sábado, 24 de marzo de 2012

Una carta de Gramsci


Gramsci: Antología. II.–1926-1937

[Fecha indeterminada; L. C. 885]

Caro Delio,

no he leído mucho de Wells, porque sus libros no me gustan mucho. Creo que tú tampoco perderás gran cosa, por no leerlos, en tu formación intelectual y moral. Tampoco me ha gustado mucho su libro de historia universal, aunque intenta (y en eso representa una cierta novedad, por lo menos en la literatura histórica de Europa occidental) ampliar el horizonte histórico tradicional, dando importancia no sólo a los griegos, a los egipcios, a los romanos, etc., sino también a los mongoles, a los chinos, a los indios, etc. Como escritor de fantasía me parece que es demasiado mecánico y pesado, y como historiador carece de disciplina intelectual, de orden y de la mentalidad del método. Dime si te parece bien esta manera mía de escribir y si comprendes todo lo que escribo. No te he contestado a la carta anterior. Me ha gustado tu idea de ver el mundo habitado por elefantes erguidos sobre las patas traseras, con el cerebro muy desarrollado: claro que, para poblar en grandes cantidades la superficie del globo, habrían tenido que construir enormes rascacielos. Pero ¿para qué les habría servido el cerebro sin manos? Los avestruces tienen la cabeza erguida y libre, caminan con dos patas, pero no por ello se les ha desarrollado mucho el cerebro. Está visto que en la evolución del hombre se han concentrado muchas condiciones favorables, en el sentido de capaces de ayudarle a convertirse en lo que ya era antes incluso de que se desarrollaran la voluntad definida respecto de un fin y la inteligencia suficiente para organizar los medios necesarios para la consecución del fin mismo. La cantidad se convierte en cualidad para el hombre, y no para los demás seres vivos, por lo que parece. Escríbeme largo. Te abrazo,

Papá

[Antonio Gramsci, Antología, selección, traducción y notas de M. Sacristán, Madrid, Siglo XXI de España, 1974, p. 508]

*

Atención: minuto 1:52–1:56 (¿un lector fanático de Rosset?). Sonríe.  


lunes, 19 de marzo de 2012

¿Qué se celebra?


Cada vez que se conmemora una efeméride política, se extiende un manto de olvido sobre la abyección de la historia. ¿Por qué festejar doscientos años de padecimiento y cainismo? ¿Cuál es el designio de la autocomplaciente celebración de la promulgación de la fugaz Constitución de Cádiz de 1812? Nadie en este país se acordará hoy del inicuo Fernando VII, que en 1814 sembró la semilla de la calamitosa historia constitucional española, culminada este otoño con la reforma furtiva del artículo 135 (BOE, n. 233, de 27 de septiembre de 2011)

¿Acaso el comité organizador de estos fastos no debería haber pedido asesoramiento a Vilnius Lancastre? Sea como fuere, y más allá de las justificadas simpatías que pueda despertar el texto de 1812, la así llamada “Pepa”, estoy muy de acuerdo con esta consideración de Liborio Hierro: “El constituyente y el legislador, sea cual sea el mágico poder que les atribuimos, pueden hacer mucho, casi todo, e incluso a veces decir tonterías. En España es proverbial la ingenua pasión humanista que inspiró al constituyente de 1812 que, a pesar de las protestas del diputado Villanueva, acabó por incluir en su artículo 6 la obligación de los españoles de ser justos y benéficos”. Agrega Hierro que no menos ingenuos fueron los pueblos de las colonias americanas que declararon el derecho a la felicidad. Como dijo D. G. Ritchie,

“The right, not merely of pursuing but obtaining happiness, which is named as one of the natural rights in most of American State Constitutions, may seem, in this world of ours, to be a very large order in the bank of provicence”

es decir,

“El derecho no sólo de buscar la felicidad sino de obtener la felicidad, que es mencionado como uno de los derechos naturales del hombre en la mayoría de las constituciones de los Estados Unidos de América, puede parecer, en este mundo nuestro, un cheque demasiado elevado en el banco de la providencia”

¿Dónde estabas, Vilnius, con tu Aire de Dylan?   




sábado, 17 de marzo de 2012

Perspectiva


Cada día deploro más las reyertas literarias de casino de pueblo que se escenifican en la red, medio que propicia la perpetración de análisis de vuelo corto muchas veces derivados de una lectura apresurada del texto sometido a crítica. De sobra es conocido que el tenor de estos análisis viene a menudo motivado por razones poco presentables o simplemente no confesables. Consciente de que esta tendencia no puede ser revertida, sabedor de que no hay pureza y de que sólo nos queda el silencio o el lodazal, me limito a registrar mi hastío ante la cacofonía de voces que vierten sus juicios sumarísimos animadas por esa sórdida manía de querer influir


El hastío profundo que uno experimenta ante lo que no cambia y no puede ser cambiado.  

¿A qué viene esto?

Leo en el prólogo del ácido ¡Despidan a esos desgraciados!, de Jack Green, un pasaje escrito por José Luis Amores con el que prima facie estoy de acuerdo:

“¿O es que la crítica objetiva sólo es posible una vez que el paso del tiempo ha calmado los ánimos y los viejos prejuicios han dejado de tener vigencia, cuando es posible ver las cosas con esa maravilla de la percepción humana llamada perspectiva?” (p. 11)

Personalmente, eliminaría la palabra “objetiva” y transformaría la interrogación en una simple aserción: “ La crítica sólo es posible una vez que el paso del tiempo ha calmado los ánimos y los viejos prejuicios han dejado de tener vigencia, cuando es posible ver las cosas con esa maravilla de la percepción humana llamada perspectiva”

“Paso del tiempo”: actualmente, uno o dos meses desde que el libro sale publicado.

*

Addenda: no quiero dejar de cumplir el rito anual de maldecir las fallas de Valencia: maldigo, pues, las fallas. 




jueves, 9 de febrero de 2012

Aniversarios

9/2/2002–9/2/2012




"Fue el mejor y el peor de los tiempos; la era de la sensatez y de la necedad; la época de la fe y de la incredulidad; la hora de la luz y de las tinieblas. Fue la primavera de la esperanza y el invierno futuro de la desesperación; todo el futuro era nuestro y no teníamos futuro alguno; todos íbamos derechos al cielo y todos íbamos en sentido contrario. En resumen: aquella época fue tan parecida a la actual, que algunas de sus personalidades más características y vocingleras insistieron en que tanto en lo bueno como en lo malo, sólo se le aplicasen calificativos extremos. (....) 

Estos hechos, y otros mil como éstos, ocurrían a cada momento en el célebre año de 1775. En ese marco, mientras que el leñador y el labrador trabajaban sin que nadie les hiciese caso, los dos reyes de grandes mandíbulas y las dos reinas, tanto la bonita como la fea, lo pisoteaban todo con bastante estruendo y hacían un uso despótico de sus derechos divinos. Así es como el año de 1775 llevó a sus majestades, y también a millares de seres sencillos –entre otros, a los que intervienen en esta historia–, a lo largo del camino que se abría ante ellos"

[Charles Dickens, Historia en dos ciudades, prólogo de Germán Gómez de la Mata, traducción de Manuel Suárez, Madrid-Buenos Aires, E.D.A.F. (Colección Obras Inmortales), 1967, pp. 943 y 946] 

*





miércoles, 1 de febrero de 2012

A. P. Harding, bonjour tristesse

Alasdair P. Harding en un día bueno


Creo no conocer a un poeta más triste y cuitado que Alasdair P. Harding. Un penas. Hablamos con frecuencia por teléfono y acostumbra a despedirse con esta fórmula críptica: "Como diría Belano: si tuviera fuerzas, me pondría a llorar". Ahí va una de sus composiciones. 

Química


Hoy nace cadáver en tus pestañas verdes,

el alba es ya crepúsculo,
toda la tierra cieno;
necesitas suerte para habitar
tu día, tu hoy es sólo tuyo.
Qué puede hacer la química,
a fin de cuentas una intrusa
en un fardo de células fanáticas,
preguntas en la calle magullada;
qué puede hacer el fantasma en la máquina
con el día de uno. Tal vez
despojarlo a uno un poco de uno mismo,
alienarlo fugazmente del bulto
que deambula
por las avenidas con un mapa fallido
del mundo entre las manos húmedas. 

[A. P. H., LBdP, nº 75, 2009, p. 47]

*