Esta mañana he recordado que tenía que recordar que hoy es dieciocho de febrero; esta mañana, de camino al estanco, he recordado que hace más o menos tres meses, después de estar mucho tiempo sin pensar en Wittgenstein, recordé a Wittgenstein porque volví a leer Austerlitz. Hace más o menos tres meses volví a leer Austerlitz no recuerdo muy bien por qué razón, y recuerdo que entonces, cuando volví a leer Austerlitz, me sorprendió no recordar que W. G. Sebald menciona a Wittgenstein en la novela. En boca del narrador, W. G. Sebald dice que el protagonista de Austerlitz, Austerlitz, le recordaba a Wittgenstein. “En cualquier caso, me acuerdo que, antes de dirigirme hacia él, pensé bastante rato en su semejanza, que me llamaba la atención por primera vez, con Ludwig Wittgenstein, y en la expresión de espanto que los dos tenían en la cara”, escribe W. G. Sebald. No recordaba, pensé hace más o menos tres meses, que W. G. Sebald habla de Wittgenstein en Austerlitz, de su expresión de espanto, de su mochila, de su condición de “desgraciado pensador”, de su vida “sólo provisionalmente organizada” y de “su deseo de arreglárselas siempre con lo menos posible”. Esta mañana he recordado que, cuando leí de nuevo Austerlitz, recordé no al filósofo Wittgenstein, sino a la persona Wittgenstein, he recordado que recordé antes a la persona que al pensador porque, he recordado que pensé, el pulso de Austerlitz, o más bien el modo en que W. G. Sebald se refiere a Wittgenstein, invita a recordar antes su personalidad atormentada que su filosofía. Leí de nuevo Austerlitz y, a pesar de que recordé a la persona, no pude evitar recordar, también, la filosofía de Wittgenstein, un pensamiento, recordé entonces, inicialmente anclado en el neopositivismo lógico que se había condenado al silencio bartlebyano y que, digamos, se salvó a sí mismo transitando hacia el convencionalismo. Leí la filosofía de Wittgenstein pasándolo bastante bien, recuerdo haber recordado cuando volví a leer Austerlitz, un libro, Austerlitz, que, si bien es una muy valiosa reflexión novelada sobre la tormentosa desubicación asociada al despojo de la identidad, los anclajes y los referentes existenciales, tiene, en el plano de la taxis, una inflexión como mínimo peculiar, la misma que, en este momento no estoy, digamos, parodiando o imitando, sino recreando o deformando hiperbólica y acaso estúpidamente para ejercitarme en la escritura, sólo para hacer un poco de gimnasia grafómana. W. G. Sebald escribe en Austerlitz párrafos epatantes como éste: “Desde mi lugar en la sala de lectura he pensado mucho en la relación que tienen esos accidentes, no previstos por nadie, es decir, la muerte súbita de un ser desviado de su rumbo natural, lo mismo que los fenómenos de paralización del sistema electrónico de datos, que se producen una y otra vez, con el cartesiano plan general de la Biblioteca Nacional, y he llegado a la conclusión de que, en todo proyecto diseñado y desarrollado por nosotros, el dimensionamiento de las magnitudes y el grado de complejidad del sistema de información y dirección son los factores decisivos y, en consecuencia, la perfección omnicomprensiva y absoluta del concepto puede coincidir muy bien en la práctica, incluso, en fin de cuentas, tiene que coincidir con una disfunción crónica y una inestabilidad constitucional”. Recordé, en fin, al leer Austerlitz, el pensamiento de Wittgenstein, pero sobre todo la personalidad de Wittgenstein, y pensé entonces, recuerdo ahora, que una manera de recordar la personalidad de Wittgenstein era releer las cartas que Wittgenstein envió entre 1940 y 1951 a Norman Malcolm. A lo largo de ese decenio de desubicación y exilio, Wittgenstein escribió regularmente a su amigo y también filósofo Norman Malcolm, y Malcolm incluyó esas cartas en un libro publicado originariamente en 1954 y traducido al castellano en 1990 que reúne las cartas de Wittgenstein, los recuerdos personales y filosóficos del propio Norman Malcolm y un esbozo biográfico sobre Wittgenstein escrito por G. H. von Wright, el oficioso fundador de la moderna lógica deóntica, el libro, titulado Ludwig Wittgenstein, que, después de volver a leer Austerlitz, volví a leer para recordar a Wittgenstein, el pensador que, según W. G. Sebald, llevaba el espanto adherido al rostro. Es llamativo, pensé al leer de nuevo las cartas de Wittgenstein, no sólo el estilo cálido, familiar y hasta infantil de Wittgenstein en su lenguaje privado, sino también el uso del signo “&” como cópula, una peculiaridad que me hizo recordar, recuerdo, al poeta estadounidense John Berryman, otro ser altamente atormentado que terminó con su vida arrojándose al río Misisipi en 1972, porque Berryman, recordé, y esto también lo había olvidado, usaba el signo “&” como conjunción en sus poemas, igual que Wittgenstein. Cuando esta mañana iba al estanco he recordado que tenía que recordar que hoy es dieciocho de febrero porque, recuerdo que pensé al volver a leer el libro de Malcolm después de volver a leer Austerlitz, una de las cartas más reveladoras de la personalidad de Wittgenstein, pensé entonces y pienso ahora, es la que escribió el dieciocho de febrero de 1949. En esta carta, anotada por Norman Malcolm, Wittgenstein habla de Moore, autor del como mínimo impactante texto titulado “Defensa del sentido común”, de la filosofía y de la vanidad de los filósofos, de la salud (apenas le quedaban dos años de vida) y del dinero, o, como escribe W. G. Sebald en Austerlitz, de su vida “sólo provisionalmente organizada” y de “su deseo de arreglárselas siempre con lo menos posible”, aunque es más bien, pienso, el propio Norman Malcolm el que en la nota segunda habla de la prodigalidad de Wittgenstein, un rasgo de su personalidad que, recuerdo haber pensado alguna vez…Basta, ahí va la carta:
Ross’s Hotel
Parkgate Street
Dublín
18-2-49
Querido Norman,
Gracias por tu carta. Me alegro de que ya tengas el libro. Tenía una cierta seguridad de que no te lo habían enviado. ¡Pero qué cosa más rara escribir “es magnífico que pienses en nosotros”! Ahora, en cuanto a Moore [1]: no entiendo realmente a Moore, & en consecuencia, lo que diré puede resultar erróneo. Pero es lo que me siento inclinado a decir: que Moore es en algún sentido extraordinariamente infantil, es obvio, & la observación que tu citas (sobre la vanidad) es por cierto un ejemplo de ese infantilismo. Hay también una cierta inocencia en relación a Moore; él es, por ejemplo, completamente modesto. En cuanto a que ser como un niño es en él un “mérito” –yo no lo entiendo; a menos que sea también mérito en un niño. Porque tú no hablas de la inocencia de un hombre que ha luchado por ella, sino de una inocencia que proviene de una ausencia natural de tentación. Creo que todo lo que quisiste decir es que a ti te gustaba, o incluso que te encantaba el infantilismo de Moore; y eso sí puedo entenderlo. Pienso que nuestra discrepancia aquí no es tanto de ideas como de sentimientos. Me agrada & respeto enormemente a Moore, pero eso es todo. Él no entusiasma mi corazón (o lo hace muy poco), porque lo que más entusiasma mi corazón es la generosidad humana, & Moore –precisamente como un niño– no es generoso. Es amable & puede ser encantador & simpático con aquellos que le agradan & él es muy profundo. Así es como me parece a mí. Si me equivoco, me equivoco. Mi trabajo sigue bastante bien, aunque no tan bien como hace, digamos, seis semanas. Esto es debido en parte al hecho de que he estado algo enfermo & también a que numerosas cuestiones me preocupan realmente. El dinero no es una de ellas. Desde luego que estoy gastando mucho, pero creo que tendré suficiente por otros dos años. Durante ese tiempo, Dios mediante, tendré hecho algún trabajo & esto, después de todo, fue la causa de la renuncia a mi cátedra. No debo preocuparme por dinero [2] ahora, ya que si lo hiciera, no podría trabajar. (Qué pasará después de este tiempo, no lo sé todavía. De todos modos, quizás no viva tanto.) Entre mis actuales preocupaciones está la salud de una de mis hermanas en Viena. La operaron de cáncer hace poco tiempo & la operación, hasta donde alcanzó, tuvo éxito, pero ella no vivirá mucho. Por esta razón pienso ir a Viena en algún momento de la próxima primavera; & esto tiene que ver contigo, pues si voy & después vuelvo a Inglaterra, pienso dictar el material que he estado escribiendo desde el último otoño, & si lo hago, te enviaré una copia. Ojalá sirva de alimento en tu campo.
Mis buenos deseos para Lee & Raymond. (Ojalá que siempre conserven el buen carácter. Pero sé que eso es mucho desear.) ¡Hasta la vista!
Afectuosamente,
Ludwig
[1] En una carta a Wittgenstein le relataba una conversación que había tenido con Moore, respecto a un distinguido filósofo americano, a quien conozco. Yo le decía a Moore que ese filósofo tendía a ser hostil a la crítica de sus escritos filosóficos. Moore pareció desconcertado. Le había dicho: “¿No comprende usted cómo la vanidad puede hacer que un filósofo se sienta resentido ante la crítica de su obra?” Moore se quitó la pipa de su boca, sacudió la cabeza y dijo: “¡No!” Al comentar este incidente con Wittgenstein, probablemente dije que esto es un ejemplo de “inocencia” e “infantilismo” del carácter de Moore, y que ser así era un “mérito” en él
[2] Después de renunciar a su cátedra, Wittgenstein se quedó sin ingresos. Le había expresado mi preocupación acerca de si tenía dinero suficiente para vivir. A la muerte de su padre, en 1912, Wittgenstein había heredado una gran fortuna. Cuando regresó a Viena después de la guerra, inmediatamente emprendió la tarea de desprenderse de esta riqueza. La dio a sus hermanas y hermanos. Una vez dijo; “¡Ellos tienen ya tanto dinero que algo más no les hará ningún daño!” Su hermana, Hermine Wittgenstein, en sus breves recuerdos de Ludwig, relata que ni la familia ni los amigos podían comprender cómo podía él regalar todo su dinero, irrevocablemente, sin dejar ningún fondo apartado por si lamentaba más tarde su decisión. Dice ella: “Por cien veces quiso asegurarse de que no quedaba la posibilidad de recibir ningún dinero, de ningún modo ni forma. Para desesperación del notario que llevaba la transferencia, volvía al tema una y otra vez” (Hermine Wittgenstein, “My brother Ludwig”, en Rhees, op. cit., p. 4).
Mejor p.m.b. que Sebald, puestos a escribir en plan sierra sin fin.
ResponderEliminarRPV
Escritura automática y torpona, eh.
ResponderEliminarEl vídeo-texto de la chimenea que has hecho es e-nor-me
Me ha encantado el post.
ResponderEliminarEl Tractatus me encandiló. Creo que el objeto de la filosofía es divertir al hombre. El Tractatus puede no parecer divertido, pero, al menos para mí, ignoto, me estimula.
Providence tiene buena pinta, pero una novela tan larga es soporífera ya sólo por las dimensiones. La ojeé en la biblioteca.
Gracias Javi. Claro, la filosofía es ante todo diversión (uno es filósofo diletante, eh). En cuanto a Providence, dale una oportunidad. Es cierto que es un tocho (maximalista) y que tiene mucha teoría-diagnóstico incrustada, pero vale la pena. Te ríes mucho, aparte de su fondo trágico (y crítico). Maximalismo trágico, diría yo. Bienvenido, un saludo.
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