba donde mismo, saltando de
lucero en lucero, y el paso en falso no era la muerte, más bien, un pálido
regreso a su indigencia de loca sin gloria.
La Loba
nunca entendió bien lo que era ser portadora, por suerte, si no, el sida se la
hubiese llevado más rápido, por un tobogán depresivo. La Lobita no tenía cabeza
para relacionar el drama de la enfermedad con el positivo del examen. Ella
creía que todo estaba bien, no había cómo convencerla de que ese visto bueno
era un desahucio. Y aunque giraba y giraba el papel médico entre los dedos, no
le entraba en la cabeza ese ejercicio matemático de invertir el más por el
menos. Su cabecita de pájara nunca dejó entrar la aritmética, jamás se ordenó
en cuadritos de sumas y restas. Ella siempre fue una loca porra, negada para el
estudio y para entender problemas de conjunto en el colegio. Que el más menos
da negativo, o el menos más da positivo, a la chucha los números, a la cresta
la vida. Y si estoy premiada, este papel no me va a convencer, decía.
A la Lobita
nunca la vimos triste, pero igual una nube turbia le entró en el mate. Por eso
guardó el examen y respiró hondo hasta consumir el aire viciado de la pieza. Se
tragó de un suspiró todo el mal olor hasta alterar la gravedad de la noticia.
Después fue hasta la ventana y la abrió sobre el óxido de los techos marinos. Tomó
uno de sus mechones desvaídos de color por la tintura barata y lo arrancó con
un sonido de papel rasgado. Lo miró relampaguear cobrizo por un rayo de sol que
pegaba en el vidrio, y lo dejó ir, flotando en el aire de plumas que
amortiguaba la tarde.
La lobita
nunca se dejó estropear por el demacre de la plaga, entre más amarillenta, más
colorete, entre más ojeras, más tornasol de ojos. Nunca se dejó estar, ni
siquiera los últimos meses, que era un hilo de cuerpo, los cachetes pegados al
hueso, el cráneo brillante con una leve pelusa. Y ahí la veíamos torneada por
el sol «aunque es invierno en mi corazón», repetía incansable en su show de
doblete, cuando la fatiga no le permitía el baile.
Para
nosotras, las locas que compartíamos la pieza, la Loba tenía pacto con Satanás.
¿Cómo va a durar tanto? ¿Cómo se ve bonita a pesar que se deshoja de costras?
¿Cómo, cómo y cómo? Sin AZT, a puro pulso la linda, a puro ánimo la cola
resiste tanto. Era el sol, el buen tiempo, el calor. Por qué aguantó como una
guinda todo el verano, todo el otoño que fue tibiecito, y al llegar el
invierno, al llover la salmuera entumida de la garúa porteña, recién dio
síntomas de despedida. Cayó al catre de una vez y para siempre. Y ahí empezó el
calvario.
La Lobita,
después del examen, nunca quiso que la lleváramos al doctor. Son parientes de
los sepultureros, decía. Tampoco soportaba esos centros de ayuda a los
enfermos. Parecen campos de concentración para leprosos Como en la película
Ben-Hur, la única que había visto en su vida. Y recordaba clarita la parte
cuando el joven va buscar a su madre y hermana al leprosario. Y ellas se
esconden, no dejan que el joven las vea así, despellejada cayéndosele la carne
a pedazos. Porque ellas habían sic preciosas, regias, tan lindas, tan lindas, pero
nunca tan como Loba Lamar, deliraba la loca noches enteras contando la misma
película. Ardiendo en fiebre, se juraba en galera romana junto a Ben-Hur. Y nos
hacía remar a todas encaramadas en el catre que amenazaba hundirse, cuando las
olas calientes de la temperatura la hacían gritar: ¡Atención rameras del remo!
¡Adelante maracas del mambo!
Teníamos
que turnarnos para cuidarla, para poto como a una guagua. Éramos sus nanas, sus
enfermeras sus cocineras, la tropa de esclavas que la linda mandoneaba con sus
aires de Cleopatra. Tuvimos tanta paciencia con la Loba, que contábamos hasta
veinte, veinte veces para no apretarle el cogote. Para que se callara y nos
dejara dormir un poquito. Al menos una hora, en todas esas insomnes noches que
duró su larga agonía. Su demencial estado de reina moribunda que no quería
estirar la pata, que se le ocurría cada cosa, cada excéntrico antojo. A
medianoche, en pleno invierno, lloviendo, quería comer duraznos frescos. Y
partíamos las tontas juntando las chauchas, a todo aguacero, mojadas como
diucas por las calles desiertas, preguntando, despertando a todos los
almaceneros del puerto, subiendo y bajando cerros hasta encontrar un tarro de
la fruta. Y cuando llegábamos, estilando como perras, la Loba nos tiraba el
tarro por la cabeza porque ya se le había pasado ese deseo. Ahora quería helado
de naranjas. ¿De naranjas? ¿No puede ser de otra cosa niña? En Chile no se
hacen helados de naranjas, Lobita entiende. Pero ella insistía en que tenía que
ser de naranjas, amenazando con morirse ahí mismo si no le llegaba el perfume
agridulce de esa fruta en primavera. Y en pleno junio, las locas escarchadas de
frío, volvían a salir a la intemperie hasta conseguirle el helado donde un
argentino malas pulgas, que después de llorarle el tango de la mamacita
agónica, accedía a venderles un barquillo. Y ni aun así la Lobita podía dormir,
ahora pensando en la carne rosada del melón veraniego. ¡Ay! suspiraba la marica
por el dulzor calameño, como si temiera no llegar viva a enero. Como si no quisiera
irse con ese deseo frustrado que le secaba la boca. Porque en el infierno no
debe haber duraznos, ni naranjas, ni melones. Y tanto calor debe dar una sed.
¡Ay!,
esclavas de Egipto, tráiganme melones, uvas y papayas, deliraba la pobrecita
despertando a toda la casa de pensión con sus gritos de embarazada real. Como
si la enfermedad en su holocausto se hubiera convertido en preñez de luto,
invirtiendo muerte por vida, agonía por gestación. El sida, para la Loba
trastornada, se habla transformado en promesa de vida, imaginándose portadora
de un bebé incubado en su ano por el semen fatal de ese amor perdido. Ese
príncipe de Judea llamado Ben-Hur, que le había plantado la fruta una noche de
galera romana, y después, al alba, se habla marchado dejándola preñada de
naufragio.
Así, noche
tras noche la olamos llamarlo, y tratábamos de complacerla en sus antojos de
Loba parturienta. Porque después le dio por preparar el ajuar del príncipe que
iba a dar a luz. Nos puso a todas a tejer chales y gorritos y chalequitos y
botines para su nene. Nos hacía cantarle canciones de cuna y mecerla,
abanicándola con plumas, como si en verdad fuéramos esclavas de Nefertiti en
gestación. En algún minuto, agotadas de cansancio, nos lograba meter su
película convenciéndonos tanto, que todas llegamos a creer que se producirla el
alumbramiento. Por eso las locas atinaban a levantarse a todo frío,
estornudando, escuchándole sus fantasías de siquiátrico, sus últimos devaneos,
su vocecita estrangulada por la tos, cada vez más apagada, pero siempre dando
alaridos de órdenes. Todavía altanera, abría la boca como un hipopótamo del
Nilo y se quedaba muda con su mandato faraónico de par en par. Y nosotras allí
sentadas esperando, tapando los espejos para que la Loba no regresara a buscar
su imagen. Rogando, pidiendo, suplicando que llegara pronto el avión de ninguna
parte. Enjugándole el sudor, rezando avemarías y rosarios colas como música de
fondo. Todas allí, más pálidas y temblorosas que la misma Lobita, esperando el
minuto, el segundo que partiera la loca y se acabara el suplicio. Toda la santa
noche mirándole su cara que en realidad se puso hermosa. Como una azucena negra
la piel de seda relampagueó en ese abismo. Como un cisne de oscuro nácar su
cuello drapeado se dobló como una cinta. Entonces, por la ventana abierta entró
un chiflón como témpano de tumba. La Loba quiso decir algo, llamar a alguien,
modular un aullido en el gesto tenso de sus labios. Abrió los ojos
desorbitados, tratando de llevarse esa fotopostal del mundo. Todas la vimos aletear
con desespero para no ser tragada por la sombra. Todas sentimos ese hielo que
nos dejó tiesas sin poder hacer nada, sin poder dejar de mirar a la Lobita que
quedó dura, con las fauces tan abiertas sin poder sacar el grito. Nos quedamos
como tontas asomadas al zaguán de su boca, tan abierta como un abismo, tan
abierta como un pozo negro donde apenas asomaba su lengua parlotera. Su boca
sin fondo, su boca paralizada en la «a» gigante de esa ópera silenciosa. Su
bella boca descerrajada como un túnel, como una alcantarilla que se había
llevado a la Lobita en las aguas cochinas de ese remolino siniestro. Y entonces
recién reaccionamos, recién corrimos al borde de esa zanja gritándole para
adentro: No te mueras Lobita linda. No nos dejes preciosa.. Sollozábamos
asomadas a su garganta, metiendo las manos en esa oscuridad para agarrarla del
pelo en su caída. Todas juntas haciendo fuerzas para alcanzarla, para tirarla
de regreso a la vida. Tomándole las manos, friccionándole los pies,
zamarreándola, abrazándola, cubriéndola de besos los colas lloraban, los colas
se reían neuróticos, los colas traían agua, empujándose, sin saber qué hacer,
ni cómo atender a esa visita tan inoportuna de la señora muerte.
Y en ese
río de llantos vimos partir a nuestra amiga, en el avión del sida que se la
llevó al cielo boquiabierta. No puede irse así la pobrecita, dijeron las locas
ya más tranquilas. No puede quedar con ese hocico de rana hambrienta, ella tan
divina, tan preocupada del gesto y de la pose. Loba Lamar debe permanecer en el
recuerdo diva por siempre. Hay que hacer algo rápido. Traigan un pañuelo para
cerrarle la boca antes que se agarrote. Un pañuelo bien grande que alcance para
subirle el mentón y amarrarlo en la cabeza. Amarillo no tonta porque es
desprecio. A lunares tampoco porque parece mosca pop, y la Lobita nunca se lo
hubiera puesto. Verde menos porque odiaba a los pacos. Celeste jamás, es de
guagua prematura. A ver ese de gasa azulina con hilos dorados, ese mismo que
estai escondiendo, maricón cagao con tu amiga muerta. Éste sí le queda regio y
alcanza a sujetarle las mandíbulas antes que se ponga tiesa. Anudado en la
frente por favor no, que esas puntas se ven como orejas de conejo y parece Bugs
Bunny la pobrecita. Tampoco le dejen la rosa en el cuello, como si fuera una
campesina rusa o como Heidi. Más bien al costado, cerca de la oreja, como lo
usaba la Lola Flores, la Faraona, que a ella le gustaba tanto. Bien apretado el
nudo, aunque le cruja la jeta, para dejársela bien cerrada por lo menos una
hora, hasta que cuaje y se endurezca. Pero al cabo de una hora, mientras las
locas bañaban el cadáver con leche y almidones de reina babilónica. Mientras
embetunaban el cuerpo con cera depilatoria hirviendo para dejarlo tan lampiño
como teta de monja. Al tiempo que una le hacía la manicure pegándole caracoles
y conchitas moluscas como uñas postizas, otra le aserruchaba los juanetes y
callos, descamándole el piñén calcáreo de las patas. Porque usted mijita era
como Cristo, que caminaba sobre el mar sin tocar el agua. Usted pochocha no era
tan negra, era floja la cochinilla que le hacía asco al jabón y sólo sabía
pintarse y se perfumaba encima de la mugre, decían las locas escobillando con
cloro a la Lobita, que se fue poniendo rígida a medida que le depilaban las
cejas y le encrespaban las pestañas con una cuchara caliente. Entonces, le
sacaron la amarra de la cara para maquillarla, y felices se dieron cuenta que
la presión del pañuelo en la barbilla le había cerrado la boca tan hermética
como una cripta. Pero al tensarse el músculo facial, los labios apretados de la
Loba comenzaron a dibujar la macabra risa post mortem. Ay no, gritó una de las
locas, mi amiga no puede quedar así, con esa mueca de vampiro. Hay que hacer
algo. Traigan toallas calientes para ablandarla. Casi hirviendo, total la
pobrecita ya no siente. Pero al calor de los trapos el nervio maxilar se
encrespó como un resorte y los labios de la Loba se entreabrieron en una
carcajada siniestra. Parece que lo hace a propósito la chistosa, refunfuñó la
Tora, una loca maciza que había sido luchador en su juventud. Déjenmela a mí. Y
todas nos quedamos mudas porque cuando la Tora se enojaba era cosa seria. Sólo
atinamos a sugerirle que lo hiciera con cariño. Fíjate niña que la Lobita es
tan enclenque. No se preocupen, dijo la Tora bufando, a mí no me la va a ganar.
Entonces la vimos desaparecer y volvió enfundada en su traje de lucha libre,
con la capa escarlata y la máscara de diablo que le había valido el título de
«Luzbel, la llama invencible». Luego la Tora dio unos cuantos saltos, hizo un
par de tiburones y nos pidió que la aplaudiéramos. Y en medio de esa algarabía
de plaza andaluza, la Tora se puso seria, cortó los gritos con un shit de
silencio para concentrarse. No volaba una mosca cuando se arrodilló a los pies
de la cama y se persignó ritualmente como lo hacía antes de iniciar el combate.
Y de un brinco se encaramó sobre el cadáver agarrándolo a charchazos. Paf, paf,
sonaban los bofetones de la Tora hasta dejarle la cara como puré de papas.
Entonces, levantó su manaza, y con el pulgar y el índice le apretó fuerte los
cachetes a la Loba hasta ponerle la boquita como un rosón silbando. Chúpese de
muelas mijita, chúpese de muelas como la Marilyn Monroe le decía, dejándola con
ese gesto por mucho rato.
Casi una
hora le tuvo los pómulos apretados con esa tenaza. Hasta que la carne volvió a
tomar su fúnebre rigidez. Sólo entonces la soltó, y todas pudimos ver el
maravilloso resultado de esa artesanía necrófila. Nos quedamos con el corazón
en la mano, todas emocionadas mirando a la Loba con su trompita chupona
tirándonos un beso. Habrá que taparle los moretones, dijo alguna sacando su
polvera Angel Face. ¿Y para qué? Si el rosa pálido combina bien con el lila
cerezo».
[Pedro Lemebel, Loco afán,
Barcelona, Anagrama, 2000]
Un buen homenaje a Lemebel..
ResponderEliminarY merecido.
ResponderEliminarGracias.