En una de las etapas de mi fragmentaria carrera de reseñista musiliano sin atributos publiqué en LMD este comentario sobre un libro de Fernando Flores [Senderos de gloria. Obedecer, ¿a qué derecho?, Valencia, Tirant lo blanch- Colección Cine y Derecho, 2004], sugerente texto que disecciona la gran película de Kubrick. Lo rescato del fondo de armario porque no tengo demasiado tiempo para escribir entradas, o, si vale decirlo de este modo, para amamantar a este hijo llamado blog:
“Las ejecuciones con fines ejemplarizantes acontecidas en la primera guerra mundial inspiraron Paths of Glory, novela de Humphrey Cobb recreada en 1956 por Stanley Kubrick en una cinta de parco metraje que, como dice más de una vez el autor de este libro, no habla únicamente de la irracionalidad de la guerra y de la perversa instrumentalización de las megaloi logoi que nutren el imaginario castrense en tiempos de conflicto bélico. Flores convoca voces tan heterogéneas como las de Bretch, Canetti, Kraus, Jünger, Orwell o Chaplin para interpretar la mirada pesimista de Kubrick sobre la ambición y los intereses ocultos en las apelaciones al patriotismo de los generales franceses, traducidos en el ejercicio arbitrario del poder desde el principio (la orden absurda de acometer un ataque imposible) hasta el final (la ejecución tras el consejo de guerra) del episodio relatado en el film. Como oportunamente se nos recuerda, el realizador no muestra nunca al enemigo alemán a lo largo de la película, cosa superflua desde el momento en que es precisamente en el seno del regimiento perteneciente al bando de los vencedores donde tiene lugar la tensión entre “dos mundos”: el del brillo de las charreteras del generalato y el del paño cubierto de lodo de la tropa en el caos de las trincheras. El mayor acierto del libro –el mejor argumento contra toda forma de cretinismo belicista– es, así, la expresa mención del abanico de desigualdades sociales y culturales que determinan qué segmento social “pone los muertos” (p. 42) en todas las guerras. La centralidad del proceso judicial en la estructura narrativa de Senderos de gloria concede a Flores, profesor de derecho constitucional, la oportunidad de traer al texto el problema que ha atormentado a la filosofía del derecho desde el caso Antigona, a saber, la cuestión de la obligación de obedecer al derecho. Clásicos ilustrados, premodernos y contemporáneos –como no podía ser de otro modo, Hobbes sale injustamente malparado– desfilan por las últimas páginas para glosar la justificación moral de la resistencia a la opresión. Ahora bien, igual que la película, este conciso libro no acaba bien. Flores remarca que, más allá de la impronta que deja en el espectador la figura trágica del coronel Dax, la ruptura con el orden establecido nunca se consuma, y apunta inteligentemente a los poderes invisibles que conforman la conciencia autoritaria del soldado. Poderes, añadiríamos, que generan una indefensión en algún sentido similar a la de los condenados frente al pelotón de fusilamiento.”
p. m. b.
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