"He dedicado mi vida a la novela: he estudiado, he enseñado, he escrito y he leído.
He dejado fuera casi todo lo demás. Ya basta"
[Philip Roth deja de escribir; noviembre de 2012]
*
"(...) "Qui-e-ro dar-les las gra-cias a to-dos us-te-dess la bien-ve-ni-daa aa es-ta si-na-go-ga." Dios, Diooooos, si estás ahí arriba, bañándonos en tu resplandor, ¿por qué no nos ahorras a los propios rabinos, aunque sólo sea en nombre de la dignidad humana? Cielo santo, madre, todo el mundo lo sabe ya, ¿por qué tú no? ¡La religión es el opio del pueblo! Y si pensar así me convierte en un comunista de catorce años, eso es lo que soy, entonces, ¡y me enorgullezco de ello! Prefiero ser comunista en Rusia que judío en una sinagoga, siempre... Y se lo digo a mi padre a la cara, también. Otra granada que le estalla en las tripas, es el resultado (ya me lo maliciaba yo), pero lo siento, resulta que yo creo que los derechos del hombre, derechos que en la Unión Soviética se extienden a todo el mundo, sin consideración de raza, religión o color. De hecho, es por mi comunismo que últimamente me empeño en comer con la señora de la limpieza, los lunes, cuando llego del instituto y me la encuentro en casa... Comeré con ella, madre, a la misma mesa y la misma comida. ¿Ha quedado claro? Si me toca comer lo qué sobró de carne asada vuelta a calentar, carne asada vuelta a calentar será lo que ella coma , y no queso Muenster cremoso, ni tampoco atún, servido en un plato especial de cristal, que no absorbe sus gérmenes. Pero no, no: mamá no acaba de cogerlo, parece. Demasiado raro, parece. ¿Comer con la shvartze? ¿De qué estoy hablando? Me susurra en el pasillo, nada más llegar yo del instituto: "Espera, la chica en seguida termina..." Pero es que yo no pienso tratar a ningún ser humano (que no sea mi familia) como a un inferior. ¿No te entra en la cabeza el principio de igualdad? Y, te lo digo, si papá vuelve a decir negro asequeroso en mi presencia, le hinco una daga en ese beato corazón de mierda que tiene. ¿Ha quedado claro para todo el mundo? (...)"
En la Antología de poetas suicidas [1770-1985] editada por José Luis
Gallero (Madrid, Árdora, 22005), el lector interesado en las
relaciones poesía/ derecho hallará dos ius-poetas trágicos –o mejor, dos poetas
ius-trágicos–: la portuguesa Florbela Espanca (1895-1930) y el mexicano Jaime
Torres Bodet (1902-1974).
Espanca trenza hábilmente un soneto permeado de
sensualidad que todavía se deja visitar, a pesar de esos signos de admiración y
de ese tono tan desesperadamente tragic-camp.
El poema de Torres Bodet es un hermoso y cálido canto kairológico que puede ser
leído como la contracara calma de la entrópica y apocalíptica glob…, global…,
globaliz....
Nada tienen que ver los textos ni
los significantes con el mundo jurídico, pero ambos autores podrían ser incluidos
en una hipotética enciclopedia denominada Poems
in Law –un tributo a “Poems in Law to Lisa”, de Roque Dalton– por razones
de peso: los dos empezaron la carrera de derecho, los dos abandonaron los
estudios sin llegar a graduarse y los dos se suicidaron –Espanca con una
sobredosis de veronal, Torres Bodet descerrajándose un tiro–.
Queda suspendida
en el aire poco amable de este primero de noviembre la cuestión de si hay un
nexo secreto entre los dos abandonos voluntarios de Espanca y Torres Bodet.
Sobre la nieve
(Florbela Espanca)
Tu cruel desdén sobre mí quedó
como un manto de nieve… ¡Quién
dijera
que iba a fundirse en plena
primavera
toda esa nieve que el invierno
heló!
Tu mano mi alta frente coronó
con mil rosas y lilas… ¡Cuando yo
era
aquélla que el Destino prometiera
a tus dorados sueños. Sólo yo!
Tus besos, en mis labios
entreabiertos…
¡Alas paradas de pájaros muertos,
hojas de otoño en su caída loca…!
¡Mas en mí, un día, ebrio de
color,
ha de nacer un gran rosal en flor
al sol de primavera de otra boca!
El día
(Jaime
Torres Bodet)
Con marzo, empiezan juntos
la primavera en México y en
Australia el otoño.
Cuando muere la tarde en
Samarcanda,
nace la aurora en Córdoba…
Pero los hombres buscan
algo que sea primavera siempre,
abril en cualquier parte, alba en
cualquier idioma:
"Soy novelista de profesión. Es, en mi opinión, un oficio inofensivo, aunque no en todas partes se considera respetable. Los novelistas ponen palabras groseras en boca de sus personajes y los muestran fornicando o yendo al baño. Además, no es un oficio útil, como el de carpintero o pastelero. El novelista ayuda al lector a pasar el tiempo entre una acción útil y otra, contribuye a llenar los huecos que se producen en el tejido serio de la vida. Es un mero animador, una especie de payaso. Hace imitaciones, gestos grotescos, es cómico o patético y, a veces, ambas cosas, hace malabarismos con las palabras como si fueran pelotas de colores"
[Anthony Burgess, "La condición mecánica: segundo borrador", agosto de 1973]
1.–Mi madre en la puerta de Auschwitz. El sábado voy a comer con mi
madre por ahí y cuando regresamos a su casa para tomar un café me muestra las
fotografías de un reciente viaje a Polonia, algunas de ellas tomadas en
Auschwitz. Pienso que, si no fuera por el herraje que con esa delirante
leyenda, Arbeit macht frei, todavía preside la entrada del antiguo campo
de exterminio, el escenario en el que mi madre posa con una media sonrisa en el
rostro bien puede corresponder a un plácido barrio de cualquier ciudad
centroeuropea. Desconcertado, me recreo durante unos segundos en ese
pensamiento, o más bien en la idea de que me resulta imposible ladear ese
pensamiento y empujarlo a la periferia de mi mente, pero de pronto todo cambia;
pienso que mi segundo apellido –es decir, el primer apellido de mi madre–, un
apellido poco común del que hay diversas variantes en Europa, es de origen
judío, y este segundo pensamiento coloniza mi cabeza y me paraliza
completamente, hasta el punto de que no soy capaz de seguir el hilo de la
conversación cuando ella hace un comentario sobre la división funcional del
trabajo en los campos de Auschwitz y Birkenau.
2.– La muerte de Cristóbal Serra. El domingo por la tarde tengo un rato y abro el último número de la
edición española de Le monde diplomatique para asomarme al apocalipsis;
me dispongo a leer un artículo de Mireia Llobera cuando mis ojos tropiezan con
una negrita: Cristóbal Serra (1922-2012). Me entristece saber que Serra
murió en agosto y, en el típico momento Barthes que congela el tiempo, pienso
que, a pesar de la opulencia informacional dada por descontada en la así
llamada sociedad del conocimiento, no he sabido de la muerte del escritor
mallorquín hasta que han transcurrido dos meses desde su desaparición. Y sin
embargo, ¿cuántas páginas dedicó la prensa a esa edil que se grabó a sí misma
homenajeando a Onán? ¿Cuántas a la cándida artista pop de ochenta años que
restauró el Ecce homo de la iglesia de un pueblo de Zaragoza? ¿Cuántas al
imbécil de Wert?¿Cuántas a la grotesca ceremonia anual del premio Planeta? And
so on, como diría Zizek. Respetaba mucho a Serra e incluso le tenía aprecio (la
razón,aquí),
a pesar de no conocerlo personalmente y de no compartir su peculiar visión del
mundo, pero no quisiera incurrir en esa recurrente modalidad del impudor que consiste en
hablar de uno mismo al glosar la vida y la figura de un muerto, así que le dejo
el trabajo a Ramón Chao:
“Este año vine a Mallorca con la idea de compartir almuerzos y charlas con
el insigne Cristóbal Serra, escritor por el que tengo tanta devoción que hasta
lo pongo a la par de Álvaro Cunqueiro. A los tres días de mi llegada, me dicen
que el autor de Péndulo (1957) ha sufrido una caída, peligrosa a su
edad. Semanas después debo conformarme con su voz, clara a través del hilo,
animosa como siempre, pues el autor de La soledad esencial (1987) rehuye
(sic) todo encuentro. Uno de mis mayores placeres en mis estancias mallorquinas
–sol y pereza–, era siempre la lectura de su último libro, y luego el contraste
de pareceres.
Hace unos diez años, nos unieron inmediatamente sus saberes y lecturas
esotéricas y mi libro sobre Prisciliano (Prisciliano de Compostela, Seix
Barral, Barcelona, 1999), del que me descubrió prolongaciones insospechadas.
Como Unamuno, Serra rechazaba la presencia de Santiago en la cripta de la
catedral gallega, y con una sonrisa irónica decía, volterianamente, que los
restos allí encerrados eran de burros, animales por los que sentía gran
devoción. El autor de El asno inverosímil (2002) decía: “Gracias a los
asnos me he sentido menos solo en una sociedad como la mallorquina, reacia a
toda acción colectiva que no tenga fin utilitario. A nadie se le escapa que el
asno ha sido más vituperado que alabado. Pues bien, mis alabanzas no son pocas,
y el vituperio, nulo. Mis buceos en la ciencia de asnológica me llevaron a
confirmar que el asno ha sido involucrado con el problema del mal, con la
esencia trágica de la creación y con el enigma de la materia. Yo creo, como
buen asnomaníaco, que los gnósticos se mostraron lógicos reivindicando
–indirectamente– al asno. Para ellos, Yahvé era el imperfecto demiurgo al que
llamaban Jaldabaot. Tachado de ignorante, lo representaban con cabeza de asno.
Mis investigaciones personales dieron por resultado que los paganos cristianos
llamaban “asinaios” a por mofa, al verlos adorar a una cabeza de asno. Descubrí
que era difícil desligar al cristiano del asno, con el que restaban en deuda
desde el día que les descubrió el agua en el desierto (Tácito dixit)”.
Para hacer méritos, añadí: “No por casualidad, Jesucristo entró en
Jerusalén en burro, cuando podía haberlo hecho en andas o en papamóvil, que la
cronología no existe en el reino del Señor. Y sepa usted que, en el maletero de
mi coche, llevo la pegatina de un burro balear”.
Mis palabras lo llenaron de júbilo, e ipso facto me nombró miembro de la
Cátedra de Asnología que acababa de crear, En los encuentros de este verano, yo
pensaba ofrecerle la presidencia de una asociación de priscilianistas que
pienso anunciar pronto,
Descubierto por Octavio Paz, Cristóbal Serra nunca quiso abandonar su isla
ni su lengua castellana, a la que consideraba superior a su obra. Siempre sencillo,
discreto y transparente, el autor de Viaje a Cotiledonia (1965),
falleció el 6 de agosto a los 89 años. Así es la muerte”.
[Ramón Chao, “Cristóbal Serra (1922-2012)”, necrológica publicada en Le
monde diplomatique, nº 204, octubre 2012, p. 2.]
3.–Lost
Acapulco: el martes escucho música. Un poco. Y
trabajo.
4.– Fresa y herida: el miércoles leo un libro de Berta García Faet; transcribo un fragmento del poema “Tímido reportaje testimonial sobre los debates de invierno”:
Sé muy bien que ya estás en Siberia
(estás participando, como entusiasta becario,
en la construcción de un simulador
de un sistema complejo:
un corazón de mamífero, sometido
a altas dosis de desierto),
y estás, lo sé muy bien, muy ocupado
y a tres años de nosotros;
pero yo, ociosa y sinvergüenza, a través de la fibra óptica
(oh, esa diosa benevolente,
que desde su plaga interplanetaria propicia
el derrocamiento final de la distancia y el tiempo,
esos límites obscenos, esos parásitos sin alma)
te escribo un delicado e-mail,
para matarte el tiempo, para desmenuzar
los pasos que tendría que dar para llegar a ti.
(…)
[Fresa y herida, Instituto Leonés de Cultura, León, 2011, p. 24]
5. Hou poeta: El jueves continúo
trabajando en un texto muy arduo que, me temo, se está tornando inculminable;
recuerdo que tengo que hacerme con Poesía (Michel Houellebecq, Barcelona,
Anagrama, 2012), volumen que reúne los cuatro poemarios del notario del desencanto y de
la derogación del porvenir. Mientras, me conformo con releer tramos de poemas
reproducidos en Las partículas elementales. Por ejemplo:
Quedan algunas familias
(chispas de fe entre los ateos,
chispas de amor en el fondo de la náusea),
no se sabe cómo
esas chispas brillan.
(...)
[M. H., Las partículas elementales, p. 183]
6.– Enric González deja El País.
Entristecido, el viernes leo este texto de Enric González
publicado en Jot Down, texto que no requiere comentario:
“Enric González: Con todos mis respetos”
(por Enric González)
“El nacimiento de mi hija fue complicado. Clara y Lola, su madre, tuvieron
que permanecer un cierto tiempo en la unidad de cuidados intensivos de la
Clínica Dexeus. Resultó que la Seguridad Social sólo cubría el parto y el resto
me correspondía a mí. La factura ascendió a 12 millones de pesetas, lo que
entonces costaba un piso. Me era imposible pagar. El diario El País, que
entonces dirigía Juan Luis Cebrián, se hizo cargo del asunto. El mismo
diario, con el mismo director, me pagó cursos en Esade y me procuró una beca en
Estados Unidos.
No quiero olvidar esas cosas.
Incluso teniéndolas presentes, ahora comparto la opinión universal sobre
Cebrián. A mí también me causa horror y una cierta repulsión. Pero prefiero
pensar que está enfermo y que la cura a su enfermedad no puede pagarse con
dinero. No debe ser, como pensé hace unos años, un simple caso de ludopatía
bursátil. Si fuera así, habría recuperado ya la lucidez. Dudo que lo suyo tenga
remedio. Es una lástima.
Después de 27 años en El País, creo que debo irme. La decisión de despedir
a un tercio de la redacción me permite acogerme, sin negociaciones
particulares, a la indemnización que se establezca para el colectivo. El País
ha hecho por mí mucho más que yo por él y hasta no hace mucho confiaba en que
pese a la crisis, la general y la del sector, lograría superar sus
disfunciones. Ya no confío. Conviene, sin embargo, subrayar algo: en 1976
trabajaba en la Hoja del Lunes de Barcelona y cuando llegó a mis manos el
primer ejemplar de El País pronuncié una frase lapidaria: “Esto no dura seis
meses”. Como se ve, carezco de dotes proféticas.
Desconozco quién figura conmigo en la lista de los que se van. Solo sé que
son compañeros y amigos. Igual que casi todos los que se quedan. Por eso quiero
suponer que me equivoco de nuevo y que El País, que seguirá contando tras los
despidos con bastantes de los mejores periodistas de España (e,
inevitablemente, con unos cuantos personajes lamentables), aún valdrá la pena.
He escrito estas líneas con vergüenza. Que yo deje un empleo carece de
interés. Que más de diez docenas de periodistas sean despedidos de un periódico
que baña en oro a sus directivos y derrocha el dinero en estupideces es
bastante grave. Que en España haya millones de personas sin trabajo y con
muchísimas dificultades para llevar una vida digna, mientras algunos se
enriquecen a costa de la miseria ajena, es una tragedia.
Perdonen el desahogo. No volverá a ocurrir”.
***
Naturalmente, seguiré leyendo a González allá donde escriba.