miércoles, 23 de marzo de 2011
domingo, 13 de marzo de 2011
En torno a la desesperación feliz
"El salvaje (...) siente una reverencia profunda por la tradición y las costumbres, así como muestra una sumisión automática a sus mandatos. Los obedece como un esclavo, ciegamente, espontáneamente, debido a su inercia mental combinada con el miedo a la opinión pública o a un castigo sobrenatural"
(E. Sidney Hartland, Primitive Law, citado por Bronislaw Malinowski, Crimen y costumbre en la sociedad salvaje, p. 22)
Min 1:36 (fuck'em!!)
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viernes, 11 de marzo de 2011
El Espíritu de cristal (Carlos Jover)
"Con El espíritu de cristal (Palma de Mallorca, Sloper, 2010) Carlos Jover se planta en el panorama de la narrativa española actual sin compasión. La historia de la aniquilación de Aníbal Ritsos, perdedor en el juego de los placeres, alcanza especiales cotas artísticas gracias al planteamiento original y arriesgado de Jover. El vicio y las drogas, en este retrato crudo de un despojo humano, dejan su sordidez a un lado para invitar al lector a un juego literario ambicioso, que combina reflexión lingüística, filosófica y una mirada cínica. Pocas veces una opera prima ha mostrado una apuesta narrativa tan contundente y meditada, una voz tan temperada por el distanciamiento y la desinhibición."
(De la contratapa)
(De la contratapa)
*
Si creías que es imposible relatar el avatar de un loser sin zozobrar en el malditismo plano y el canallismo complaciente, si estabas convencido de que la narración de una caída debe transitar por el camino trillado de la desnuda exposición de desdichas, si no concebías la posibilidad de leer una novela de temática áspera que no renuncie al lirismo, un lirismo intenso aunque embridado, si suponías que la crónica del naufragio de un desecho humano es incompatible con la introspección y el pensamiento, si no habías pensado nunca que, además de fotos, planos, ilustraciones, anexos y otro tipo de prótesis un texto literario puede incorporar su propia exégesis plasmada en notas que escoltan su cuerpo central, si, en fin, quieres saber qué nexos secretos vinculan a Alberto García-Alix y Ernst Jünger, a Carson McCullers y Blake...
miércoles, 9 de marzo de 2011
viernes, 4 de marzo de 2011
Híbridos casi posibles V (Barbellion & Dion DiMucci)
W. N. P. Barbellion, seudónimo de Bruce Frederick Cummings (Barnstable, Devon, 1889-Gerrards Cross, Buckinghamshire, 1919), escribió The journal of a disappointed man, un libro que está a la altura de las mejores páginas diarísticas de Kafka. La editorial Alba lo tradujo en 2003 (El diario de un hombre decepcionado, trad. y notas de Carmen Francí), una idea feliz. El día 20 de diciembre de 1916, cuando ya era consciente de que la esclerosis múltiple acabaría con él, Barbellion tuvo la audacia poética de anotar esto en su diario: “El motivo de que no pase los días sumido en la desesperación y las noches llorando es que estoy enamorado de esta ruina que soy”. Y añadió: “(…) Estoy tan abominablemente interesado en mí que ningún detalle de esta tragedia, por pequeño que sea, se me escapa. Día tras día acudo al teatro de mi propia vida y contemplo cómo se va acercando al final el drama de mi historia. Quiera Dios que el telón caiga en el momento oportuno, no vaya a decaer la obra en un largo y tedioso anticlímax. A todos nos gusta convertirnos en figuras dramáticas. Byron también lo hacía cuando, en un arrebato de retórica compasión por sí mismo, escribió:
Oh, si pudiera sentir como he sentido o ser lo que he sido,
o llorar como podría haber llorado por tanto perdido
También Shelley, dada su condición de artista, no podía quedarse impasible ante su propia tragedia (…) muchas veces el Destino es un dramaturgo excelente. ¿Hay algo más perfecto que la muerte de Rupert Brooke en la isla de Sycros, en el Egeo? La vida de algunos hombres es una obra de arte, perfecta en su forma, desarrollo y gradación del momento culminante. Sin embargo, ¡con cuánta frecuencia una vida marcada por el éxito –o incluso por la ruina– es también una historia fea, sórdida, ridícula y vulgar! Todo el mundo estará de acuerdo en que tiene que ser muy duro ser común y corriente incluso en la desgracia, descubrir que la tragedia de preciosa vida ha sido mediocre desde un punto de vista dramático, que tu vida, incluso en ruinas, es poca cosa, y tus propias miserias, resultan patéticas por su misma insignificancia” (pp. 348-349).
Lección shakesperiana plenamente vigente en nuestro ciclo de hipertrofia yoica.
*
Tenemos la fundada sospecha de que Dion DiMucci (1939) leía a Kierkegaard. Hemos imaginado a DiMucci tumbado en las camas de los hoteles donde se alojaba en sus giras con The Belmonts leyendo The journals of Søren Kierkegaard y tarareando “(I was) born to cry” mientras la heroína avanzaba por su sistema circulatorio; hemos imaginado páginas iluminadas por la pálida luz de un flexo en una habitación. Sospechamos que DiMucci también leyó a Barbellion. Lamentablemente, no hay un vídeo de Dion interpretando la canción con un audio limpio. Tampoco tiene suficiente calidad el vídeo de la versión que hizo Johnny Thunders, el legendario y maleado guitarra solista de New York Dolls. Nos conformamos con este cover de The Hives, irregular aunque aceptable. La voz entra tarde: la música es poesía, y la poesía, guste o no, es matemática. La letra podría haberla escrito perfectamente W. N. P. Barbellion.
O no.
viernes, 25 de febrero de 2011
Chukri y Doc Cornelius

“La fotografía, tan impactante como poética, fue tomada en las revueltas de Túnez y anda ya diluida como un desecho orgánico en el desaguadero digital, cloaca de la fugacidad que todo lo engulle, esófago inmaterial que aboca a ese magma de circuitos, conexiones y bits que como jugos gástricos disuelven todas las cosas en un tiempo real signado por la paradójica convivencia de la presencia perpetua y el olvido instantáneo…”
–Por el amor de Dios, un poco de contención, un poco de sobriedad, José María. Borre y empiece a escribir de nuevo. Adelante.
“Esta tarde plomiza de febrero contemplas demoradamente la instantánea que captó un fotógrafo cuyo nombre lamentas mucho no haber averiguado y piensas que la imagen dice demasiadas cosas. La visión de ese desarrapado ciudadano tunecino te ha provocado, es verdad, una sonrisa irreflexiva, pero inmediatamente te ha sacudido una punzada de dolor jubiloso; has recordado El pan desnudo, la enmudecedora novela autobiográfica de Mohammed Chukri que leíste hace tantos años, el libro que te hizo sentir gozosamente humillado y avergonzado, que disfrutaste hasta el punto de que casi se te saltaron las lágrimas cuando lo cerraste por última vez sabiendo que lo tenías que devolver y pensando que algo bueno debía de tener el derecho de propiedad si ese derecho te habilitaba para disfrutar a perpetuidad de la posesión de un libro como el de Chukri. Pensaste que ella, la vieja cerúlea de la ventanilla de los préstamos, no se daría cuenta, pensaste que era posible robar El pan desnudo porque en la biblioteca municipal había miles de libros y que la oquedad dejada en las vetustas estanterías de roble por el lomo de ese libro pasaría desapercibida. Ese diminuto hueco te parecía tan insignificante como tú entre los miles de millones de habitantes del mundo, pero no te atreviste a no devolver el libro y tu pusilanimidad te hizo cobrar conciencia de que nunca serías como Chukri…”
–Pare, que me voy a quedar dormido. ¿Quién se cree usted que es?, ¿Muñoz Molina? Elimine el párrafo y empiece a escribir otra vez. Que sé yo, algo un poco más fresco, más trendy. Venga.
“Trisha se puso el vestido de Jocomomola –subtexto: ya sabéis, lectores, Sybilla– y la chaqueta de Loreak Mendian. Antes de salir de casa de Frogg, con quien había estado follando durante toda la tarde en la cama de Ikea, se metió un par de tiros de farla y dijo mirando las imágenes que emitía el plasma: “¡qué bien que se maten estos putos moros entre sí, así habrá menos, ja!” Frogg soltó un alarido y una carcajada. Sentado en pelotas frente al portátil recién encendido, exclamó: “¡ey, tía, mira esto!” Trisha se acercó y vio la fotografía en la pantalla del MacBook Air de trece pulgadas, se sentó en la cama y dijo: “te la felo una vez más si pones esa foto en la portada del próximo número de la revista, amore…””
–Por favor, José María, pare, paaaare, esto es insufrible. ¿Qué se propone?, ¿ganar un premio de novela joven? Por cierto, está usted muy puesto en contemporaneidades, pero intente escribir algo más aséptico, no sé, algo periodístico. Vamos.
“En Túnez, y días después en Egipto, los árabes y los musulmanes se manifiestan en masa, con valentía y disciplina pacífica, en defensa de la dignidad humana y contra los gobernantes corruptos y represores. Es el grito de los mujeres y hombres oprimidos, que vencen la barrera del miedo y viven, aunque sea de forma pasajera, la sensación de libertad y dignidad. Esta fotografía simboliza…”
–José María, cierre el periódico. Está usted copiando literalmente el artículo de Timothy Garton Ash. Edificante, florido, celebratorio y cargante, dicho sea de paso. Empiece a escribir otra vez. No tenemos toda la mañana, ya sabe que el taller cierra a la una.
–Es que no se me ocurre nada más, profesor.
–Ya le he dicho varias veces que me llame Francisco y que me tutee, José María, soy treinta años más joven que usted.
–¿Es necesario que mires por encima de mi hombro cada vez que me pongo a teclear, Francisco?
–Perdone, no había pensado que podía molestarle. A ver, ¿qué le sugiere la fotografía?
–Ya lo he escrito, profesor, perdón, Francisco. He escrito que la fotografía me recuerda a El pan desnudo de Mohammed Chukri
–Buen libro, por cierto, pero hombre, adopte referentes más actuales, que a este paso nos van a quitar la subvención cuando le mandemos los trabajos de fin de curso y la memoria anual a ese burócrata analfabeto de la Conselleria. Venga, salgo a fumar un cigarro y a tomar una caña. Le dejo tranquilo para que escriba lo que quiera.
“Asimismo, dudo de que los principios de “orden partiendo del estrépito” o de “organización partiendo del estrépito” puedan ayudar a dilucidar el nacimiento de formas sociales nuevas. Como ya dije, no creo que se pueda hablar de “estrépito” o “anomalía” en un sentido riguroso, tratándose de una sociedad. Ni siquiera el término desorden es adecuado aquí. Lo que se manifiesta como “desorden” en el seno de una sociedad es, en realidad, algo interno de la institución de esa sociedad, algo significativo y negativamente evaluado…y esto es algo completamente diferente. Creo que los únicos casos en que podríamos hablar correctamente de “desorden” son aquellos de “viejos sistemas en crisis” o “en proceso de desmoronamiento”” [1]
–Bueeeeno, ya estoy aquí, José María. ¿Ha escrito algo?
–Sí.
–¿De dónde ha sacado usted esa fraseología?
–….
–¿Lo ha escrito usted?
–…
–¿Es suyo?
–No.
–¿De quién es?
–Castoriadis.
–¿Qué?
-Cornelius Castoriadis.
–Parece el nombre de un rapero. ¿Quién es?
–Un filósofo de origen griego que vivió en Francia.
–¿Es que va por la vida con un libro de ese filósofo?
–Me lo sé de memoria.
–Ah, vale. Bueno, no está mal. Me gusta, suena bien. Demasiadas comillas.
–Ya…
–No pasa nada, hombre, no ponga esa cara. Lo intentaremos de nuevo el sábado que viene.
–Me marcho ya, Francisco…
–Vaya, es usted una caja de sorpresas, José María. No es frecuente ver a gente de su edad con un shuffle. ¿Qué tipo de música escucha? ¿Me permite?
[1] C. Castoriadis, “Lo imaginario: la creación en el dominio historicosocial”, en Id., Los dominios del hombre. Las encrucijadas del laberinto, trad. A. L. Bixio, Barcelona, Gedisa, 1998 (3ª reimpr.), p. 75.
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