lunes, 7 de abril de 2014

Amada Glenda


C. llegó a casa luciendo un renovado look de ejecutivo hipster y, después de quitarse la corbata (“vengo de una comida”, dijo sonriendo), me animó, casi me conminó, a volver a escribir en el blog, a retomar, dijo, la disciplina de colgar un post por semana, “al menos haz uno cada mes, tío”, matizó cuando lo miré de reojo, “así contenga fotos, textos breves, vídeos o simples citas…”, me pareció que dijo (o me invento ahora que susurró) mirando al vacío; sonreía, eso sí lo recuerdo. No dudé de sus buenas intenciones, y dudé todavía menos de sus propósitos terapéutico-samaritanos cuando me comentó con cierto entusiasmo que estaba haciendo un curso de mindfullness. Aprecio demasiado a C. como para discutirle los pretendidos beneficios de este tipo de tecnologías del yo –o, peor todavía, para largarle una catilinaria bernhardiana sobre la funcionalidad latente o explícita de esas terapias psi de corte trascendentaloide: legitimar la estructura cultural (o, como diría Raymond Williams, las estructuras del sentir) del capitalismo contemporáneo (yooooom, yooooom, yoooom y nada más que yooooom…)–. Lo estimo de verdad y su visita me alegró: ¿para qué discutir? Mejor dicho: ¿para qué debatir cuando no hay energías para debatir? Habito “las afueras de la felicidad” –la expresión es de “Fotosíntesis”, el primer cuento de Técnicas de iluminación (Madrid, Páginas de Espuma, 2013, p. 16), un libro en el que Eloy Tizón acredita su perfección técnica, su versatilidad estilística, su afán, sobradamente logrado, de transitar por senderos no trillados en lo que hace a las estructuras narrativas, un buen libro, sin duda, pero…hay un “pero” no decible: la lectura de Técnicas de iluminación ha dejado flotando en mi mente un rezago raro que me impide ponerle un sobresaliente a este volumen simplemente notable–, habito, digo, las afueras de la felicidad, aunque tal vez debería decir los márgenes de la felicidad, o la periferia de la felicidad, o los suburbios de la felicidad –entendido “suburbio” en su uso continental, no angloamericano– o directamente la banlieue de la felicidad y no tengo muchas ganas de profundizar en mis pensamientos, entre ellos la idea de que declararse feliz en un mundo como este constituye un alarmante síntoma de imbecilidad, de modo que recurrí a la manida metáfora penitenciaria para que C. –cuyo iPhone sonó cuando me disponía a responder a su requisitoria, circunstancia que le obligó a dar un largo paseo por mi casa para hablar de negocios con su proverbial tono de voz inaudible– comprendiera mi furor por la postergación –cita encubierta de Cioran–, mi inacción doliente, esa disposición de ánimo que hibrida el diletantismo pasivo, la palidez de la dama de las camelias y los tormentos de un Heinrich von Kleist. Pero C., que no es precisamente un imbécil –y que, como hemos dicho maliciosamente J. y yo alguna vez, es el marido que toda madre quisiera para su hija–, desplegó su sonrisa eterna, cercada ahora por una barba levemente encanecida, guardó el iPhone en el bolsillo interior de su americana y, cuando le dije lo de la reclusión, me respondió que incluso los presos hacen “algún tipo de actividad”. Un silencio incómodo se adueñó de la sala (tópico narrativo, lo admito), pero C., que es inteligente y sagaz, salvó ese lapso de tensión sacando de nuevo su iPhone. “Te vas a reír”, me dijo antes de deslizar suavemente su dedo índice por la pantalla del móvil para activar un vídeo que, efectivamente, es bueno, aunque me parece que sólo puede ser comprendido de forma cabal por los habitantes de nuestra ciudad, en particular por los que detestamos unas fiestas basadas fundamentalmente en el ruido y la brutalidad colectiva. “Pulsión fallicida”, así lo llama Pink Panter, es decir, Carlos Maiques. Pensando en ese día de principios de marzo, me produce cierta comezón no haber podido llenar aquel silencio con una recomendación de lectura para C. Panter Maiques vino de visita el otro día y estuvimos unas buenas dos horas y media hablando de lo divino y lo humano –o mejor dicho, de lo demasiado humano–; todos y cada uno de los arroyos en los que se dispersó nuestra conversación río desembocaban en un mismo mar, en una sentencia que repetíamos sonriendo: aunque no sea más que por curiosidad, “hay que leer a Byung-Chul Han”, empezando por La agonía de eros. ¿Será Han un bluff como el pesadísimo Zygmunt Bauman y su liquidez? No lo sé, pero… “hay que leer a Han”. Cuando terminamos de ver el vídeo, reparé en que C. me había contagiado su eviterna sonrisa y pensé, no sé muy bien por qué, en unos versos extraordinarios de Gilberto Owen. Le prometí que retomaría el blog algún día, aunque le aseguré que no haré jamás un curso de mindfullness. El año pasado estuve a punto de colgar el vídeo de la intervención de Glenda Jackson en la cámara de los comunes cuando se discutía la moción sobre el tributo a Margaret Thatcher tras la muerte de la así llamada dama de hierro, un discurso improvisado, sin papeles, que nada tiene que ver con las inaguantables sesiones de nuestro parlamento, en las que todo está escrito, medido, ensayado y, con frecuencia, penosamente expresado. Aunque, a diferencia de algunos iluminados salvadores de la patria, no soy un entusiasta del sistema mayoritario uninominal, y aunque también en UK todo está podrido –piénsese en la City, el mayor lavadero de dinero negro del mundo–, me gustan mucho los debates de la casa de los comunes, que veo a veces para refrescar el inglés. Jackson, que, aunque no lo parezca, pertenece al partido de Tony Blair (ah, ese ser impresentable), dijo entonces lo que muchos pensamos y, desde luego, no estaba actuando. A ver si Owen Jones, el jovencito mirlo blanco del laborismo, toma nota. Es recomendable ver el vídeo hasta el final, porque el speaker, John Bercow –que, por cierto, es tory–, le da un repaso genial al orondo y quejoso Tony Baldry.
Maravillosa (y amada) Glenda. Ahí va, C.:                                                   

miércoles, 19 de febrero de 2014

'Estado social, empleo y derechos. Una revisión crítica'



[Pablo Miravet Bergón, Estado social, empleo y derechos. Una revisión crítica, 
PUV (Publicacions de la Universitat de València) y Tirant lo Blanch (coeds.), 
Valencia, 2014, 733 pp.**]

** No sé si debería pedir disculpas a Vila-Matas por usurpar el nombre de un personaje ágrafo de su invención (el trágico Cadou) para dar nombre a mi blog y escribir impunemente un libro de 733 páginas, aunque no sea una novela. No me gustan mucho las páginas de agradecimientos y dedicatorias recargadas, así que en el antetexto del libro sólo aparecen mencionadas las tres personas a las que está dedicado: Ana, Pablo y María José Añón. Quisiera, aunque sea de forma casi clandestina, recordar ahora a algunas otras: Miguel Carlos Miravet, Paula Bergón, Miguel Miravet, Sonia Miravet, Múriel Miravet, Cristina Buigues, los pequeños Miravet (además de Pablo: Paula, Miguelito, Javier y Mar), Mª Nieves Martínez, Raúl Susín, Cristina García Pascual, Isabel Garrido, Javier de Lucas, Amparo Serrano Pascual, José Antonio Noguera, Salvador Vives (Tirant lo Blanch), Antonio Ariño (PUV) y, por último, pero, como siempre, no menos importante, los demás amigos y seres queridos, que lo saben.         

martes, 31 de diciembre de 2013

A la altura de 365 días

Fotografía de Pierre Andrieu


"Eso" (Czeslaw Milosz)

Ojalá por fin pudiera decir qué está en mí.
Gritar: gente, les mentí
diciendo que eso no estaba en mí,
cuando eso está ahí siempre, días y noches.
Aunque gracias a eso supe describir sus ciudades inflamables,
sus cortos amores y juegos desmembrándose en humus,
aretes, espejos, el deslizar de un tirante,
escenas de alcoba y de campos de batalla.
Escribir fue para mí estrategia de protección,
de borrar las huellas. Porque a la gente no puede gustarle
aquél que alcanza lo prohibido.

Llamo en mi ayuda a los ríos en los que nadé, lagos
con puentecillos entre cedazos, valle
en cuyo eco la canción duplica la luz del anochecer,
y confieso que mis extáticos halagos a la existencia
sólo pudieron ser entrenamientos de alto estilo,
pero abajo estaba eso, que no me atrevo nombrar.

Eso se parece al pensamiento de alguien sin hogar, cuando
atraviesa la ciudad ajena, congelada.

Se asemeja al momento cuando un judío cercado ve aproximarse
los pesados cascos de los gendarmes alemanes.

Eso es cuando el hijo del rey se dirige a la ciudad y ve el mundo
real: pobreza, enfermedad, vejez y muerte.

Eso puede ser comparado con el inmóvil rostro de alguien
que entendió que fue abandonado para siempre.

O con las palabras del médico sobre la sentencia inevitable.

Porque eso significa enfrentar un muro de piedra
y entender que ese muro no cederá ante ninguna de nuestras súplicas.


martes, 17 de diciembre de 2013

Año nuestro



Dejando de lado los motivos, atengámonos a la manera correcta de llorar, entendiendo por esto un llanto que no ingrese en el escándalo, ni que insulte a la sonrisa con su paralela y torpe semejanza. El llanto medio u ordinario consiste en una contracción general del rostro y un sonido espasmódico acompañado de lágrimas y mocos, estos últimos al final, pues el llanto se acaba en el momento en que uno se suena enérgicamente. 

Para llorar, dirija la imaginación hacia usted mismo, y si eso le resulta imposible por haber contraído el hábito de creer en el mundo exterior, piense en un pato cubierto de hormigas o en esos golfos del estrecho de Magallanes en los que no entra nadie, nunca. 

Llegado el llanto, se tapará con decoro el rostro usando ambas manos con la palma hacia dentro. Los niños llorarán con la manga del saco contra la cara, y de preferencia en un rincón del cuarto. Duración media del llanto, tres minutos.

[Julio Cortázar, "Instrucciones para llorar", en Historias de cronopios y de famas, 
Cuentos completos, vol. I, Alfaguara, Buenos Aires-México D.F., 1994, p. 409]  

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martes, 10 de diciembre de 2013

'Incendiario' (Bárbara Butragueño)



La lectura –y la perpleja relectura– de Incendiario me trajo a la cabeza un pasaje de How to read a poem en el que, glosando la primera estrofa de “Musée des Beaux Arts”, el poema de W. H. Auden, Terry Eagleton habla de “la naturaleza incongruente del sufrimiento humano, el contraste entre su pura intensidad, que parece apuntar hacia un momentáneo significado, y la manera en que los hechos cotidianos que lo rodean se muestran indiferentes a él”. Hay, ciertamente, mucho sufrimiento diseminado en los versos y los versículos de este manojo de diecisiete poemas dado a la imprenta por Bárbara Butragueño (Madrid, 1985) algunos años después de su factura –sabia postergación que desentona con las precipitaciones y los esbozos mal fermentados de tantos poetas jóvenes y no tan jóvenes, y que revela, creo, el elevado grado de autoexigencia de la autora–, y hay también temores, temblores, culpas, soledades anhelantes y desgarros vertidos por una voz para la que la palabra es “terco pavor enmudecido” (p. 25). La imponente profundidad expresiva de Butragueño y la distancia que la poeta interpone entre el yo que dialoga con sus llagas y con el mundo y la carnalidad feral de su experiencia subjetiva e intransferible vadean el deslizamiento de su decir hacia ese tosco y desaliñado inmediatismo que se recrea en la plana mostración de lo consuetudinario. Aquel espacio está colmado en Incendiario por fecundas arquitecturas sonoras y por una sucesión ininterrumpida de imágenes cuya extraordinaria potencia avisa del insólito dominio del lenguaje que Butragueño exhibe en su poesía, una poesía lejanamente tributaria de la Pizarnik más herida y febril –y, pienso, de las declinaciones menos realistas de autoras como Luisa Castro o Ada Salas–. La mixtura de profundidad e inmanencia, de elevación y materialidad incandescente, es el cemento que aúna las tres partes del volumen: si en Turba el yo que “se sabe grieta abierta entre/ la calma y el incendio” (p. 31) y que ha “sangrado todos los muertos de este mundo” (p. 34) muestra implacablemente su ser roto ante sí y ante los otros, y en Combustión predomina la conversación íntima con el cuerpo de un tú cuya mirada tiene “algo de bestia/ delicada con vocación de jungla” (p. 44), en Cremación la poeta convoca a sus distintos interlocutores para proclamar que la poesía es búsqueda, indagación sin fe ni objeto, y que el poema es fulgor que se infecta adentro y que no conoce “cuántos/ cuerpos se quedaron en el camino” (p. 69). La desnudez agramatical de los primeros textos –en los que, a pesar de la práctica ausencia de puntuación (“pero hay algo de negación en la apertura algo de carencia/ que abre huecos” (p. 23), “he de erigirme isla torre mazmorra”, (p. 31)), las unidades semánticas quedan sobradamente preservadas– contrasta con la sintaxis densa de algunos poemas del final del libro (“y tú esperas, inocentemente, algo/ de baile de máscaras, una cierta sutileza en el viento, la/ elegancia de un acorde abandonado” (p. 68)), produciendo un efecto de crescendo, una sensación de quiebra de una voz acaso ya entrecortada en los hipos del llanto a la que, como mucho, se le pueden afear tres diminutivos (pp. 34 y 47). Poeta intensa, desdomeñada y excepcional, Bárbara Butragueño ha tenido la paciencia necesaria para pulir una epifanía sostenida y ha entregado un poemario cuidadosamente editado que nunca se acaba de leer del todo: este es, a mi entender, el mayor elogio que se le puede hacer a un libro de poesía.                 


Bárbara Butragueño, Incendiario
prólogo de Batania, epílogo de Isabel Bono, Madrid, Polibea, 2013, 72 pp.



[p. m., La bolsa de pipas. Revista literaria trimestral, invierno 2013-2014]

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Bonus track: