“(…) la fenomenología en su variante existencialista y
humanista ocupaba el centro de la escena filosófica francesa durante los años
cincuenta. Fue entonces cuando la generación de filósofos nacidos en la primera
década del siglo XX (Kojève en 1902, Sartre en 1905, Merleau-Ponty en 1908)
pasó a ocupar una posición hegemónica ante el declive del bergsonismo y del
neokantismo dominantes durante el período de entreguerras. Bajo la influencia
de Husserl, Heidegger y Hegel, dicha generación publicó una serie de obras en
los años cuarenta que marcaron la filosofía francesa de la década posterior.
Así, Sartre publicó L’Être et le néant en
1943, Merleau-Ponty la Phénomenologie de
la perception en 1945, y Raymond Queneau editó en 1947 los cursos de
Alexander Kojève en la Ecole des Hautes
Études sobre la Fenomenología del
Espíritu de Hegel. Junto a la fenomenología, la epistemología y la historia
de la ciencia conocieron una expansión importante a partir de los años treinta
y cuarenta, con la creación de las instituciones como el Centre de Synthese y el Institut
d’historie des sciences fundado en 1932, y en el que trabajaron, entre
otros, Abel Rey, Gaston Bachelard, Hélène Metzger y Alexander Koyré.
Este panorama se
vio modificado a comienzos de los años sesenta debido a la irrupción del
estructuralismo en campos tan diversos como la lingüística, la antropología,
las matemáticas o la filosofía. La rápida sustitución del existencialismo por
el estructuralismo se explica por varias razones. En primer lugar, la
importancia de los nombres que se asociaron a este último movimiento y entre
los que habría que citar a Althusser, Lévi-Strauss, Barthes, Dumézil, Kristeva
y, por supuesto, Foucault y Bourdieu. En segundo lugar, la naturaleza ambigua
del mismo le permitió convertirse en el horizonte de referencia para un gran
número de disciplinas. El estructuralismo no era ni una teoría ni una
metodología en sentido estricto. Se trataba más bien de una “cierta manera de
analizar las cosas” (Foucault, 1967) o de “una aventura de la mirada, una
conversión en la manera de cuestionar ante todo objeto” (Derrida, 1967). En
tercer lugar, el estructuralismo supuso un cambio importante con respecto a la
relación entre las ciencias sociales y la filosofía en Francia. Si hasta los
años cincuenta esta última había conservado un estatus privilegiado con
respecto al conocimiento en general y a la ciencia en particular, a partir de
1960 las ciencias sociales pasaron, de la mano del estructuralismo, a ocupar el
centro de la escena intelectual francesa. Así, “por primera vez, una ciencia
social se impuso como una disciplina respetable, incluso dominante” (Bourdieu,
1986).
Éste es el
contexto en el que hay que situar la crítica de Foucault y de Bourdieu al
privilegio de lo universal. En el caso del primero, su consagración en el mundo
intelectual francés se produjo con una obra, Les mots et les choses (1966), en la que éste se distanciaba
explícitamente de la tradición fenomenológico-existencialista de la filosofía
del sujeto. Dicha filosofía se caracteriza por tomar como evidente una cierta
idea del “hombre” y de toda una serie de términos asociados (“naturaleza
humana”, “conciencia”, “derechos del hombre”). Frente a este humanismo
universal, “lo que distingue especialmente al estructuralismo es que pone en
cuestión la importancia del sujeto humano, de la conciencia humana, de la
existencia humana” (Foucault, 1968). En el caso de Foucault, se trataba
precisamente de plantear la posibilidad de que el humanismo no fuera universal,
sino correlativo a una situación histórica concreta. Como el propio filósofo
explica, “esto no significa que tengamos que rechazar lo que denominamos ‘los
derechos del hombre’ o la ‘libertad’, sino que (…) lo que denominamos libertad
o derechos del hombre tiene que estar circunscrito al interior de ciertas
fronteras” (Foucault, 1988). En otras palabras, se trataba de destruir “una
cierta idea del hombre que se ha convertido en normativa, evidente y que pasa
por universal” (Foucault, 1982)”
[Óscar Moro
Abadía, “La recuperación de lo contingente: Foucault y Bourdieu”, en C. Roldán
y O. Moro (eds.), Aproximaciones a la
contingencia. Historia y actualidad de una idea, Madrid, Los libros de la
catarata, 2009, pp. 134-135]
*
“(…) En medio de
todas las contrariedades que te ocasionaba, la actualidad del estructuralismo
te resultaba conveniente y te favorecía: de la pena por ti mismo engendraste la
virtud de la protesta justificable desde la historia del pensamiento. A favor
de Jean-Paul Sartre, contra Michel Foucault y Roland Barthes, lo que
significaba: contigo y tu pasado preservado contra los demás y su presencia. El
ser humano que conocías eras sólo tú. El hombre por quien luchabas era de nuevo
tu subjetividad. El hombre que exigías del futuro no era más que la persona
lanzada hacia mucho más allá de tu tiempo y tus expectativas de vida. ¿Sí o no?
Que alguien me ayude: no lo sé. Lo que puedo aducir a mi favor carece de fuerza
argumental, pues tan sólo lo pondero mediante especulación insegura. Solamente
hago notar esto: ¿acaso es disparate y superstición considerar el propio
transitar desde el yo hacia el mundo y hacia los hombres como un deseo de mundo
y de seres humanos y no como una simple proyección de la subjetividad? Pues
quizás el simple hecho de que yo contribuya, sufra, sienta en vez de retirarme
del mundo y esconderme en el caparazón de mi persona no sea tan inútil para
demostrar que ansío el vécu del otro,
que estoy dispuesto a entregarme y me esfuerzo en hacerlo. ¿Realmente es sólo
autocompasión dirigida hacia la sociedad el deseo íntimo de penetrar en la
realidad vivida del prójimo o bien el deseo de unir mi vivencia inmediata y
cualitativa con los atributos existenciales de los demás? No puedo entender
como simple lamento estilizado el gélido frío que me invade desde las
abstracciones estructurales y no lo quiero reducir a mi propio miedo. Que los
otros sean el infierno sigue siendo cierto en el sentido muy específico de mi
exposición a su mirada. Asimismo, sin embargo, es el infierno un mundo sin los demás donde mi yo no pueda absorber
otro y no sea echado de menos por ningún otro. Alienación: por fin sé lo que
significa: un modelo de mundo que desprecia todo lo vivido cualitativamente, lo
propio y lo ajeno. ¿Por qué no decirlo de forma completamente ingenua y
popular? Alienación es la existencia en un mundo sin amor. Los esquemas
estructurales o también las sombras donde él no podía ver otra cosa que el
reflejo de una realidad que con férrea regularidad se estructuraba más y más,
donde el gobierno mítico y peligroso se había convertido en una administración
supranacional y, no obstante, irracional en cuanto a los valores, se le
presentaban como el desierto del espíritu, le
désert de l’amour et de l’esprit. No le asaltaba nada que se pudiera llamar
nostalgia soñadora de los malos días pasados en la precultura agraria. No le
movía ninguna furia antitécnica cuando oía hablar del trabajo de los
ordenadores, a quienes cabezas cibernéticamente administradas no les negaban
incluso y en ocasiones la conciencia. Las formas y estilos de la existencia
humana podían producirse también entre aparatos; solamente una obstinación con
la mirada vuelta hacia atrás podía ligar lo humano a manifestaciones sociales y
económicas determinadas. Los peligros no estaban escondidos en las estructuras,
sino en la palabrería ideológica que dejaba confortable y locuazmente al ser
humano a merced de los hechos estructurales. El ser humano ha muerto, sí, desde
luego, se podía decir con toda la urgencia y el empeño que en otros tiempos
había movido a Daniel [Cohn-Bendit*] al desprecio máximo, sanguinario y
estético a la democracia. Sólo que para mi gusto, ya que al fin y al cabo se
trataba de la descripción de una barbarie ascendente, altamente desarrollada y
de todo punto singular, habría que haberlo dicho con algo más de temor y
espanto y no con aquella serena satisfacción de la que en todo caso y como
máximo se podía esperar que fuese dirigida al reconocimiento de las cosas y no
a las propias cosas”
[Jean Améry, Años de andanzas nada magistrales
[1971], introducción de Marisa Siguán, trad. y notas de Marisa Siguán y Eduardo
Aznar, Valencia, Pre-Textos, 2006, pp. 191-192]
Jean Améry
se suicidó en 1978.
* Cohn-Bendit,
Daniel: cabecilla enragé de las
revueltas de mayo de 1968; desde hace un par de décadas instalado en las altas
y etéreas esferas de la UE, concretamente en el Parlamento Europeo.
Me esperaba un comentario sobre el rechazo de Améry al estructuralismo por parte de usted y no un simple recorte-y-pega...
ResponderEliminarDe qué sirve hacer citas si no se comentan?
Tengo la impresión de que no has leído el texto completo del post.
ResponderEliminarJean Améry se suicidó en 1978. Cohn Bendit sigue instalado en las altas esferas de la UE.
No creo que sea necesario añadir nada más.
Gracias, de cualquier modo, por la visita.