No uso power point y lloro por las noches.
Yo sé que ello no es en manera alguna peculiar
y que antes bien hay otras cosas
en el mundo
más apropiadas para decíroslas cantando. Sin embargo, hoy he dejado
caer una mirada lánguida sobre unas cuantas páginas de un viejo libro de Paul de Man
para constatar la vigencia de algunas tirrias pretéritas y, tratando de
olvidarme de todo, he releído un artículo-alegato de Vicente Molina Foix en
defensa de una causa desesperada: el libro de papel. Me he reído mucho no sólo
porque estoy bastante convencido de que, en el caso de abrazar alguna causa, sólo
vale la pena elegir una que sea desesperada, sino también porque la refinada ironía wildeana del
escritor ilicitano me reconforta. Molina Foix ridiculiza allí un texto apologético de Volpi en
el que el autor de En busca de Klingsor se degrada a la condición de vendedor a puerta fría de e-readers
desesperado por hacerse con una comisión el último día de un mes sin pan.
Disfruto riéndome en silencio de los exégetas del presente, cuyos diagnósticos
son cada día más efímeros –y caen, por ello, en la obsolescencia inmediata, esa
forma tan deplorable de hacer el ridículo – y, especialmente,
de los voceros del porvenir, cuyos desinhibidos arrebatos tecno-escatológicos á la Volpi soslayan invariablemente la
cuestión no menor de los daños colaterales.
Bien, ya lo dijeron en su día Max H. y Theodor Wiesengrund A. y no quiere uno ponerse a teorizar en jerga neo-frankfurtiana esta tarde tan triste de
primavera. El último libro de Molina Foix (El
hombre que vendió su propia cama, Barcelona, Anagrama, 2011) es una
sarcástica, penetrante y maliciosa radiografía de la sociedad demente que
habitamos estructurada en diez relatos –cuatro de los cuales siguen el juego de
After James (ed. 451, 2009)– que
orbitan alrededor de un tema: nuestra condición bochornosa, injustificable.
Particularmente brillante es el texto homónimo que cierra el libro, que toma
como punto de arranque esta nota para un posible relato (no consumado) de Henry
James: “3 de noviembre, 1894. ¿No habría un pequeño drama en la idea […] de un
hombre extremadamente inteligente y competente, un hombre muy apreciado y
admirado en sociedad, gran favorito en ella como conversador y persona
brillante, cuyo interior es “imposible” por la grisura de su mujer y sus hijos,
su inferioridad a él, su burda, espesa, irremediable estupidez y banalidad.” La
sola lectura del fragmento deliciosamente misógino de James ya invita a
recorrer las páginas de “El hombre que vendió su propia cama”, un cuento largo
que no llega a nouvelle en el que
Molina Foix pone en marcha la máquina de relatar y exhibe su dominio de los tiempos narrativos haciendo uso de ese estilo de vaga filiación benetiana y de su
peculiar (y reconfortante) sentido del humor. Conjetura: la buena literatura es
la que detiene el tiempo en la mente del lector.
Hola:
ResponderEliminarInteresante reseña.
De Molina Foix tengo en casa sin leer aún La quincena soviética, el premio Herralde de 1988.
Estas palabras sobre él hacen que quiera leerlo antes que otros libros.
saludos
Enlazo interesante artículo, de Juan Goytisolo, que toca el tema del libro y la novela en los "buenos tiempos":
ResponderEliminarhttp://cultura.elpais.com/cultura/2012/03/29/actualidad/1333029133_288022.html
Gracias, David; llamar a esto reseña es demasiado generoso por tu parte. De Molina Foix me gustó mucho la novela "El abrecartas" (2006); creo que te podría interesar. Luego publicó otro libro de relatos, "Con tal de no morir"; éste no lo he leído.
ResponderEliminarSaludos.
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Gracias anónimo, siempre es interesante leer a Woyjtisolo (perdón, me ha salido un chiste de Benet). Gracias, ahora en serio.