A Rafael Chirbes no se le puede negar el oficio –lo tiene,
desde luego–, pero… tueste tendencial, tedio lindante con el sopor, páginas y más
páginas inductoras del sueño, algún que otro fragmento interesante, lúcido
incluso. Realismo social aggiornato al
siglo veintiuno. Roman à clef en lo
que respecta a la geografía. Premio
de la Crítica 2014 difícil de entender. Tal vez el problema es mío. Se me hizo
muy arduo recorrer En la orilla con la
distancia que demanda la lectura de una novela de esta naturaleza porque conozco
demasiado bien el paisaje físico y moral que describe el quejumbroso autor de Crematorio en su última (y celebrada)
entrega; conozco demasiado bien la estructura comportamental de las
gentes que habitan los pueblos y las ciudades de una de las tres provincias
de la tierra que, como dice la letra de su ridículo himno, ofrenda glorias a España, ese
carácter vernáculo que, en términos weberianos, es decir, ideal-típicos –que
nadie se ponga histérico: generalizo científicamente–, es un intragable puré
cuyos principales ingredientes son la doblez, la insinceridad, la hipocresía,
el fullerismo, la fanfarronería, la superficialidad, la incultura política, el
arribismo social inspirado en modelos inicuos que ni siquiera están a la altura de la picaresca y, en fin,
el amor incondicional a la pirotecnia en
todas las acepciones de este término, que no son pocas. Si Joan Fuster
levantara la cabeza, vería todo lo que no fue
capaz de ver a lo largo de toda su vida, a pesar de su inteligencia. ¿La dirigencia política valenciana de
los últimos veinte años ha sido iletrada, manirrota, orate y corrupta? Obvio,
pero basta ya de llorar; es necesario ver lo que hay detrás de esa sucesión de gobiernos autonómicos.
Chirbes lo intenta, pero es tan conmovedoramente indulgente con su protagonista que el propio escritor desactiva
su texto. Haría falta un híbrido imposible de
Regini y Veblen para explicar por qué esa dirigencia –eso que los oportunistas
políticos de última hora llaman «la casta»– ha ganado una y otra vez las elecciones autonómicas por
mayoría absoluta. Ojalá alguien se animara a redactar una tesis doctoral basada
en el análisis multifactorial –a escribir, dicho en otros términos, un estudio sin simplificaciones–. Lo sé, lo sé: el post se me ha ido completamente de las manos. Volvamos, pues, a la
novela:
«Ya digo: los almuerzos interminables con las eminencias locales,
el recién desaparecido Pedrós [nota bene:
Pedrós es el malo de la novela, o mejor, el más malo], el resbaladizo Justino;
Carlos, el director de la sucursal de la caja de ahorros que asegura que ha
pedido el traslado aquí cuando podía haber solicitado Misent, porque así está
en contacto con la naturaleza y, sobre todo –y eso no lo dice–, porque en
Misent un chalet como el que tiene al pie del Montdor le costaría una fortuna;
Mateu, el comerciante de frutas y verduras que exporta a media europa; Bernal,
que contaminó el marjal con sus telas asfálticas, ¿cuántos siglos se necesitan
para que desaparezcan esos venenosos asbestos?, las partidas vespertinas en el
bar Castañer, donde se junta lo más granado de Olba, lo que quiere decir
propietarios de inmobiliarias, de concesionarias de automóviles, de
supermercados, de hectáreas de frutales, empleados de banca, funcionarios del
ayuntamiento; activos emprendedores de negocios claros u oscuros, fauna tan
espinosa como la flora del promontorio de Montdor […] Francisco me golpea la
espalda en público y se refiere a mí como su amigo de infancia, su amigo de
correrías, su colega, el que rechazó las vanidades del mundo para abrazar esa
profesión de gente que elige la sencillez de los márgenes, los santos,
carpintero como San José, el buen artesano. La profesión del cornudo, me digo
yo». (Chirbes, pp. 202 y 203)
Quisiera ser capaz de decir que la experiencia vital me va enseñando día
a día que hay una relación bastante estrecha, por no decir directamente
proporcional, entre la falta de ambición y la alegría –o la felicidad, si se me
permite recurrir al léxico pornográfico–. Me gustaría pensar que fue justamente esa la razón por
la que la digestión de las cuatrocientas cuarenta y siete páginas de En la orilla se me hizo ácida, pesada,
pesadísima. Al margen: todavía
recuerdo la profunda irritación, por no decir el cabreo descomunal, que me provocó la lectura de un artículo de Luis
García Montero –individuo que, aparte de ser un poeta mediocre, se toma la
libertad de andar por el orbe sermoneando al personal sin ruborizarse, a pesar
de todo lo que ya se sabe, que es mucho, demasiado, o, mejor dicho, suficiente–, un texto, aquel artículo
cargante de García Montero, escrito a partir de un fragmento del libro de
Chirbes. Me la regaló mi hermano, así que, al menos, no me gasté un euro en una
novela… ¿premiable? Contribuí, aunque fuera a través de persona interpuesta, a
la batalla perdida de antemano para levantar el maltrecho sector editorial.
¿Novela premiable?, pregunto de nuevo. No lo sé.
Que lo digan otros. Por ejemplo, Brody Dalle, líder de The Distillers.
¿Novela premiable?, pregunto de nuevo. No lo sé.
Que lo digan otros. Por ejemplo, Brody Dalle, líder de The Distillers.
Esta no la he leído, pero para mí Chirbes sí tiene ese "punch" que conmueve, un directo que llega. Su prosa como en espiral es hipnótica y al mismo tiempo cargante, seductora y cansada, etc. que quizá funciona mejor en novelas cortas. (La buena letra es de lo mejor que se puede leer, creo, sobre todo por lo que condiciona a nivel emocional).
ResponderEliminarNo he leído La buena letra, Hoeman (anotado queda). En cuanto a esta, es una lectura de enero. No sé si la analogía es acertada, pero imagínate que el vecino del cuarto, a la sazón presidente de tu comunidad de propietarios, te deja en el buzón un acta de una reunión rutinaria de cien páginas de extensión contándote todas sus desdichas (lo que pudo ser y no fue, fíjate lo que me ha pasado, yo creía que, yo pensaba que... y en este plan).
EliminarSaludos y gracias por la indicación
Tiene su puntito divertido y morboso. Al fin y al cabo, ¿qué son las diatribas de Céline?
EliminarBueno, Hoeman, Céline (especialmente Viaje al fin de la noche) son palabras mayores... ¿no crees?
EliminarSaludos
¿Qué es esto? ¿el Marie Claire o el Super Pop? Llamar mediocre a García Montero es ser demasoiado generoso, demasiado indulgente, demasiado Chirbes, tío. García Montero es un poeta pésimo y lo sabes. Lo sabe todo aquel que no dependa de sus ubres. Así no se puede, así no vamos a ningún lado.
ResponderEliminarun abrazo
Gracias por tu comentario, como siempre constructivo, S. De todos modos: «si me llamas, amor, yo cojo un taxi» (no lo clavo, pero es un endecasílabo comme il faut, con su acentito en la sexta y su canesú).
EliminarAbrazo.
Este comentario ha sido bueno, este sí ha sido bueno. un abracito.
EliminarAy, ese corrector de estilooo: "que a pedido el traslado / concesionarias"
ResponderEliminarQué gusto ver que el Sheldon Cooper de las letras es también humano ;)
Un abrazo
Esa Zombie... Me temo que, cuando lleguen a las costas de Canarias, los icebergs se habrán derretido, pero el viaje habrá valido la pena, ¿no?
EliminarBesos.
Hostia, Zombie, tienes toda la razón. Corregido ese «a». En cuanto a «concesionarias», hice la consulta y el femenino vale, aunque a mí también me chirría.
EliminarBs.
Sí, todo aprendizaje vale la pena aunque ahora vea algo rígidos esos bloques de hielo :)
EliminarMe ha gustado mucho esto y coincido con ello plenamente:
"hay una relación bastante estrecha, por no decir directamente proporcional, entre la falta de ambición y la alegría"
lo malo es que cuando lo dices te suelen tachar de derrotista (estamos disneylizados hasta la médula). Mucha gente no entiende su verdadero sentido, con lo liberador que resulta.
Besos
Vale, Zombie, pero omites la primera parte del enunciado. Cuando pueda te mandaré un texto muy bueno de Luis Magrinyà titulado «Los pescadores de ostras» que explica muchas cosas con inteligencia y sentido del humor.
EliminarBs.
Ayer estuve pensando mucho en esto de la ambición literaria, pero en el sentido de de vivirlo como un deseo obsesivo y ponzoñoso centrado en aspectos que poco tienen que ver con lo literario (publicar, figurar, destacar, tener éxito...), así que cuando llegué a esa frase la leí como mejor me convino, jajaa. No leí "ambición" como "exigencia", que claro, es otro cantar;)
ResponderEliminarBesos
Zombie, ¿no te estará afectando tanto pueblo y tanto verde? Coño, es que pareces la Woolf divagando sobre el yo... just kidding. Vuelve al espíritu de Flaneria (y lee ese texto).
EliminarBs.
A mí la novela de Chirbes me pareció extraordinaria, resulta difícil escoger un solo adjetivo para definirla pero bien podría ser… demoledora. No es que un servidor sea muy de novedades, aunque me guste ponerme al día de tanto en tanto, pero personalmente sí que me pareció la mejor de las leídas en 2013 (me cayó para aquel Sant Jordi, ha transcurrido más de un año desde entonces y sigo teniendo su lectura muy presente; eso supongo que es un buen apunte a su favor), aunque ahora que lo pienso también me pareció una muy buena novela “La habitación oscura” de Isaac Rosa, puede que hasta sea el único, que le vamos a hacer. De García Montero he leído su “Ropa de calle”, que como bien sabrás incluye el grueso de su obra… y también me gustó bastante.
ResponderEliminar*No se enfade usted, hombre, que de gustos divergentes también vive el buen aficionado a la lectura. Saludos.-
Hola, Krust:
ResponderEliminarComo digo al comienzo del post –que en modo alguno es una reseña, sino más bien un comentario informal–, seguramente el problema con esta novela es mío. No niego en absoluto que Chirbes sea un escritor estimable, bueno si quieres. Me limito a explicar las razones por las que se me hizo ardua, por no decir pesada. Estoy de acuerdo contigo en lo que respecta a La habitación oscura, de Isaac Rosa. A pesar de sus altibajos, es una de las pocas «novelas de la crisis» que indagan en su genealogía y no se limitan a vomitar indignación sobrevenida. En cuanto a García Montero, no me gusta como poeta (ni como persona).
Saludos