De pronto me asalta la extraña sensación de que ha pasado muy poco tiempo desde que murió, y hoy hace ya ocho años que no está entre nosotros. Su anatomía dijo ya está bien en apenas una semana y se marchó con su pensamiento y su rostro humano un día gélido, el 9 de febrero de 2002. Una de las cosas más conmovedoras de todo lo que se dijo y escribió después de su muerte fue aquella paráfrasis de un verso de César Vallejo que hizo un compañero y amigo suyo. No he podido encontrarlo. Tengo, sin embargo, su vieja edición de Poemas humanos (Losada, 1961), en la que él subrayó con tinta negra de estilográfica unos versos de un extenso y enmudecedor poema de Vallejo titulado “Sermón sobre la muerte” escrito en 1937, precisamente el año de su nacimiento. Éstos:
(…)
Considerando en frío, imparcialmente
que el hombre es triste, tose y, sin embargo,
se complace en su pecho colorado;
que lo único que hace es componerse
de días;
que es lóbrego mamífero y se peina…
Considerando
que el hombre procede suavemente del trabajo
y repercute jefe, suena subordinado;
que el diagrama del tiempo
es constante diorama en sus medallas
y, a medio abrir, sus ojos estudiaron,
desde lejanos tiempos,
su fórmula famélica de masa…
Comprendiendo sin esfuerzo
que el hombre se queda, a veces, pensando,
como queriendo llorar,
y, sujeto a tenderse como objeto,
se hace buen carpintero, suda, mata
y luego canta, almuerza y se abotona…
Considerando también
que el hombre es en verdad un animal
y, no obstante, al voltear, me da con su tristeza en la
cabeza….
Examinando, en fin,
sus encontradas piezas, su retrete,
su desesperación, al terminar su día atroz,
borrándolo…
Comprendiendo
que él sabe lo que quiero,
que le odio con afecto y me es, en suma, indiferente…
Considerando sus documentos generales
y mirando con lentes aquel certificado
que prueba que nació muy pequeñito…
Le hago una seña,
viene,
y le doy un abrazo, emocionado.
Qué más da! Emocionado…Emocionado…
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