Disfruté con Los lemmings y otros(Barcelona, Alpha Decay, 2011), de Fabián Casas (Buenos Aires, 1965), por diversas razones que trataré de explicar en una reseña futura. Por ahora, me limitaré a lanzar la idea luminosa que me ha sugerido la lectura de este agregado de relatos que se interpolan entre sí configurando una nouvelle quebrada –evitemos la palabra fragmentaria– en la que Máximo Disfrute, memorable personaje aguja, hilvana algunos de sus retales. Soy, si puede decirse así, un poco argentino. Mi bisabuelo emigró a la Argentina y mi abuelo paterno nació y se crió en Buenos Aires. Este ascendiente remoto me hace sentir fascinación por la Argentina, país aporético, complejo y misteriosamente empecinado en hacerse el hara-kiri periódicamente a pesar de contar con un extraordinario capital humano y cultural. Una simple muestra del genio argentino es el pasaje de Los lemmings y otros que transcribo. No es un fragmento que represente cabalmente el universo que Casas plasma en su último libro, interesante anecdotario de épica barrial relatado a través de una mirada retrospectiva tan desencantada como contundente, tan melancólica como irónica. Lo traigo a colación porque el fragmento me inspiró la idea que procedo a proponer al colectivo Addison de Witt, combo de cinco poetas anónimos que practican una crítica a mi juicio demasiado blanda y mojigata. Si la idea se materializa a escala nacional, acaso se resolverá el tercer gran problema de España –a saber, que hay más poetas que funcionarios–, dado que no parece que los dos primeros (cinco millones de desempleados y 21% de tasa de pobreza) vayan a encontrar solución a corto plazo. Ahí va la sugerencia:
“La historia de los que hacían Dieciocho buitres también es interesante. Una revista de poesía que sólo duró dos números pero que causó una gran impresión en lo que podría llamarse “la joven poesía argentina”. A mí, particularmente, nunca me entusiasmaron como grupo. Me resultaban pedantes y agrandados y casi unos analfabetos. Y digo esto a pesar de que llegué a publicar unos poemas en el número dos y de que me gustaba mucho como escribían algunos de ellos. Rodolfo Lamadrid, con el tiempo, y como se sabe, se hizo conocido no por sus poemas, sino por su programa de radio “La Hora del Bastardo”. Pero yo nunca lo escuché. Lo de Daniel Dragón fue trágico. Era probablemente el poeta más dotado de su generación. Hasta que en algún momento cayó en sus manos una biografía de Mishima. Se identificó tanto con el japonés que empezó a dejar de ver a sus amigos íntimos y con fans jóvenes de su taller literario armó un ejército privado. Se entrenaban –dicen– en una quinta que uno de ellos tenía en El Tigre. A partir de ahí no frecuentó más los recitales de poesía, las presentaciones de libros, y no le abrió la puerta de su casa a nadie. Salvo que uno fuera descalzo, se arrodillara y pidiera ser iniciado en lo que él llamó Mi Legión. En esa época sacó en una edición casera lo último que publicó en vida: Resentimientos completos, un panfleto en contra de toda la poesía argentina de una virulencia casi genial. Actualmente, en un puesto de libros viejos del parque Centenario, aún se encuentran algunos (yo me compré varios y suelo regalarlos como souvenir).
El final es historia conocida por la opinión pública, pero, como suele pasar, no como realmente sucedió. Dragón y sus muchachos organizaron un encuentro de poesía en un hangar que se alquilaba para fiestas en el barrio de Colegiales. Sorpresivamente, parecían decididos a hacer las paces con todo el ambiente poético local e invitaron cuidadosamente, como se comprobó después, a varias revistas y grupos literarios de los cuales tenían la peor opinión. El lugar estaba repleto y los poetas invitados leyendo sus poemas y sus ponencias de acuerdo al cronograma de la jornada cuando los discípulos de Dragón, vestidos teatralmente de negro, cerraron las puertas del hangar, sacaron sus armas y esperaron a que su jefe subiera al escenario donde se estaban desarrollando las actividades. Amigos, dicen que dijo, ustedes son muy malos y no se pierde nada. Ésta es la verdadera forma de hacer crítica literaria: poniendo el cuerpo. Me ha costado encontrar cuál era mi misión. Ahora lo sé: cambiar la poesía argentina para siempre. Esta es una tarea de la que no se sale vivo. Después se hizo un silencio donde imagino que cada uno de los presentes se vio encadenado a una performance letal, hasta que, como si todo hubiese estado matemáticamente ensayado, empezó la balacera que terminó en la masacre por todos conocida. Salvo cinco que no se animaron (y entre ellos hay que contar a los que se les trabó la pistola porque eran armas berretas, compradas de segunda mano), casi toda la Legión del Dragón se suicidó, incluyendo al Gran Jefe. Al otro día los diarios hablaron de una secta extraña, con brasileños implicados y ritos satánicos; les costaba entender que era sólo un problema poético. No me llama la atención: el periodismo nunca entendió a la poesía”
Dos años después de que el escritor argentino Pablo Katchadjian ejecutara una cirugía aditiva en El Apeph consistente en siliconar el texto de Borges emboscando más de cinco mil palabras de cosecha propia en el relato original (El Aleph engordado, Buenos Aires, IAP, 2009), Agustín Fernández Mallo publica El hacedor (de Borges), Remake, otra intervención típicamente borgeana. Respetando escrupulosamente la estructura y la titulación de los relatos, fragmentos y poemas del texto que Borges diera a la imprenta en 1960, Fernández Mallo ha reconstruido por completo la obra homónima del escritor bonaerense con intenciones que parecen bascular entre el afán de rendir tributo al autor de Historia universal de la infamia y la no disimulada voluntad de realizar un aggiornamento del libro de Borges a la época en la que al presunto sujeto global high tech-mid class encastado en esa ilusoria neo-mesocracia teorizada por la sociología más ciega de las últimas décadas le es dado portar a Monica Vitti en el bolsillo y contemplarla en la pantalla del iPhone corriendo por la superficie de la isla en la que Michelangelo Antonioni filmó La aventura (cfr. El hacedor (de Borges), “Mutaciones”, pp. 58-99).
En el cierre de la sugestiva trilogía Nocilla, el dibujante Pere Joan plasmó la imagen de Fernández Mallo dialogando en la pista de una plataforma petrolífera con Enrique Vila-Matas en torno a la recurrente cuestión de la auto-inmolación simbólica del artista –“quería dejar de escribir, desaparecer”, dice Vila-Matas en una de las viñetas de Nocilla Lab (p. 172)–, una conversación ficticia que parecía sugerir que Fernández Mallo tenía poca cosa más que decir en el futuro. El desdeñoso silencio de Vila-Matas al verse retratado en el cómic y su reciente comentario –tan pertinente como mordaz– vertido en un artículo no por azar titulado “El brillo de lo auténtico” (“Viendo que entre nosotros se va poniendo de moda el engaño, el fraude artístico –el homenaje hispano tardío al Fake de Orson Wells, por ejemplo–, la poética trillada de lo heterónimo, el remake que traiciona el espíritu de lo imitado, lo cibernético como ilusoria acreditación de modernidad (…) uno termina por decidir que lo mejor será permanecer en lo auténtico que tiene todo camino propio”, Babelia, 26 de marzo de 2011, p. 14) invitan a pensar que Fernández Mallo ha elegido esta vez a un maestro muerto, Jorge Luis Borges, por la sencilla razón de que los cadáveres no pueden protestar. Hay que anotar, en descargo del escritor coruñés afincado en Mallorca, que el remake de El hacedor es un trabajo forjado en los últimos seis años cuya pausada e intermitente escritura no se ha visto condicionada por las consideraciones intempestivas del maestro vivo.
Dejando a un lado los comentarios dictados por el imperativo de la inmediatez, aproximaciones que, si nos atenemos a la etimología greco-latina del término –kríno, cernere, i. e., discernir, observar, distinguir–, poco tienen que ver con la crítica, me parece que tres malentendidos estrechamente relacionados recorren las reacciones que ha suscitado la publicación de El hacedor (de Borges) en nuestro medio literario. El primero –a saber, que Fernández Mallo ha hecho algo “nuevo”– no merece mayor comentario, siendo así que el remake, el cover, es un procedimiento que se pierde en la noche de los tiempos de la creación artística en general y de la producción literaria en particular. Tampoco hay, por cierto, nada propiamente nuevo en el resto de la obra del autor de la trilogía Nocilla. La justificación de este aserto reclama un ensayo aparte.
El segundo equívoco, exteriorizado en tono generalmente celebratorio y fundado consciente o inconscientemente en ideas como las que propone Bourriaud enPostproduction (Culture as screenplay: how art reprograms the world), descansa en la asunción de que el bricolaje, el sampling, el apropiacionismo y la depredación de materiales, motivos y elementos ordinarios, plebeyos y lowbrow, de piezas y referentes ajenos al todavía supuestamente aurásico territorio del Arte y, más específicamente, la incorporación de este tipo de material al texto literario –en El hacedor de Fernández Mallo tropezamos con un huevo Kinder Sopresa (p. 50) vinculado a la épica helénica; con el guante blanco de Michael Jackson metaforizado en el cursor de Google Maps (p. 61); con los fuertes de los muñequitos Playmobil equiparados a los cajones que contienen las muestras radiactivas de una central nuclear, homologados, a su vez, al cajón que halló Robert Smithson en su deriva de 1967 (p. 80); con un boli BIC tematizado como flecha del tiempo (ibid.); con una rebanada de pan que acoge ecos de Wittgenstein, Vico y Kant (p. 102) o con Ian Curtis oficiando de dandy baudeleriano de aeropuerto (p. 109)– expresa una voluntad de fractura y aun vehicula una fuerza “transgresora”. Con respecto a este punto, creo oportuno traer aquí el siguiente pasaje de un reciente texto de Alberto Santamaría sobre la naturalización del voyeurismo culto en el marco de la nostalgia por el posmodernismo: “la postproducción y su técnica de sampleado (también en su versión literaria hispana) no dejan de ser, como todo lo nostálgico, formas muy conservadoras en un doble sentido: por un lado, en cuanto que eliminan todo sentido crítico de lo usado y, por otra parte, como extensión de esta desactivación crítica, en tanto que tiene un desenfrenado interés por el éxito mercantil.”
Sentado, pues, que no haynada transgresor bajo el sol de El hacedor (de Borges), Remake, sino más bien una amalgama de optimismo tecnológico y escepticismo político o, si se quiere, una fusión de tecno-progresismo y conservadurismo irónico cristalizada en las implícitas apologías de lo existente que Fernández Mallo disemina en el texto –los nuevos controles invasivos de los aeropuertos le “encantan” (p. 46); un Airbus “mejora más el mundo que toda la Historia de la literatura” (p. 51); los pesticidas son algo en lo que el autor-narrador “confía” (p. 74); o, en fin, la tierra vista desde el espacio es un objeto cursi y arcaico, “pasto de todo tipo de ecomitologías” (p. 120)–, el tercer equívoco que a mi juicio ha suscitado el lanzamiento al mercado de El hacedor (de Borges), Remake reenvía al pretendido conflicto de la última obra de Fernández Mallo con el imaginario establishment literario del que habla uno de los enfáticos blurbs del paratexto. Hace ya algunos años que la batalla por la hegemonía cultural en nuestro país se está decantando, no sin apoyos institucionales, a favor de propuestas ubicadas en la onda de la producción de Fernández Mallo. En este sentido, la idea de que este remake “desafía” al establishment literario parece altamente desacertada, si no insensata.
Nada nuevo, nada transgresor y ningún desafío. ¿Entonces? Entiendo que el estante que le corresponde a El hacedor (de Borges), Remake en la archivística cultural es la balda de lo arrebatadoramente ingenuo, es decir, el estante de la poética naïve, e incluso la casilla de lo camp entendido a la manera heterodoxa que Sontag propuso allá por 1964 en sus “Notas sobre lo camp” (Contra la interpretación): “La sensibilidad camp es aquella que está abierta a un doble sentido en que las cosas pueden ser tomadas. Pero no es ésta la construcción familiar dicotómica de un significado literal, por una parte, y un significado simbólico, por otra. Es, más bien, la diferencia entre la cosa en cuanto significa algo, cualquier cosa, y la cosa en cuanto puro artificio”. Aun dando por buena esta conjetura interpretativa –el naïve como hipótesis–, resulta difícil discernir si este remake de Borges se encuadra en una estética naïve digamos, sincera, o si estamos ante un overacted naïve, es decir, un naïve sobreactuado y, como tal, paródico y paradójicamente serio porque autoconsciente. Esta indefinición es tal vez uno de los principales atractivos del decepcionante último libro de Fernández Mallo, que repite la receta que le ha proporcionado éxito como trend-setter literario entre los segmentos lectores más modernos –no necesariamente más cultivados– de nuestro país, una fórmula acogida con entusiasmo epigonal por la chavalería enamorada de la moda juvenil que hoy dictan autores nacidos en los sesenta y los setenta.
Una vez más, el autor de Postpoesía exhibe su habilidad para compensar sus limitaciones como prosista –señaladamente, su lábil aliento narrativo, del que tal vez quiso redimirse en el derrame cortazariano-bernhardiano de Nocilla Lab– con emocionantes chispazos poéticos y seductoras cabriolas iconológicas que nos recuerdan que es el autor de dos hermosos libros (Creta lateral travelling y Carne de píxel) y que hay vida antes y más allá de su trilogía. De nuevo, hace gala de su humor lacónico, un sarcasmo gélido –pp. 37 y 153, entre otras– que dibujará alguna sonrisa en el rostro del lector, más allá de la irritación que pueda provocar la axiología subyacente a ese ludismo seco. Y, otra vez, muestra su acreditada pericia a la hora de poner en marcha la turbina de la imaginación para hallar nexos, vínculos y relaciones, una inclinación muy bien compadecida con lo que Luc Boltanski y Eve Chiapello (El nuevo espíritu del capitalismo)denominan críticamente “las nuevas representaciones reticulares del mundo” o “el mundo conexionista”. Poco sugerentes resultan, en general y salvo excepciones puntuales, los poemas del último trecho del libro, especialmente si se cotejan estos textos con la poesía y la prosa poética que Fernández Mallo ha escrito en los últimos años. Queda añadir que la condición pop –dejemos para otra ocasión el juego de los prefijos–, de la que el autor de El hacedor (de Borges), Remake se reclama heredero –y que en su libro asocia a “lo totalmente visto” (p. 122) en contraste paradójico con la definición del pop sugerida por Eloy Fernández Porta (“el hallazgo casual de una verdad oculta en el corazón de un producto”)–, no se deja valorar desde parámetros que trasciendan su campo, dado que siempre resulta posible atribuir al receptor su incompetencia para comprender el sentido de la verdad oculta que a cada momento se le ocurra estipular al artista-emisor. Es, por tanto, al lector al que corresponde decidir si El hacedor (de Borges), Remake es una obra estimable o si conforma un capítulo más de esa metafísica de la ocurrencia banal y auto-blindada que, usando la expresión de Boris Groys (Sobre lo nuevo), queda tardíamente “museografiada” en nuestro medio a través de esta nueva repetición de un patrón estilístico exitoso.
(p. m. –publicado en Agitadoras. Revista Cultural, nº 23, mayo de 2011)
Patricio Pron, El espíritu de mis padres sigue subiendo en la lluvia
(Barcelona, Mondadori, 2011)
Sinopsis:
" (...) Cuando en 2008 el padre del narrador de esta novela enferma, su hijo comienza a preguntarse quién es, quién fue su padre y en qué había creído, y sobre todo qué provocó la clandestinidad y el terror que siempre les acompañó. Antes de enfermar, su padre había estado buscando a un hombre desaparecido en su pueblo natal y a quien finalmente encontraron muerto en una casa abandonada. Pero al buscarlo lo que intentaba era hallar a otra persona: a una joven secuestrada y desaparecida por las fuerzas represivas del Estado argentino en 1977. Y fue precisamente el padre del protagonista quien la había iniciado en la política. El espíritu de mis padres sigue subiendo en la lluvia aborda un tema político, familiar y doloroso; la responsabilidad de los padres y abuelos en los hechos trágicos de la historia reciente."
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Viernessanto,todocerrado; ayer no había llegado el libro de Pron, en el que tengo depositadas grandes esperanzas.Leolaúltimanovelade la muy sobrevalorada pero siempre estimulante AmélieNothomb(Viaje de invierno, trad. Sergi Pàmies, Barcelona, Anagrama, 2011) después de indignarme leyendo un artículo progrelatinoso de Daniel Innerarity en el periódico –lo que hay que leer, con la que está cayendo desde hace tres años–, pero me indigno sólo un poco. Indignarse mucho no sólo fatiga: aboca a la inacción.
Por lo demás, y plagiando el diario de Luis XIV (14 de julio de 1789): nada.
Nothomb (Viaje de invierno, pp. 20-21):
"En Europa occidental llevamos tiempo sin vivir una guerra. En períodos prolongados de paz, las generaciones encuentran otras maneras de sobrellevar las cosechas de la Gran Parca. Cada año se añaden innumerables nombres a la estela de víctimas provocadas por la mediocridad. Conviene concederles el beneficio de la duda: no se han sustraído al combate, tampoco son desertores, algunos incluso, a los quince años, eran auténticos dioses vivientes. El término no supera mi pensamiento: cuando un adolescente está en el frente, ofrece el más resplandeciente de los espectáculos (...)"
"(...) La mediocridad no siempre utiliza la vía socioprofesional para imponerse. A menudo, sus victorias son mucho más íntimas. Si he elegido recordar a aquellos dos chicos que a los quince tuteaban a la divinidad, es porque la Gran Parca no sólo se ensaña con las élites. Sin saberlo, o sabiéndolo, todos estamos llamados al combate y existen mil maneras de sufrir una derrota"
Nota para los dos o tres lectores habituales: este blog alberga dos secciones permanentes (Híbridos casi posibles y Mondo gorila) cuya periodicidad es aleatoria y caprichosa. Con esta entrada queda inaugurada una nueva sección, Divagando. En ella se colgarán fragmentos de textos (ya publicados o por publicar), apuntes, esbozos y notas que versan sobre cuestiones algo alejadas de las cosas que nos cuentan esos libros que (afortunadamente) no sirven para nada. No pretendo sugerir, por supuesto, que los libros aquí citados –y, particularmente, los textos que colgaré en Divagando– sirvan para algo.
“Cuando no eres rico, siempre tienes que parecer útil”
(Louis-Ferdinand Céline, Viaje al fin de la noche)
Divagando I: fragmento sobre la pobreza de las políticas contra la pobreza. Una síntesis del caso de EEUU.
[texto retirado para ser incorporado a un trabajo del autor de este blog]
Todo estaba preparado aquí para celebrar la concesión del Premio de la Crítica 2010 a Luis Magrinyà por Habitación doble, uno de los mejores libros publicados el año pasado en España –aquíy aquí, algunos comentarios y glosas–, pero ha sido Ricardo Piglia (Blanco Nocturno) el que ha obtenido el favor de los críticos de este país.
El texto del post, al muladar. El ánimo, bajo.
¿Qué hacer? –con perdón de la expresión–.
¿Seguir leyendo el ensayo de Terry Eagleton cabeceando en una página y sonriendo piadosamente en la siguiente?
¿Soportar el inadjetivable tedio que me provoca la lectura de las ponencias del debate bizantino en torno a Robert Alexy –pulcramente editado, algo es algo–?
¿Ver una película deliciosamente decadente y trash de Liz Taylor y Richard Burton?
¿Empezar El Hacedor (de Borges) Remake ("Los rumores de la plaza quedan atrás y entro en la Biblioteca. De una manera casi física siento la gravitación de los libros, el ámbito sereno de un orden, el tiempo disecado y conservado mágicamente. A la izquierda y a la derecha, absortos en su lúcido sueño, se perfilan los rostros momentáneos...") para constatar, una vez más, que un cúmulo de malentendidos sobrevuela la producción del poeta Fernández Mallo?
¿Retomar la lectura del inédito del últimamente muy arisco Vila-Matas?
"Mi lectura oracular de este fragmento dice sencillamente que me espera esta noche –que es metáfora de toda mi vida– un riverrun de insomnio, un trayecto que irá desde el viraje de la rivera hasta el recodo de la bahía, en travesía semejante a la de aquel viaje iniciático que hice en mi primera visita a Dublín (...)"
(E. V-M., "Chet Baker piensa en su arte (Ficción crítica)", en Chet Baker piensa en su arte. Relatos selectos, Barcelona, Debolsillo, 2011, pp. 267-268)
¿No hacer nada, o, mejor dicho, hacer nada?
¿O poner la canción inicialmente prevista para celebrar la concesión del premio de la crítica a Magrinyà sólo porque nos gusta mucho el marchón soulero del coro de panteras grises?
James, "Hombres obsolescentes", dibujo con pluma japonesa, 2011
“¡Hum! No beberé nunca más. Por la tarde hablas por los codos y al día siguiente te arrepientes de lo dicho. De todos modos, no camino haciendo eses… Por lo demás, ¡todos son unos sinvergüenzas! Así iba hablando Ivan Ilich, entrecortada e incoherentemente, mientras proseguía su camino por la acera de la calle.”
(F. M. Dostoievski, Un percance desagradable)
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Fin de la cuenta atrás; abandono de la obra de arte contra-hegemónica por aplastamiento. El texto se hizo demasiado grande, demasiado venenoso, acaso demasiado hiriente, indomesticable; el suelo empezó a temblar y finalmente todo el alfabeto latino y una parte nada desdeñable de la filosofía occidental de los últimos veintiséis siglos se desplomaron sobre la cabeza del artista. Repasó como un poseso textos que respiraban, le pareció, de una manera muy otra a la del pasado remoto o reciente. Leemos cosas, pensó, las amamos o las detestamos, y el recuerdo o el prejuicio cristalizan hasta tal punto que cuando volvemos sobre ellas nos devuelven un golpe o una recriminación. El autor guarda en un recoveco de su alma la comezón y el desasosiego a la espera de una ocasión más propicia. O no; hay que trabajar, hay que comer, es necesario seguir viviendo, hacer los espaguetis y la compra, dormir, arreglar el grifo del bidé, dice. No todo va a ser teorizar. Por lo demás, las cosas no son tan sencillas como parecen: ¿qué se está derrochando en esta intervención?, ¿es esta pieza conceptual un triunfo del don o un error adquisitivo?, se preguntó más de una vez, más de cien veces mientras saboreaba el fruto amargo de su unmistaken superiority. Veintiún folios, setenta notas a pie de página, cincuenta y siete referencias bibliográficas. Lujo y exuberancia guerrera para hacer un poco de justicia a Peón, individuo vapuleado en un percance desagradable. ¿El título? Prospecciones para una hermenéutica del lit-nerd-punk: la ansiedad de la influencia en la comunidad sublime.¿El sparring intelectual en esta sátira? El Sr. Dr. D. Vicente Luis Mora, nuestro pensador oficial y singular. Finalmente: silencio. Ya está bien de basura. Un poco de sobriedad, s’il vous plaîtt.
“La magnanimidad exagerada también es, vista históricamente, una característica de los noveaux-riches, que se esfuerzan muy especialmente por parecer aristocráticos. Pero precisamente no hay nada más burgués que esa magnanimidad, pues, ¿qué es lo burgués por excelencia? El primado del mérito propio. Cuando el suicidio, la muerte, la guerra, el lujo y el derroche de Bataille se entienden como resultados del individuo que se sacrifica, entonces no se trata de una superación de lo burgués, sino de la definitiva victoria de la ideología burguesa que, con ello, entiende sus propias renuncias como méritos. Y como el potlatch, como cualquier competición, es por su propia naturaleza un espectáculo, la posibilidad de una imitación calculadora y simuladora del auténtico derroche está siempre presente. La imitación del potlatch no puede distinguirse de un potlatch verdadero y auténtico: no se puede preservar al derroche auténtico de su imitación. Una requisitoria moral a los que hacen el sacrificio para que derrochen “de verdad” es de poca ayuda, porque quien hace el sacrificio es tan incapaz de hacer una distinción como ésa como el que observa desde fuera. Nadie sabe de sí mismo si tiene talento o no, si tiene riquezas que pueda derrochar o no. Por eso, tampoco sabe nadie sobre sí mismo si derrocha de verdad o sólo está imitando el derroche”
(Boris Groys, Bajo sospecha. Una fenomenología de los medios, pp. 208-209)
El autor empezó incluso a perder el sueño, preocupado ante la posibilidad de sucumbir a la tentación de medir demasiado la lúdica trituración de tabúes que estaba acometiendo sin ningún tipo de inhibición, temeroso de empezar a calcular los beneficios de esa operación de demolición salvaje para cuya consumación se había impuesto a sí mismo un solo mandato: ser implacablemente despiadado.
Una vez iniciado el derroche, nada puede detenerlo. Ni siquiera la renuncia trae la calma, puesto que la renuncia no es sino el sacrificio de un sacrificio que no puede nunca librarse de la sospecha; el silencio que deriva del segundo sacrificio tampoco queda, por ello, libre de la sospecha de simulación. Sólo si no se comete la osadía de empezar el derroche hay paz. Una vez se empieza, se gana o se pierde, y perder, por lo dicho, resulta mucho más difícil que ganar. Correspondería ahora citar a Nietzsche (Crepúsculo de los ídolos, parágrafo 3 de la sección 5, el pasaje sobre la “espiritualización de la enemistad”), pero está bien así. Basta de gesticulaciones éticas y estéticas. Bas-ta-ya.
*
Entre tanta putrescencia sistémica, una noticia feliz. Pre-textos traduce por fin al castellano la obra mayor de Günther Anders con un hermoso título: La obsolescencia del hombre. Suena mucho mejor que el original (Die antiquiertheit des menschen). La traducción ha corrido a cargo de Josep Monter. Es cierto que en alemán se distingue antiquiertheit y antiquität, y que el primer término puede ser traducido por “obsolescencia”. Para el lector de la órbita latina o romanista, sin embargo, el título del libro de Anders reenvía por inercia eufónica a “antigüedad”. De hecho, la traducción italiana de los dos volúmenes de La obsolescencia del hombre –el primero (1956) lo tradujo Casa editrice Il Saggiatore en 1963; el segundo (1980), Bollati Boringieri en 1992–lleva por título genérico L’uommo è antiquato.
¿Por qué leer a Anders hoy? Por muchas razones. Quizás la principal sea la venturosa inactualidad de su pensamiento. Harán mal quienes descalifiquen a Anders y tachen desdeñosamente su obra como el último gran tour de force filosófico del “humanismo”, sea lo que fuere lo que signifique esta palabra fatigada. Anders presenta una tesis bien articulada, extraordinariamente seductora y muy potente, frente a la que los innumerables idiotas deslumbrados en su contemplación alucinada, acrítica y celebratoria del así llamado progreso tecnológico no podrán sino tartamudear. Descubrid vosotros qué es el desvelo prometeico; me tengo que ir a arreglar el grifo del bidé.No todo va a ser teorizar
Günther Anders, La obsolescencia del hombre
Vol 1: Sobre el alma en la época de la segunda revolución industrial
Vol 2: Sobre la destrucción de la vida en la época de la tercera revolución industrial
Trad. Josep Monter, Valencia, Pre-textos, 2011.
Sin que sirva de precedente: The Fugees para Carlos González Peón, con la esperanza de que mejore su técnica pugilística.