jueves, 17 de diciembre de 2009

La nada retribuida

Tantas horas pensando en la gratuita y espléndida fertilidad de la nada y la semana pasada me di de bruces con una nada retribuida, infértil porque retribuida. A Obama le entregaron el Nobel de la paz en el Ayuntamiento de Oslo por nada. ¿Lamentable, grotesco o simplemente estúpido? Pensándolo mejor, no está tan mal, siendo así que personajes como mínimo sospechosos han sido galardonados con esa dudosa distinción, dudosa justamente por esa tan maculada nómina de premiados. Al menos Obama no ha hecho nada, sólo ha hablado como un auténtico Sugar Ray Leonard de la postpolítica retórico-emocional. Sí, es mejor que Bush, pero no cuesta mucho ser mejor que Bush. Imagino un premio Nobel de literatura concedido a un escritor sin un solo libro publicado y de pronto la idea me parece gloriosa, poética, homérica.
Como sea, un poco de nada fértil buscada con urgencia para contrarrestar la nada retribuida la semana pasada en el Ayuntamiento de Oslo.

Por ejemplo, esta frase de Jules Renard (Diario 1887-1910)
“La palabra más verdadera, la más exacta, la más llena de sentido es la palabra nada”
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Estos versos de Edmond Jabès (El pequeño libro de la subversión fuera de sospecha):
“No se piensa en la muerte, en el vacío, en la nada, en Nada; sino en sus innombrables metáforas: una forma de soslayar lo impensado”
(…)
“Nunca considerar la experiencia de otro modo que como una manifestación de la ironía de la Nada.
Tener experiencia es, de alguna manera, vivir bajo el humor saludable de la nada”
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Esta lúcida observación de Clément Rosset (“El descontento de Cioran”, recopilado en La fuerza mayor):
“Conviene precisar con una palabra la naturaleza de esta situación irrisoria en la que cabe todo lo que existe. Situación “insostenible” sin más, como enseñan casi todos los filósofos desde Parménides y Platón, por no pertenecer ni al registro de lo que es (pues la existencia no tiene ninguno de los privilegios del ser, que es ingénito, imperecedero, eterno), ni al registro de lo que no es (pues la existencia tampoco tiene el privilegio de la nada). Lo que existe aquí y ahora, comparado con todo lo que ha existido, existe y existirá, tanto aquí como en cualquier otra parte, es, si se me permite decirlo así, infinitamente demasiado pequeño para aspirar a ser tomado en alguna consideración; pero, sin embargo, esa cosa existe. Por tanto, la paradoja de la existencia –su horror, añadiría Cioran, no sin buena parte de razón– es la de ser algo y al mismo tiempo no contar para nada
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Ya puestos, este fragmento de Cioran (“El arquitecto de las cavernas”, de Breviario de podredumbre):
“(…) Desde que la sociedad se constituyó, los que pretendieron sustraerse a ella fueron perseguidos o escarnecidos. Se os perdona todo, con tal de que tengáis un oficio, un subtítulo bajo vuestra nada. Nadie tiene la audacia de gritar: “¡No quiero hacer nada!”; se es más indulgente con un asesino que con un espíritu liberado de los actos. Multiplicando la posibilidad de someterse, abdicando de su libertad, matando en sí mismo el vagabundo, así es como el hombre ha refinado su esclavitud y se ha enfeudado a los fantasmas (…)”

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