“Todos estaban
metidos en política, mamá. Usted también. Ustedes. Al no participar apoyaban a
la dictadura”, espeta a su madre el narrador de Formas de volver a casa antes
de transmitir al lector su incomodidad, su sospecha de haberse expresado “según
un manual de comportamiento” (p. 132). El pasaje constituye una de las claves
de lectura de la mirada indagatoria que Alejandro Zambra (Santiago de Chile, 1975)
lanza en su tercera novela a la reciente historia chilena fijando como límites
temporales el terremoto que en 1985 hizo temblar a un país sometido al régimen
de un lúgubre gorila asesorado por Milton Friedman y el seísmo que en 2010 asoló
la costa de un Estado democrático ya consolidado y presto a ser gobernado por
un risueño empresario del Opus Dei.
La escena no sólo
es relevante porque en ella quedan plasmadas las vacilaciones del narrador –en
el que puede reconocerse al propio Zambra– a la hora de aproximarse a unos
acontecimientos que su generación vivió en la nebulosa de la niñez. La conversación
en la que se enmarca la titubeante recriminación del hijo aparece en dos de las
cuatro partes –o los cuatro momentos– en que está dividida la novela y es uno
de los nexos que liga las dos historias entreveradas que se relatan en un texto
de hechura muy compleja al que el autor ha sabido imprimir con habilidad un
aire de incompletud, de inacabamiento. Si la primera parte narra la peripecia
del niño de nueve años convertido en vigilante del falso tío de Claudia –Raúl,
o Roberto– en el barrio santiagueño de Maipú, el resto de la novela sitúa al
protagonista en un presente adulto marcado por rupturas, reencuentros y
retornos puntuales al hogar de los padres –sutilmente retratados mediante certeros
trazos impresionistas–, un escenario político y sociológico bien distinto al de
mediados de la década de los ochenta. El narrador trata de rellenar los vacíos
de la memoria para reconstruir un pasado en el que “mientras los adultos
mataban o eran muertos, nosotros hacíamos dibujos en un rincón” (p. 56) y parece
asumir el rol de un apesadumbrado –y a veces irónico– Prometeo empujado por la
necesidad, acaso por la obligación, de robar la literatura de los padres y
elaborar con ella un relato propio tamizado por su experiencia personal. El
párrafo inicial de Léxico familiar, de Ginzburg, citado en el último tramo
del libro (p. 151), le sirve para dar razón de esa necesidad: escribir un
relato “genuino, sobre cualquiera, incluso sobre uno mismo” (p. 148), impulso
que tropieza con dificultades de las que hace partícipe al lector –y a la
evanescente Eme, que bien podría ser Claudia, o no– mostrando el proceso de
construcción de la novela en clave metanarrativa.
Aunque Zambra
adopta un registro austero y expide una prosa paratáctica, todo el texto está
atravesado por un lirismo tenue y contenido, bien acomodado a la tonalidad melancólica
del libro y al punto de vista distanciado, casi pudoroso, con el que el
narrador evalúa el camino andado en dos décadas y media siendo consciente de su
pertenencia a una familia normal, “sin historia” (p. 57), “sin muertos” (p.
105), una de tantas familias cuyo silencio, indiferencia o instinto de
supervivencia contribuyó indirectamente a legitimar la naturalización del
horror. Formas de volver a casa es,
desde el punto de vista formal, un delicado trabajo de artesanía encuadrable en
lo que, para evitar etiquetas manidas, podría denominarse la narrativa de la
levedad. El trasfondo de la historia aleja al libro, sin embargo, del
testimonialismo privado tan caro a cierta novelística de hoy, confiriendo una
impronta civil a la voz que habla de sí misma, de los suyos y de la memoria que
nunca se agota.
Alejandro Zambra, Formas de volver
a casa, Barcelona, Anagrama, 2011, 164 p.
(p. m., publicado en La bolsa de pipas. Revista literaria trimestral, nº 84, enero-marzo 2012)
Hola Clément:
ResponderEliminarGran reseña.
leí este libro en verano y me pareció el mejor de Zambra hasta la fecha.
Yo diría que es uno de los escritores llamados a destacar de su generación. El tiempo dirá.
saludos
Gracias, David. De acuerdo con lo que dices (aunque de Zambra sólo había leído Bonsai, que no me acabó de gustar). Buen libro, sin duda. Zambra es un escritor fino, inteligente. En efecto, el tiempo dirá.
ResponderEliminarSaludos y bienvenido
Yo leí las 3 novelas seguidas (Bónsai) era una relectura, y aunque Bónsai y La vida privada de los árboles me gustaron, con Formas de volver a casa da un salto de nivel.
ResponderEliminarPor cierto: gracias por descubrirme el término "paratáctico".
saludos