viernes, 17 de abril de 2015

Fragmento mil veces escuchado


Fotografía de Diane Arbus


«A ti, la dama, la audaz melancolía, que con grito solitario hiendes mis carnes ofreciéndolas al tedio. Tú, que atormentas mis noches cuando no sé qué camino de mi vida tomar; te he pagado cien veces mi deuda. De las brasas del ensueño solo me quedan las cenizas de una sombra de la mentira que tú misma me habías obligado a oír. Y la blanca plenitud no era como el viejo interludio y sí una morena de finos tobillos que me clavó la pena de un pecho punzante en el que creí, y que no me dejó más que el remordimiento de haber visto nacer la luz sobre mi soledad».

[Fragmento del guion de Léolo, película (de culto) escrita y dirigida por Jean-Claude Lauzon en 1992]

¿Es (sigue siendo) este pasaje muy hermoso o lo que sucede es que me estoy haciendo viejo?

miércoles, 1 de abril de 2015

Coñazo




Es un coñazo la emo-política. Es un coñazo la psico-política. Es un infinito coñazo Pablo Iglesias –no hablemos ya de Juan Carlos Monedero… ah, esa voz que timbra una octava por encima de lo tolerable y que expide vacuidades inspiradas, se diría, en un Gramsci jibarizado y reducido a una suerte de libro gordo de Petete cuyo target son esos incautos y analfabetos políticos necesitados de esperanzas e ilusiones (oh, qué gran coñazo)–. Coñazo indecible es la promesa de recuperación –y la tesis lisérgica de la superación de la crisis– de Rajoy, esa obcecada, provocadora y estúpidamente inhumana negación de la realidad es, imagino que pensáis lo mismo, un auténtico coñazo. Inmenso coñazo es el macarrismo militante de Arturo Pérez-Reverte. Son un coñazo insufrible las columnas de Almudena Grande(s) y de Rosa Montero. Es un coñazo insoportable el discurso de la neo-progresía buenista, que está en las antípodas del bello izquierdismo dandy con el que deberíamos encarar el negocio de la existencia. Muy coñazo –y falaz– es el así llamado «animalismo» –que, parafraseando a Sartre, no es más que un humanismo o, si se quiere, un antropomorfismo­–. Son un verdadero coñazo esos autores lameculos que andan por ahí meneando el rabo a la búsqueda de reseñas. Es un coñazo el hecho de que gente que ni siquiera sabe redactar se dedique a escribir libros con pretensiones literarias. Son un coñazo esos autores / as inconscientemente hegeliano-bonapartistas que no se sienten reconocidos y que, la providencia sabrá por qué, están convencidos de que el mundo les debe algo. Vaya coñazo es la Universidad española, vaya coñazo feudaloide y siciliano. Son enormemente coñazos esos paletos que emplean palabros tales como «empoderamiento», «emprendizaje», «resiliencia» y similares. Es un coñazo el feminismo paranoide y su inestimable colaboración para acabar con lo que de bueno hay en el feminismo. Es un coñazo tener que aguantar a esos editores de revistas que se han inventado la moneda de la «visibilidad» –con la que, estoy casi seguro, no se puede comprar ni una barra de pan en Mercadona– para no tener que pagar a los narcisos ansiosos que anhelan ver su nombre en los titulares de una mag efímera. Es un coñazo constatar la progresiva degradación de los suplementos culturales. Menudo coñazo es esa gente de entre veinticinco y treinta y cinco que cree que ha inventado la altivez y que está convencida de que nada puede aprender de las generaciones precedentes. ¿Y los hipsters? Me parece que no hay nada más coñazo que los hipsters, esa fratría mimética, en toda la vía láctea. Las tertulias políticas televisivas –haría falta un Walter Benjamin para diseccionarlas– son lo más radicalmente coñazo que existe. Es un coñazo comprarse libros, gastarse el dinero de buena fe y constatar con tristeza que están plagados de errores orto-tipográficos, de estilo y de contenido. Y qué decir de esos seres que se invisten con la vitola de la alternatividad pero que han interiorizado, una por una, todas las prescripciones actitudinales –y, peor todavía, la retórica de la inevitabilidad– del así llamado neoliberalismo, sea lo que fuere lo que signifique esta expresión. Es un coñazo que en España se descubran mediterráneos que, en otras geografías literarias, filosóficas, etc. fueron descubiertos hace décadas. Vaya, creo que me estoy poniendo coñazo. Me voy a hacer la cena.

viernes, 27 de marzo de 2015

Sentimentalismo, ¿y?






El pudor, ah, el pudor... He desechado decenas (acaso cientos) de poemas. ¿La razón? Mi relación casi esquizofrénica con el sentimentalismo –al que considero tan inevitable como detestable–. En un ciclo postutópico que solo promete «ilusión» (vgr. Podemos), es casi un delito «emocionarse así», como diría Fernández Porta. Desecho sistemáticamente todos esos textos que, leídos cinco o diez veces, considero que exudan sentimentalismo, aunque no sea más que tangencialmente. Este poema es uno más de los que duermen en ese purgatorio sentimentalista. Lo escribí cuando el nano iba a cumplir doce palitroques. Foster Wallace se había colgado un par de meses antes y el capitalismo financiero mostraba su verdadero rostro, su doble verdad, su doble moral y su doble contabilidad, como diría Vázquez Montalbán. Tal vez fue entonces cuando todo empezó a torcerse. No lo sé. El texto debe mucho (demasiado) al maravilloso poema de Roque Dalton «Estudio con algo de tedio». Últimamente no tengo ideas y quiero que este blog no languidezca, aunque la muerte de un blog –de este blog, quiero decir– sea irrelevante. Bueno, ahí va un poema rescatado de mi purgatorio personal.    


Cumpleaños (noviembre de 2008)                                                                                            

«Os habla, más que yo, mi primer vino
mientras la piel que sufro bebe sombra»
(Roque Dalton, «Estudio con algo de tedio») 


Ayer noche he llorado unos segundos
leyendo una vez más «Palabras para Julia».
No sé muy bien por qué lloré, ahora
me ayudo a comprenderlo descontando
mi sentimentalismo nihilista incorregible.
Es verdad que bebí mucho vino, es verdad
que eran las cuatro y media y que no había
palomas matutinas defecando
en la repisa del ventanal del comedor
ni gritos de vecinos que acaso se odian
en familia o que copulan rozando las paredes.
Es verdad que estaba solo y no pasaba
ningún coche royendo con su estruendo
la arteria de la urbe que nos duele, que nadie
gritaba en nuestra calle, que solo el viento
pulía como una lija la noche de madera.
Es verdad también que me atrapó
una tediosa tristeza daltoniana, que hablaba
el millonésimo vino de mi vida y que pensé
que esta piel no es ya la de los quince años,
que estaba casi muerto de cansancio
y que la víscera fantoche empujaba sangre
como loca a las muñecas y a las sienes.
Es verdad que me dolió pensar, mordiéndome las uñas,
que el materialismo histórico es otra escatología,
que Dios no existe, que estamos solos
y que el Ser es una lacra prestigiada. Es verdad
que recordé a tu abuelo y que lo imaginé
heideggerianamente anonadado ante la tele
viendo cómo 20+(1) siervos están refundando
el capitalismo en Washington DC. Y es verdad
que pensé que el martes cumples doce,
que te sentí demasiado intensamente.
Ayer he llorado unos segundos leyendo
«Palabras para Julia». Leyéndolas en ti
pasé la mano por mi rostro
y las lágrimas se acomodaron en un surco
que cronos ha aricado en esta piel
que, es verdad, no es ya la de los quince años.

viernes, 20 de febrero de 2015

Costumbrismo chic: una fórmula (cita)


«Se encoge de hombros frunciendo las comisuras de la boca para hacerme calibrar la inanidad del tema, y lo que es más grave, la inanidad de mi trabajo, de mis afanes en general, como si ya no cupiera esperar nada de mí, ni siquiera la conciencia de mis propias renuncias. Las mujeres aprovechan cualquier situación para hundirnos, les encanta recordarnos que somos decepcionantes. Odile acaba de avanzar un puesto en la cola de los quesos. Ha vuelto a coger el bolso y sigue sujetando con firmeza el morbier. Tengo calor, me ahogo. Me gustaría estar lejos, ya no sé qué pintamos aquí ni de qué va la cosa. Me gustaría deslizarme sobre unas raquetas en el Oeste canadiense, como Graham Boer, el buscador de oro, el héroe de mi artículo, clavar estacas y balizar los árboles con un hacha en valles helados. ¿Tendrá mujer e hijos ese Boer? Un tipo que se enfrenta al grizzli y a temperaturas de menos de treinta grados no se muere de asco en un supermercado a la hora en que todo el mundo hace la compra. ¿Acaso es ése (sic) el lugar de un hombre? ¿Puede alguien circular por estos pasillos llenos de neones y de packs, sin ceder al desaliento? ¿Y saber que volverá aquí, en cualquier época del año, arrastrando el mismo carrito a las órdenes de una mujer cada vez más mandona? No hace mucho, mi suegro, Ernest Blot, le dijo a nuestro hijo de nueve años, voy a comprarte otra estilográfica, con ésta (sic) te manchas los dedos. Antoine contestó, es igual, ya no necesito ser feliz con una estilográfica. Ese es el secreto, observó Ernest, el niño lo ha comprendido, reducir al máximo la exigencia de felicidad».

[Yasmina Reza, Felices los felices, traducción de Javier Albiñana, Barcelona, Anagrama, 2014, pp. 17-18] Las negritas son mías.

*

viernes, 6 de febrero de 2015

Más de veinte años


José Vidal Valicourt (fotografía de Román Piña)



Dice Aristóteles en su Física (217b y 33-218a 3) que tanto el tiempo ilimitado como el limitado se componen de pasado y futuro. Pero, agrega el estagitira, ni el pasado, que ya fue, ni el futuro, que todavía no es, existen. Por lo tanto, concluye Aristóteles, no existe el tiempo, dado que lo compuesto por no-seres no parece poder participar del ser. ¿Y si prescindimos de El Ser, esa tumescencia filosófica, y nos ceñimos a lo óntico? Sí, sí: el tiempo existe y trascurre. De hecho, han pasado ya veinte años desde que viera la luz el primer número de la revista literaria trimestral La bolsa de pipas: utilizando el lenguaje de Aristóteles, cabe decir que no es posible dudar de que estas dos décadas ya han sido; por otra parte, no podemos saber si el futuro de la revista será. Por ahora, despreocupémonos de la física –y, sobre todo, de la metafísica– y celebremos el cumpleaños. Ahí va el texto de felicitación de Román Piña, padre de la criatura, incluido en el nº 96 de la revista: 

«Ahora sí: ya cumplimos 20 años. En enero de 1995 se presentó el primer número de La bolsa de pipas. Este número 96 inaugura el año 21 de nuestra andadura. Seguimos recibiendo textos de autores tan interesantes como para no tirar la toalla. Sigue valiendo la pena lanzar cada tres meses al mundo este cucurucho de letras sazonadas con nervio, corazón o sangre. 
           La bolsa de pipas se hace vieja y ya es un barco que abandonaron amigos que no volverán a verse publicados, aunque nosotros podamos rescatar sus inéditos e imprimirlos aquí. Seguimos creyendo en la conquista del espacio: en que quizá un ejemplar distraído en la mesa de un bar, en el revistero de la peluquería, asalte al transeúnte desprevenido y le muestre un vicio más alto que la Playstation o el resumen de la semana futbolera: nada menos que entrar en los mundos vertidos por sus semejantes en forma de poemas o relatos. Cada día llegan nuevas voces. Escogemos los que más nos gustan para compartirlos. Hemos podido hacerlo gracias a mucha gente que valora esta modesta publicación y la ha patrocinado con su dinero o su entusiasmo. Hemos llegado hasta aquí gracias a nuestros lectores y a cómplices como la escuela de escritura Hotel Kafka de Madrid, los galeristas Xavier Fiol y Pep Pinya, el Grupo Kaldi Cafés, algún organismo oficial y una serie de librerías en Mallorca, la península y Canarias que han creído en lo mejor de este trabajo: la vocación de puente entre lectores y creadores, la gozada de abrir las puertas al talento desconocido. Esperamos seguir encontrando aliados sensibles a este sueño. Probamos muchas recetas: un consejo editorial, la sección «terreno Dalmau»… Hicimos especiales entrañables como el dedicado a Padrós de Palacios, a las charlas de Formentor o a Miguel Ángel Velasco. Tuvimos un año de Bossa Nova, una hermana en catalán… Parimos a Sloper.
Ya podemos morirnos. O aguantar 20 años más».

*

En su día celebramos los delicados quince años de La bolsa escuchando «Para ti». Me parece que no hay mejor canción para conmemorar el vigésimo aniversario de la revista que este corte de La Granja, cuyos componentes eran, por cierto, compañeros de clase de Piña y de mi hermano allá en el tardo-franquismo.