De Bartleby y compañía (Enrique Vila-Matas, pp. 35-37):
"Si para Platón la vida es un olvido de la idea, para Clément Cadou toda su vida fue olvidarse de que un día tuvo la idea de querer ser escritor.
Su extraña actitud –nada menos que, para olvidarse de escribir, pasarse toda la vida considerándose un mueble– tiene puntos en común con la no menos extraña biografía de Félicien Marboeuf, un ágrafo del que he tenido noticia a través de Artistes sans oeuvres (Artistas sin obras), un ingenioso libro de Jean-Yves Jouannais en torno al tema de los creadores que han optado por no crear.
Cadou tenía quince años cuando sus padres invitaron a Witold Gombrowicz a cenar a su casa. El escritor polaco –estamos a finales de abril de 1963– hacía tan sólo unos meses que, por vía marítima, había dejado Buenos Aires para siempre y, tras su desembarco y paso fugaz por Barcelona, se había dirigido a París, donde, entre otras muchas cosas, había aceptado la invitación a cenar de los Cadou, viejos amigos suyos de los años cincuenta en Buenos Aires.
El joven Cadou era aspirante a ser escritor. De hecho, llevaba ya meses preparándose para serlo. Era la alegría de sus señores padres, que, a diferencia de muchos otros, habían puesto a su disposición todo tipo de facilidades para que él pudiera ser escritor. Les hacía una ilusión inmensa que el joven Cadou pudiera un día convertirse en una brillante estrella del firmamento literario francés. Condiciones no le faltaban al chico, que leía sin tregua toda clase de libros y se preparaba a conciencia para llegar a ser, lo más pronto posible, un escritor admirado.
A su tierna edad, el joven Cadou conocía bastante bien la obra de Gombrowicz, una obra que le tenía muy impresionado y que le llevaba a veces a recitar a sus padres párrafos enteros de las novelas del polaco.
Así las cosas, la satisfacción de los padres al invitar a cenar a Gombrowicz fue doble. Les entusiasmaba la idea de que su joven hijo pudiera entrar en contacto directo, y sin moverse de su casa, con la genialidad del gran escritor polaco.
Pero sucedió algo muy imprevisto. Al joven Cadou le impresionó tanto ver a Gombrowicz enre las cuatro paredes de la casa de sus padres, que apenas pronunció palabra a lo largo de la velada y acabó –algo parecido le había sucedido al joven Marboeuf cuando vio a Flaubert en la casa de sus padres– sintiéndose literalmente un mueble del salón en el que cenaron.
A partir de aquella metamorfosis casera, el joven Cadou vio cómo quedaban anuladas para siempre sus aspiraciones de llegar a ser un escritor.
Pero el caso de Cadou se diferencia del de Marboeuf en la frenética actividad artística que, a partir de los diecisiete años, desplegó para rellenar el vacío que había dejado en él su inapelable renuncia a escribir. Y es que Cadou, a diferencia de Marboeuf, no se limitó a verse toda su breve vida (murió joven) como un mueble, sino que, al menos, pintó. Pintó muebles precisamente. Fue su manera de irse olvidando de que un día quiso escribir.
Todos sus cuadros tenían como protagonista absoluto un mueble, y todos llevaban el mismo enigmático y repetitivo título: "Autorretrato"
"Es que me siento un mueble, y los muebles, que yo sepa, no escriben", solía excusarse Cadou cuando alguien le recordaba que de muy joven quería ser escritor.
Sobre el caso de Cadou hay un interesante estudio de Georges Perec (Retrato del autor visto como un mueble, siempre, París, 1973), donde se hace sarcástico énfasis en lo sucedido en 1972 cuando el pobre Cadou murió tras larga y penosa enfermedad. Sus familiares, sin querer, le enterraron como si fuera un mueble, se deshicieron de él como quien se deshace de un mueble que ya estorba, y le enterraron en un nicho cercano al Marché aux Puces de París, ese mercado en el que pueden encontrarse tantos muebles viejos.
Sabiendo que iba a morir, el joven Cadou dejó escrito para su tumba un breve epitafio que pidió a su familia que fuese considerado como sus "obras completas". Una petición irónica. Ese epitafio reza así: "Intenté sin éxito ser más muebles, pero ni eso me fue concedido. Así que he sido toda mi vida un solo mueble, lo cual, después de todo, no es poco si pensamos que lo demás es silencio"
Clement:
ResponderEliminarHe empezado a leer el texto creyendo que era tuyo, enseguida me he dado cuenta de que no era así. Clement, escribes mejor que Vila Matas.
No digas anatemas.
ResponderEliminarbeso
Muy interesante Pablo, y es el mismo tema del capítulo de House de ayer: un genio, un tipo con muy alto Coef. intelec., decide para ser feliz tomar cada día cierto jarabe y un vaso de vodka. Eso lo deja atontao y así capaz de seguir enamorado de una novia tonta, limitadilla. lleva 12 años así y así lo deja House, hecho un mueble, feliz: podría ser un Einstein pero prefiere ser repartidor a domicilio.
ResponderEliminarNo recordaba la historia del Bartleby vilamatiano.
Un abrazo.
Román.
Hola Román, el caso es que no está nada claro que existiera Clément Cadou (hay foros en la red donde la gente discute el asunto). Quizás Georges Perec inventó a Cadou y engañó a Vila-Matas (o quizás Vila-Matas se dejó engañar por el (posible) invento de Georges Perec porque merecía la pena dejarse engañar, es lo más probable). Misterios de la metanarrativa. Lo cierto es que el personaje es muy grande y el epitafio una joya del pensamiento trágico. abrazo.
ResponderEliminarC. C.
si no existió, debió haber existido. De hecho llegué aquí directo de Bartleby, tratando de saber más de él. Witoldo sí existió y pasó por aquí, Buenos Aires. Vila-Matas también existe. Y además Cadou tiene un blog, este. Con menos pruebas que éstas muchísima gente cree en Dios!
ResponderEliminarUn saludo desde La Menor Idea
Ah, maldito Witoldo...Cadou es una invención de Vila-Matas (soy despistado y no me enteré hasta hace poco). Gracias por pasarte, Marcelo.
ResponderEliminarUn saludo
Para mí, esiste y existió. El mueble y la chica española. Clementina le llamo, no Pablo...pero en fin. Como dije ayer. Espero su vuelta.
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